CAPÍTULO CUARENTA Y OCHO
Wilkinson aguantó hasta que llegó la ayuda, pero empeoró durante el traslado al hospital. Estaba con él en la ambulancia cuando murió. Había perdido demasiada sangre; el paramédico no pudo hacer mucho. Pedí que me dejaran a solas con él, y el sanitario pasó al asiento delantero con el conductor.
Solo entonces me permití llorar. No creía poder aguantar hasta llegar al hotel.
Hice todo lo posible por mantenerme en silencio mientras contenía las lágrimas.
Le aparté unos mechones de pelo de los ojos.
Siempre me cuidaste. ¿Dónde estaba yo cuando necesitabas a alguien que te cuidara?
El paramédico le había vendado la garganta y lo había tapado con sábanas hasta el cuello.
Solo podía verle la cara. Era lo único que quería, de todas formas.
Oh, Wilky. Quería pensar que era una pesadilla terrible, que me despertaría a la mañana siguiente y tendría otro día con él, discutiendo los dos sobre direcciones.
Quería verlo juguetear con su gorra de los Oakland A's y mostrar su cálida sonrisa.
No me había cansado de jugar al gato y al ratón con lo que sentíamos el uno por el otro, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.
Todos esos pensamientos de «ojalá» empezaron a inundar mi cabeza: cosas que ojalá le hubiera dicho, cosas que ojalá hubiera hecho con él.
¿Por qué nunca aprovechamos al máximo el tiempo que tenemos con quienes nos rodean?
Recordé que había sentido exactamente lo mismo con mi difunto esposo, Peng. Ojalá le hubiera dado más de mí.
Wilky y yo nos habíamos acercado más que nunca durante este caso. Aquella noche en el coche marcó un punto de inflexión para nosotros. Me pregunté si habríamos sufrido más de haber avanzado antes por ese camino.
Sabía que tenía que recomponerme e ignorar el vacío en el estómago. Me limpié la nariz con la manga y me sequé los ojos. Los sentía hinchados: no era la imagen que una investigadora principal quiere dar.
Me quedé en el hospital un rato, pero en realidad no había mucho que pudiera hacer allí. Cogí un taxi y volví a Belle Isle, donde sabía que podía ser útil.
Solis y Madero seguían en la escena, junto con un ejército de uniformados que registraban el parque y entrevistaban a la gente. Los juerguistas nocturnos habían abandonado sus coches y se apretujaban contra la cinta policial, observando a personas que normalmente solo veían en series de detectives.
No tuve que decir nada sobre la muerte de Wilkinson; la noticia ya había corrido.
—Lo siento —dijo Solis—. Odio ver caer a cualquier miembro de las fuerzas del orden.
—Era un buen tipo —añadió Madero.
Agradecí sus palabras, incluso las de Madero. Pero por difícil que fuera, tenía que dejar atrás la muerte de Wilkinson; no porque no me importara, sino porque necesitaba concentrarme.
Recordé el año que pasé buscando a los degenerados que le quitaron la vida a Peng.
Trabajé hasta altas horas de la noche, renuncié a fines de semana y festivos, pero nunca descubrí quién lo hizo.
Aquel se convirtió en mi primer y único caso sin resolver.
Juré de camino del hospital que atraparía al asesino de Wilkinson.
Puse al día a Solis y Madero sobre todo lo que había sucedido, desde el momento en que Wilkinson y yo salimos del coche hasta que llegaron ellos y mi compañero estaba caído.
—Hay dos asesinos —dijo Solis.
—Tiene que haberlos —dije—. Tanto Wilkinson como Archie Becker recibieron heridas similares en el cuello más o menos al mismo tiempo.
—¿Estás segura de que Becker estaba vivo antes de que apareciera Wilkinson? —preguntó Solis.
—Totalmente. Le vi la cara antes de que su cabeza empezara a subir y bajar en el regazo del otro tipo.
Solis señaló la línea de árboles.
—Fue entonces cuando Wilkinson salió tambaleándose de las sombras.
—Correcto. En lo que tardé en llegar hasta Wilkinson, el rubio que salió pitando tuvo que haber matado a Becker. Para eso hace falta un equipo.