Corazones divididos (Dulces corazones de Sweet Creek nº 4) Capítulo 9
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Capítulo 9

—Hay un sendero que lleva al parque del río —dijo Cory—. El mismo río que atraviesa Sweet Creek. Podríamos ir a caminar, si quieres.

Matthew se limitó a asentir mientras mantenía abierta la pesada puerta del restaurante para Cory, esperando a que pasara.

Un silencio denso flotaba entre ellos mientras caminaban desde el aparcamiento hacia el río.

Matthew se preguntaba cómo responder. Había presionado e insistido hasta llevarla a ese punto.

Ella le había contado cómo era su vida con Zeke Smith.

Había percibido la sinceridad absoluta en su voz, la enemistad contenida.

Entonces, ¿cómo iba a conciliar lo que ella le había contado con sus propias experiencias con el encantador Zeke Smith? ¿Tan tonto era? ¿Cómo podía él, Matthew McKnight, que se enorgullecía de su integridad y su conocimiento innato de las personas, haberse dejado engañar así?

Miró de reojo a Cory, que caminaba a su lado, aparentemente relajada. Pensó en lo que había vivido, en lo que le había contado.

Parte de todo aquello era consecuencia de lo que él y su padre habían hecho.

Quería creerle. Tenía que hacerlo, si quería explorar los sentimientos que parecían cambiar cada vez que la veía. Pero ¿necesitaba tomar esa decisión? ¿Importaba ya? Zeke estaba muerto.

Para bien o para mal, sabía que cada momento que pasaba con ella, sus sentimientos solo se intensificaban.

No sabía por qué, no podía explicárselo ni siquiera a sí mismo.

Solo sabía que, aunque Cory lo confundía y lo frustraba, cuando estaba lejos de ella se sentía perdido.

Como si le faltara el centro de su vida.

El sendero era ancho y de grava, y seguía el curso del estrecho río que serpenteaba por el valle. El calor del día aún permanecía atrapado entre los árboles.

—Dicen que se pesca bien en este río —dijo Cory.

—Yo nunca he ido a pescar.

No pretendía que sonara tan patético, pero a sus propios oídos parecía otra muestra más de lo vacía que había sido su vida.

Ella se limitó a asentir, y volvieron a quedar en silencio.

No podía soportarlo más, esa distancia entre ellos. No sabía qué decir para acortarla, para compensar todo lo que había sucedido en la vida de Cory.

Dame las palabras adecuadas, Señor, muéstrame qué hacer, rezó. Nunca se había sentido inseguro ante una mujer, pero con esta sí.

—Cory...

Su voz se apagó mientras le ponía la mano en el hombro para llamar su atención.

Ella se detuvo y se volvió hacia él, con las manos entrelazadas. La media luz de la luna proyectaba sombras misteriosas sobre su rostro.

—Tienes frío —dijo él, y le deslizó la mano por el brazo, notando la piel helada bajo sus dedos.

—No mucho.

—Lamento lo que tuviste que soportar —dijo él. Le sostuvo la mano entre las suyas, buscando las palabras adecuadas—. Quiero arreglar todo lo que ha ido mal en tu vida, todo lo que hice, todo el dolor que causé.

Se rio brevemente, como reconociendo la enormidad de lo que pedía.

—Cory, no sé cómo decirlo de otra manera: lamento muchísimo lo que pasó y no haberte creído. Te pido, por favor, que me perdones.

Ella había dejado de resistirse sutilmente y ahora permanecía en silencio frente a él. Matthew oyó cómo inspiraba lentamente, como si buscara controlarse.

El momento se prolongó, tenso e interminable. Matthew quería arrancarle las palabras, lo que fuera con tal de que ella reconociera lo que acababa de decirle. Se dio cuenta en ese instante de que las próximas palabras de Cory lo cambiarían todo para él, cambiarían todo entre ellos.

Así que esperó.

Por fin, ella alzó la vista hacia él, y Matthew se deshizo al ver el rastro plateado de las lágrimas en sus mejillas.

—Oh, no —susurró—. Por favor, no llores.

Le alzó la mano al rostro, siguió el recorrido de sus lágrimas y se las secó.

—Lo siento. Lo siento muchísimo.

Cory se presionó las manos contra las mejillas y entonces él lo sintió: una suave inclinación hacia él, una delicada aquiescencia.

La rodeó con los brazos, estrechó su cuerpo esbelto contra el suyo y le apoyó la cabeza en su hombro. Sintió un deseo feroz de protegerla, de intentar enmendar lo que estaba mal.

—Por favor, dime que me perdonas —susurró contra su oído; el cabello de ella se le enredaba en los labios—. Por favor.

Ella levantó entonces la cabeza y lo miró; sus ojos brillaban con los restos de las lágrimas.

—He pasado tanto tiempo detestándote —dijo con voz ahogada—. He pasado tanto tiempo luchando contra ti que me tienes completamente confundida.

Matthew apoyó la frente contra la de ella.

—Ojalá pudiera compensarte por todo —dijo—. Ojalá pudiera arreglar lo que se ha roto.

Sintió el suave suspiro de ella, y entonces los brazos de Cory se apartaron de entre ambos y lo rodearon. Sus manos le presionaron suavemente la espalda.

Aquella respuesta ingenua desencadenó algo en él. Sin detenerse a analizar ni a pensar, buscó su boca en un beso suave. Sus labios se encontraron, y poco a poco el beso se volvió más intenso, sus brazos se estrecharon con más fuerza.

Cory se apartó y giró la cabeza para apoyarla de nuevo en el hombro de él.

—Me siento tan confundida —susurró mientras se aferraba a él—. No sé qué pensar.

—Entonces no pienses —la instó mientras le acariciaba la espalda, como si quisiera persuadirla de que lo escuchara—. Deja que las cosas fluyan.

Sintió el suspiro de ella, disfrutó de la presión de sus manos en la espalda, de sus brazos rodeándolo, y deseó que el tiempo se detuviera, justo allí, justo entonces.

Finalmente, ella se echó hacia atrás y apartó las manos para apoyarlas en el pecho de él. Matthew murmuró una protesta, pero la dejó retroceder.

—Debería irme —dijo. Se abrazó a sí misma y se estremeció—. Mañana tengo que trabajar.

Matthew asintió levemente. Él también tenía que trabajar al día siguiente, pero era lo último en lo que pensaba en ese momento.

—¿Y ahora qué, Cory?

—No es justo que me preguntes eso.

Ella ladeó la cabeza y lo examinó.

—Esto es territorio desconocido.

Soltó una risa breve. —Para mí también, Cory. Supongo que esperaba que me dijeras qué quieres de mí. Qué me está permitido darte.

Ella respiró hondo y parpadeó. —¿Qué tal un poco de espacio?

No era lo que quería oír. Un eco cruel de las mismas palabras que él había usado con Tricia cuando rompió con ella. Espacio. Un eufemismo de «déjame en paz».

—¿Cuánto necesitas? —Intentó que la frustración no se le notara en la voz, intentó asimilar lo que ella acababa de hacer.

Solo podía pensar en la inquietud que se retorcía en su interior ante aquellas palabras.

Tenía miedo de perderla. Ahora, después de haber compartido su primer abrazo, su primer beso.

El beso que había querido darle la noche que la vio caminando entre una multitud de chicas jóvenes demasiado arregladas, con su sencillez austera y su orgullo resplandecientes.

—No sé si puedo cambiar el chip tan rápido, Matthew. —Se abrazó con más fuerza y se dio la vuelta.

No pudo evitarlo y le pasó el brazo por el hombro, atrayéndola hacia sí. —No quiero que estés confundida —dijo—. Solo quiero lo mejor para ti.

Por suerte, ella aceptó el abrazo mientras desandaban el camino. Esta vez mantuvo los brazos pegados al cuerpo.

Cuando llegaron al aparcamiento, ella se apartó. En silencio, él la acompañó hasta su coche y esperó mientras ella lo abría, recordando el entrenamiento de béisbol en el que le dijo que quería descubrir quién era, cuando le había pedido salir con tanta naturalidad.

No había contado con lo que le había sucedido esa noche. El vuelco total en su forma de ver a Cory y, más difícil aún, de verse a sí mismo.

Justo antes de que ella subiera al coche, Matthew sujetó la puerta para detenerla.

—Cory —comenzó, sin saber bien qué quería decir, solo que no quería que se marchara sin alguna señal de lo que ella sentía por él—. Quiero darte las gracias.

—¿Por qué? —Se quedó entre la puerta y el coche, con una mano en el volante, como si estuviera lista para meterse de un salto.

—Por confiarme tu historia. —Se mordió el labio, buscando las palabras adecuadas. Las palabras que le arrancarían una sonrisa, que la harían decir que le importaba. Que él significaba algo para ella. Que lo perdonaba.

Entonces ella sonrió, pero era una sonrisa teñida de tristeza y arrepentimiento. —Gracias por creerme —respondió.

—Ojalá... ojalá hubiera sido diferente. Desde el principio.

Cory parpadeó y su sonrisa se desvaneció al comprender lo que él quería decir. Apartó la mirada, se deslizó en el coche y tiró de la puerta. Matthew se la cerró, con una mano apoyada en ella, inclinándose mientras la observaba arrancar. Tocó la ventanilla, como si intentara alcanzarla.

Entonces ella miró por encima del hombro y dio marcha atrás.

Matthew la vio alejarse, con las emociones revueltas.

Si ella no aceptaba lo que significaba para él, su vida nunca volvería a ser la misma.

Cory condujo hasta casa con las lágrimas nublándole la vista. ¿Cómo se suponía que debía comportarse con Matthew ahora? La había abrazado, besado, le había pedido perdón. Ningún hombre había hecho eso jamás.

Mientras conducía, se llevó la mano a los labios, rozándolos con los dedos como si quisiera revivir el beso que habían compartido.

Era solo un beso, el beso de un hombre que se sentía culpable, una manera de compensar todo lo que había salido tan horriblemente mal.

Sin embargo, sabía que era más que un beso, porque Matthew era más que un simple hombre; había sido su némesis y el primer hombre que la había atraído.

Un hombre que despertaba en ella un torbellino de emociones que nunca había logrado reconciliar.

Incluso cuando Matthew la condenaba a pasar los fines de semana con Zeke, peleando con su abogado para hacer valer los derechos de Zeke, ella había combatido su propia atracción hacia él.

Ahora, sus pocas palabras habían desmantelado la única barrera entre ellos. Había admitido que lo que hizo estaba mal y había reconocido el dolor que Zeke le había infligido.

Ojalá hubiera sido diferente. Desde el principio.