CAPÍTULO UNO
MASON
SEGUÍA VOLVIENDO AL HIELO en sueños.
No a la pista tal como existía ahora, luminosa bajo los anuncios corporativos y más limpia de lo que tenía derecho a estar cualquier lugar donde los hombres se machacaban unos a otros por dinero.
Soñaba con el frío de antes. Ese que te clavaba los dientes en la bisagra de la mandíbula.
El chasquido de la cinta contra la pala del palo.
El fulgor azul y duro de las luces sobre el hielo recién alisado.
Los pulmones ardiéndome de puro aire limpio.
El cuerpo moviéndose antes de que el pensamiento pudiera arruinarlo.
Había voces en el sueño, pero ninguna importaba.
El ruido de la multitud crecía y se replegaba sobre sí mismo, todo trueno y hambre, una cosa viva que presionaba contra el cristal.
Mis patines mordían hondo. Mi hombro rozaba otro cuerpo.
Alguien gritaba mi nombre, y yo ya me había ido, lanzado hacia el espacio abierto, con cada nervio del cuerpo iluminado por un propósito.
En eso seguía creyendo mi cuerpo.
Adelante. Más rápido. Aguanta el golpe. Conserva el disco. No mires atrás.
Me desperté con algo cálido, húmedo y decidido intentando abrirse paso a lametones hasta mi boca.
—Bear —gruñí, empujando con la palma un hocico más o menos del tamaño de una barra de pan—. Por el amor de Dios.
El perro respondió plantándome una pata enorme en el esternón.
Abrí un ojo. Mi techo no estaba encima de mí.
Las vigas de roble claro sobre mi cama habían sido sustituidas por las luces empotradas del salón, y la esquina de mi portátil brillaba acusadora desde la mesa de café.
La mañana ya se había instalado como en casa, derramándose a través de la pared de ventanales y convirtiendo el puerto, al otro lado del balcón, en plata martillada.
—Fantástico —murmuré.
Bear, un boyero de Berna de cuarenta kilos sin ningún respeto por el sufrimiento ajeno, meneaba tanto la cola que casi se le soltaba toda la parte trasera.
Lo aparté de encima y me incorporé demasiado deprisa. La cadera izquierda protestó. La rodilla la siguió, porque al parecer todas las partes dañadas de mi cuerpo habían formado una asociación de vecinos y se reunían con regularidad para presentar quejas.
Sobre la mesa, mis apuntes yacían desparramados en derrota alrededor del portátil.
Requisitos de licencia. Estimaciones de alquiler.
Costes de equipamiento. Estrategia de marketing.
Un bloc legal con las palabras clínica independiente de rehabilitación deportiva rodeadas dos veces y subrayadas con tanta fuerza que habían marcado la página de debajo.
Me había quedado dormido pasadas las dos intentando entender cómo un hombre podía rehabilitar una pelvis destrozada, reconstruir desde cero la forma de andar de un atleta profesional y aun así sentirse personalmente atacado por unas proyecciones de flujo de caja.
La pantalla del portátil despertó cuando toqué el trackpad.
Módulo cinco: Captación de clientes y posicionamiento de marca.
Me quedé mirándolo.
—Posicionamiento de marca —le dije a Bear—. Ahí es donde te pillan.
Bear estornudó sobre mi espinilla desnuda.
—Sí. Exacto.
El teléfono, junto al portátil, parpadeó. Un mensaje nuevo. No tenía que cogerlo para saber quién había decidido que mi vida necesitaba gestión antes del mediodía.
LENA: Dime que vienes esta noche.
Escribí con un pulgar.
YO: No voy esta noche.
La respuesta llegó antes de que me levantara del sofá.
LENA: Respuesta incorrecta.
La dejé en visto y cojeé hacia la cocina.
Mi apartamento parecía el reportaje de revista de una persona que yo había fingido ser alguna vez.
Electrodomésticos de acero. Encimeras de piedra.
Dos lámparas colgantes sobre una isla lo bastante grande para que se reunieran seis personas, aunque nadie lo hacía nunca.
El agente inmobiliario lo había llamado masculino y refinado.
Yo lo había comprado porque estaba cerca del estadio y lo bastante por encima del nivel de la calle para que nadie pudiera ver lo mal que me movía por las mañanas.
Bear me siguió, las uñas repiqueteando sobre el cemento pulido, esperanzado como solo pueden estarlo los perros y los niños.
—Desayunarás después del café —le dije.
Se sentó.
—No te estás muriendo de hambre.
Inclinó la cabeza.
—Pesas más que algunos de mis clientes.
Movió la cola.
Le di de comer primero porque reconocía la debilidad en cuanto la veía.
Para cuando tenía medio preparado un batido de proteína y una zapatilla atada, el teléfono empezó a vibrar sobre la isla. Lena, por supuesto. Contesté con el altavoz y eché bayas congeladas en la batidora.
—No.
—Buenos días a ti también, rayito de sol.
—He dicho que no.
—Has dicho que no en un mensaje. Los mensajes no cuentan. Los mensajes son donde viven los cobardes.
Puse en marcha la batidora. Chilló, lo cual mejoró la conversación.
Cuando la apagué, Lena seguía hablando. —…cosa del equipo. Va todo el mundo.
—Yo no soy del equipo.
—Trabajas con el equipo.
—Eso es un empleo.
—Antes jugabas con la mitad de los hombres que van a estar allí.
—Eso fue en otra vida.
—Fue hace seis años.
Me serví el batido en un vaso y bebí de pie. —Mis articulaciones no están de acuerdo.
Lena hizo un ruido nada impresionado. Podía imaginármela con total claridad: el pelo rojo recogido en lo alto de la cabeza, zapatillas puestas, probablemente estirando los gemelos contra algún malecón porque la gente normal no corre veinte kilómetros antes de desayunar por diversión.
Había sido nutricionista de rendimiento de los Mariners durante tres temporadas y, por desgracia para mí, se había convertido en mi amiga más cercana en algún punto entre mi segunda cirugía y el día en que me encontró llorando en un armario de suministros porque no podía demostrar un desplazamiento lateral sin dolor.
—Tienes que salir —dijo, más suave ahora, lo cual era peor.
—Tengo que terminar este curso.
—Tienes que dejar de actuar como si la diversión fuera una sustancia a la que eres alérgico.
—Me provoca urticaria.
—Mason.
Ahí estaba. Mi nombre dicho como si tuviera las dos manos en las caderas.
Apoyé una mano en la encimera. Más allá de los ventanales, las gaviotas trazaban círculos blancos sobre el puerto. Un ferry avanzaba hacia la terminal. La ciudad ya rugía doce pisos más abajo, camiones de reparto y turistas de verano y todo el caos alegre que Portland fingía que era encanto.
—Estoy ocupado —dije.
—Te estás escondiendo.
—Eso es un golpe bajo.
—Es un golpe certero. Soy extremadamente talentosa.
Bear vino a apoyar su enorme cuerpo contra mi muslo. Le rasqué detrás de la oreja porque era más fácil que responder.
Lena suspiró. —Es una noche. Los chicos quieren conocer al nuevo fichaje. La directiva quiere que todo el mundo actúe encantado. Puedes quedarte en una esquina bebiendo agua mineral y juzgándonos. Tu pasatiempo favorito.
—Tengo muchos pasatiempos.
—Nombra dos que no impliquen rehabilitar atletas, levantar pesas o ver grabaciones antiguas de partidos como un divorciado mirando fotos de boda.
—Hago senderismo.
—Con tu perro.
—Bear es una compañía excelente.
—Él no puede decirte que estás siendo un imbécil huraño.
Miré hacia abajo. Bear me devolvió una mirada amorosa con un hilo de baba colgándole de la boca.
—Discutible.
—Ven una hora —dijo Lena—. Luego vuelves a casa y le haces el amor a tus hojas de cálculo.
—No les hago el amor a las hojas de cálculo. Estoy peleándome con ellas.
—Contabilidad erótica de enemigos a amantes. Muy de nicho.
A mi pesar, me reí.
Ella lo oyó y se lanzó. —Ahí está.
—Te odio.
—Me adoras. Siete y media. Dock Street. Ponte algo que sugiera que aún recuerdas que existen otros seres humanos.
Colgó antes de que pudiera negarme otra vez.
Me quedé en la cocina con el teléfono muerto en la mano y el viejo dolor asentado, pesado, en la pierna. En la encimera, el portátil esperaba. También las fichas, el plan de negocio, la versión de mi futuro que no olía a hielo ni a adrenalina ni a sudor viejo.
Bear me empujó la mano con el hocico.
—Muy bien —dije—. Paseo primero. Crisis existencial después.
El trayecto en ascensor se hizo demasiado largo.
Una anciana del piso quince miró a Bear como si él hubiera rebajado personalmente el valor de su propiedad, y luego me miró a mí como si recordara haberme visto una vez en un partido de eliminatorias en el que me rompí dos costillas y seguí patinando.
A veces la gente me miraba así: reconocimiento entretejido con lástima, como si mi cuerpo fuera un monumento destruido por el clima.
Fuera, agosto golpeaba como una toalla mojada.
Portland a finales de verano era todo aire salado y humo de coches, el sol reluciendo en escaparates de cristal, terrazas de restaurantes llenas antes del almuerzo, el puerto respirando pescado y diésel por debajo de todo.
Los turistas flotaban en lino y sandalias.
Los oficinistas avanzaban con cafés helados y determinación homicida.
Bear trotaba como si la ciudad entera hubiera sido construida para su enriquecimiento.
La cojera se me suavizó después de unas manzanas. Siempre lo hacía. El movimiento convencía al daño antiguo de negociar.
Pasamos junto al paseo marítimo y subimos hacia el Eastern Promenade, donde la hierba descendía verde hacia la bahía y los veleros cosían pequeños triángulos blancos sobre el agua.
Había venido a Maine para la universidad, me había quedado por trabajo y, de alguna manera, había construido una vida que desde fuera parecía estable.
Piso. Carrera. Perro. Un puñado de amigos.
Una reputación por arreglar cuerpos que otros habían dado por perdidos.
Era una buena vida.
Lo era.
Solo que no era la que recordaban mis huesos.
En un banco sobre el agua, Bear se desplomó teatralmente en la sombra. Me senté a su lado y estiré la pierna izquierda, con la palma presionando la línea obstinada de tejido cicatricial bajo los pantalones cortos.
El teléfono volvió a vibrar.