Corazones en juego (Corazones a la deriva 3) Epílogo
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Epílogo

S ofía permanecía sentada a la mesa, en silencio, disfrutando del calor de la charla a su alrededor, de las sonrisas que los hermanos se dedicaban unos a otros y de la animación en los ojos de su marido mientras bromeaba con su hermana.

—¿Sabes lo que creo? —Polly se inclinó y le susurró a Benjamín—. ¡Creo que Thomas se ha vuelto pirata!

—No seas tonta, Polly —respondió él a su hermana, poniendo los ojos en blanco—. ¿Thomas? Ese hombre se ha pasado la vida siguiendo las reglas.

—Creo que Eleanor lo ha cambiado. ¡Míralo, Ben! Tiene la cara radiante.

—Por el sol, Polly —dijo él, suspirando.

—Sé que tengo razón —replicó ella, desestimándolo y recostándose en la silla con suficiencia.

—Chist —intervino Violet, la hermana de Benjamín, intentando moderar el entusiasmo de Polly. Sofía captó cómo Eleanor alzaba una ceja, como si las hubiera oído, pero no dijo nada, aunque una leve sonrisa le curvó los labios.

Thomas y Eleanor habían regresado para la boda de Sofía y Benjamín, y ahora la celebraban con un desayuno de boda.

Sofía había elegido un vestido verde esmeralda para la ocasión, que favorecía su piel pálida y resaltaba sus mejillas, teñidas de carmesí todo el día por las atenciones de su marido y la felicidad de su unión.

Se habían casado oficialmente poco después del escándalo con el conde de Dunstable, pero un par de meses más tarde celebraron una segunda boda, esta vez con toda la familia de Benjamín.

—Es un alivio que todo ese asunto tan horrible con ese hombre despreciable haya quedado atrás —dijo Marie con un suspiro exagerado—. Aunque nunca querría hablar mal de los muertos, todos podemos descansar más tranquilos sabiendo que la querida Sofía está por fin a salvo de ese hombre espantoso.

—Mamá —la reprendió Violet, lanzándole una mirada—. Ese hombre era el primo de Sofía.

—No pasa nada —intervino Sofía—. Era espantoso.

Poco después de que lord Haversham devolviera a lord Dunstable a su casa, Benjamín y su hermano Daniel fueron a visitarlo y le dejaron claro que Sofía se encontraba ahora bajo la protección de la familia y que cualquier amenaza futura contra ella sería una amenaza contra todos los parientes del duque de Ware.

Le explicaron que, si volvía a acercarse, se arriesgaba a la ruina financiera y que más le valía mantenerse muy, muy lejos.

No supieron nada más de él hasta unas semanas después, cuando Sofía recibió, atónita, la noticia de que había muerto al caerse del caballo.

Benjamín no dijo nada, aunque a Sofía no le pasó desapercibida la mirada especulativa que le cruzó el rostro.

Benjamín temía que Sofía se sintiera abrumada por todos ellos, pero nada más lejos de la realidad. Sofía disfrutaba de su calidez y se sentía profundamente agradecida de formar parte de una familia así.

—Debo disculparme, querida —dijo Marie, la madre de Benjamín, dirigiéndose a ella—. Estos hijos míos… —suspiró —. Bueno, he hecho lo que he podido, pero nunca he logrado controlarlos.

—No hay nada que disculpar, desde luego —respondió ella con una sonrisa a la distinguida mujer, aún hermosa pese a las arrugas de preocupación que sus hijos le habían dejado y el cabello oscuro que empezaba a encanecer en las sienes—. Esto es todo lo que podría haber deseado y más.

Marie le dedicó una sonrisa cómplice.

—A decir verdad, no querría nada distinto. Pero, por favor, no se lo digas a ninguno de ellos. Y ahora, dime, ¿cuándo puedo esperar un nieto por tu parte?

La franqueza de la mujer dejó a Sofía boquiabierta un instante.

—Basta, mamá —la atajó Benjamín, inclinándose sobre Sofía para lanzarle una mirada a su madre—. Hace apenas unos meses me estabas presionando para que me casara. Debes conformarte con eso un momento, al menos.

—Muy bien —dijo ella, y su mirada recorrió la mesa hasta posarse en su hijo mayor, que no paraba de meterse comida en la boca para evitar tener que responder a las preguntas que le lanzaba su hermana pequeña, Polly—. ¡Daniel! ¿Ves lo feliz que una esposa ha hecho a tu hermano?

Benjamín soltó una risa seca y le susurró a Sofía:

—Nunca cambiará.

Mientras Sofía le sonreía, él le tomó la mano y le besó el dorso.

—Sin embargo, tiene razón. Me haces feliz y le has dado un propósito a mi vida. He encontrado mi camino, he descubierto quién soy de verdad.

—Y aun así tu espíritu no ha cambiado —dijo ella, sonriendo con dulzura, con el corazón henchido de alegría—. Creo que eso es lo que más me gusta de ti. Te has convertido en más de lo que jamás creí posible.

Él le frotó la palma de la mano con el pulgar y el índice.

—¿Qué te parece si dejamos este almuerzo de bodas y tenemos una celebración propia, solo nosotros dos?

Se inclinó y le susurró al oído.

—Creo que tu madre se enfadaría bastante —dijo Sofía, aunque un estremecimiento le recorrió el cuerpo cuando el aliento de aquel susurro le acarició el oído—. Todo llegará, cariño. Tenemos todo el tiempo del mundo.

—Sí —dijo él con una sonrisa maliciosa—, y sé exactamente cómo emplearlo. Demostrándote cuánto te amo.

* * *