CAPÍTULO DIEZ
White nos guio por un pasillo alejado de las zonas públicas de la comisaría. —Os voy a poner cerca de mí. Por aquí hay más tranquilidad.
¿Será para tenernos vigilados?
Abrió la puerta de una oficina pequeña. Asomamos la cabeza y vimos dos escritorios, dos sillas y una pizarra blanca grande.
—Esto antes era un almacén, pero lo limpiamos y lo usamos para interrogatorios de vez en cuando.
Supongo que la limpieza no incluía quitar las telarañas del techo.
—Ahora es vuestra oficina —continuó—. Mi humilde morada está justo a la vuelta de la esquina, pasando los baños de hombres. Pasaos cuando queráis si necesitáis algo o tenéis preguntas.
White dio un paso, pero se detuvo y se volvió.
—¿Tenéis ya idea de qué información vais a necesitar?
—Los expedientes de todos los asesinatos anteriores y los actuales, para empezar —dije. Justo entonces sonó mi móvil. Era Po Po. Le pedí a Wilkinson que continuara mientras salía de la oficina y me alejaba unos pasos.
—Po Po, ¿va todo bien?
—Todo bien —dijo con su inglés entrecortado—. Llamo para saber cuándo vuelves a casa.
—Espera, hay mucha interferencia. Un momento.
Caminé hacia la entrada del edificio.
Mucho mejor.
—Creo que voy a estar aquí una temporada. Veré qué puedo hacer para ir de visita.
Po Po gruñó y luego dijo:
—Lucy quiere hablar.
Oí cómo se pasaban el teléfono y después una respiración agitada.
—Hola, mami. Te echo de menos.
—Mami también te echa de menos, Lucy. ¿Te estás preparando para el cole?
—Sí.
—Bien. Tendrás que enseñarme lo que hiciste hoy cuando vuelva a casa.
—¿Cuándo vas a volver?
—Mami todavía no lo sabe.
—Vaaale.
Antes de que pudiera decir nada más, oí un ruido y después silencio. Volví a la oficina. Olía a trementina. Wilkinson ya estaba sentado en uno de los escritorios.
—El teniente ha ordenado que traigan todos los expedientes aquí. Dijo que le diéramos una o dos horas. Ah, y te he limpiado la silla.
—¿Por qué? ¿Qué había...?
—No quieres saberlo.
Pasamos los días siguientes encerrados en la pequeña oficina. Empecé a sentirme como una más de la comisaría: fichando a la entrada y haciéndome amiga de las máquinas expendedoras. Hasta guardaba mi reserva de té verde en la sala de descanso.
Un par de uniformados nos habían traído una montaña de cajas de archivo el primer día. Todas estaban llenas de expedientes de los casos anteriores y actuales, o eso nos dijeron. Sin un punto de partida claro, cogimos un expediente al azar y nos pusimos a leer.
Hasta el tercer día no encontramos lo que buscábamos, algo que deberíamos haber tenido desde el inicio de la investigación.
—Lo tengo —Wilkinson agitó un expediente en el aire.
Llevábamos buscando el expediente del asesino original desde que recibimos las cajas. Hasta entonces, habíamos llegado a conocer bien a las víctimas, pero de él no sabíamos gran cosa.
—Michael «Blade» Garrison —leyó Wilkinson en voz alta—. Creció en Sterling Heights. Hizo un año en el Oakland Community College...
—¿Nada de medicina?
—No, por lo que veo.
—Qué raro. Cabría esperar que este tipo tuviera formación médica, teniendo en cuenta cómo murieron sus víctimas.
—Podría haber conseguido la información en una biblioteca pública o en internet.
¿Autodidacta?
—¿Qué más hay en el expediente?
—Ningún arresto previo hasta que lo pillaron robando el banco.
—Me estás tomando el pelo, ¿verdad?
¿Cómo se volvió tan bueno en lo suyo sin meter la pata ni una vez?
—Este tipo aterroriza la ciudad durante cinco años, y no lo pillan hasta que roba un banco. ¿Eso tiene algún sentido para ti?
Wilkinson levantó las manos.
—¿Por qué demonios iba a querer un asesino en serie robar un banco de repente? No es que una cosa tenga que ver con la otra.
Escuché mientras seguía leyendo en voz alta.
—En resumen, intentó robar la sucursal principal del Comerica Bank.
Las cosas se torcieron. Llegó la policía.
Tomó rehenes y mató a catorce personas, unos a tiros y otros a cuchilladas, antes de que el SWAT asaltara el banco.
Lo declararon culpable de esos asesinatos, intento de robo y un montón de cargos más.
Parece que así fue como lo encerraron. Suena a trabajo de aficionado, si me lo preguntas.
—¿Y qué hay de los otros asesinatos, los de antes del atraco? —pregunté.
Wilkinson siguió leyendo.
—Bueno, aquí dice que los confesó.
Cogí un expediente de una de las víctimas.
—Este pone: Cerrado. Caso resuelto.
Cogí otro.
—Hmm, aquí pone lo mismo.
Parecía que Garrison había confesado todos los asesinatos.
—Parece el caso soñado —dijo Wilkinson—. Menuda forma de venirse abajo.
Mi instinto me decía que algo no cuadraba. El tipo al que arrestaron por atracar el banco y matar a los rehenes resultó ser el asesino en serie al que llevaban cinco años persiguiendo. Vaya casualidad.
Wilkinson miró el reloj y se puso de pie. —¿Quieres lo mismo?
Miré el reloj; era mediodía. —Lo siento. Me gustan los perritos con chili tanto como al que más, pero no puedo comerme otra de esas cosas. Me está dejando estreñida.
Wilkinson retiró la cara. Sabía que él odiaba cuando yo hablaba de funciones corporales. De algún modo se le había metido en la cabeza que del cuerpo de una mujer solo salían dos cosas: bebés y pis.