Corazones en juego (Corazones a la deriva 3) Prólogo
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Corazones en juego (Corazones a la deriva 3)

Corazones en juego (Corazones a la deriva 3)

Por Ellie St. Clair

© inepub.com

Prólogo

F ue el estornudo lo que lo delató.

No había contado con el polvo acumulado tras las cortinas del despacho de su padre, donde se escondía. Claro que Benjamín, con nueve años, no sabía que el sol a su espalda iluminaba por completo su silueta, y que su padre le seguía la corriente.

—¿Hay alguien ahí? —tronó Lionel Harrington, el duque de Ware. Pocos de los de su círculo habrían reconocido al duque en momentos así, con sus hijos.

Benjamín se tapó la boca con la mano para contener la risa.

—¿Hay un intruso en mi despacho? —preguntó el duque, fingiendo buscar bajo su imponente escritorio Chippendale, detrás de los sillones de cuero y en la chimenea vacía.

Por fin apartó las cortinas de golpe, y su hijo estalló en carcajadas al ser descubierto.

—¡Ajá, mira lo que tenemos aquí! ¿Qué voy a hacer contigo, muchacho?

Lionel lo levantó y lo hizo girar por la habitación, arrancándole a Benjamín chillidos de pura alegría.

—A ver —prosiguió el duque, sentándolo en su regazo—, ¿dónde están tus hermanos?

—Daniel, Thomas y Violet están con la institutriz —dijo Benjamín, y se interrumpió de golpe al darse cuenta de que había dicho más de la cuenta.

—¿Y tú no tienes que estudiar hoy?

—No —respondió Benjamín, negando con la cabeza enérgicamente.

—¿Y Polly? ¿Ella tampoco tiene que estar con la institutriz?

Al formular la pregunta, el duque oyó un ruido en un rincón de la estancia.

—Porque si los dos os habéis escapado de esa mujer, vuestra madre se va a enfadar mucho. Ya sabéis que es la tercera institutriz que contrata este año.

—Sí, padre, lo sabemos.

—Portaos bien, hijos —dijo el duque, levantándose del brazo del sillón.

—¿Padre? —preguntó Benjamín, tirándole de la manga.

—¿Sí, hijo?

—Mamá dice que Daniel tiene que esforzarse mucho con las lecciones porque un día será duque. Violet y Polly tienen que aprender para ser «jovencitas refinadas que encuentren un buen partido». Pero ¿y Thomas y yo? ¿También encontraremos un buen partido algún día?

El duque se arrodilló para mirar a su hijo a la cara.

—Sí, desde luego espero que algún día encontréis un buen partido, eso es cierto —dijo, asintiendo—. Pero tú y Thomas podéis hacer en la vida lo que os plazca.

—¿Puedo ser duque?

Lionel soltó una carcajada.

—Supongo que no puedes hacer cualquier cosa, porque duque no puedes ser, me temo. Puedes seguir la carrera militar, entrar en el clero, ser abogado... En fin, hay muchas opciones.

—¿Y estaría bien que me pasara la vida jugando y divirtiéndome todos los días?

El duque sonrió a su hijo y le revolvió el pelo justo antes de oír una voz chillona que los llamaba.

—Ay, Dios mío —dijo—. Será mejor que salgáis de aquí antes de que os encuentre la institutriz o os vea vuestra madre. Querrá que estéis con las lecciones. Polly, sal de detrás de la estantería ahora mismo y vuelve a tus estudios.

—Sí, padre —dijo ella con aire contrito, saliendo del rincón de la estancia. Se reunió con Benjamín y ambos echaron a correr fuera del despacho, mientras el duque sonreía al verlos marchar.

De eso trataba la vida.