Corazón en Sevilla Capítulo 2 — Vecinos
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Capítulo 2 — Vecinos

S eñor Ortega llegó a las nueve en punto de la mañana siguiente, con una carpeta de cuero bajo el brazo y un manojo de llaves que tintineaba a cada paso.

—Señorita Kapoor —dijo, estrechándole la mano con una firmeza casi excesiva—. Disculpe el retraso de ayer. Mi teléfono se quedó sin batería en el peor momento posible.

—No se preocupe —respondió Meera, aunque había pasado casi una hora sentada en el escalón de la entrada esperando, con el estómago todavía revuelto por el jet lag—. Ya tuve tiempo de... familiarizarme con el barrio.

No mencionó el restaurante. No mencionó a Diego. No sabía muy bien por qué.

Ortega abrió la puerta principal con un empujón que requirió todo su peso, y el chirrido de las bisagras resonó por la plaza como una queja centenaria.

El interior olía a humedad, a madera vieja y a algo más difícil de nombrar: el olor particular de los espacios que llevan demasiado tiempo cerrados.

—Bien —dijo Ortega, encendiendo una linterna aunque la luz de la mañana entraba ya por los postigos rotos—.

El informe estructural que le enviamos por correo cubre lo esencial, pero se lo resumo: la techumbre del ala este necesita refuerzo inmediato, hay humedades en la planta baja que habrá que tratar antes de tocar nada más, y el patio central... bueno, lo verá usted misma.

Cruzaron un vestíbulo de azulejos agrietados hasta un patio interior invadido por completo de vegetación silvestre. Una fuente de piedra, seca desde hacía años, ocupaba el centro, medio oculta bajo una enredadera que había trepado hasta el segundo piso.

—Dieciocho semanas —dijo Ortega, consultando su carpeta—.

Ese es el plazo que la empresa acordó con los herederos.

La familia quiere poner la propiedad en el mercado en cuanto esté restaurada, así que el cronograma no es negociable.

Le he traído los planos originales, de 1889, y el listado de contratistas locales homologados.

Dieciocho semanas. Meera hizo el cálculo mental: apenas cuatro meses para una casa que llevaba, a juzgar por el estado del patio, más de una década sin mantenimiento serio.

—Es un plazo ajustado —dijo, escogiendo las palabras con cuidado.

—Es el plazo que hay —respondió Ortega, sin hostilidad pero sin margen—. Su currículum decía que había trabajado en restauraciones similares en Bombay bajo plazos igual de ajustados. Por eso la contratamos a usted.

Meera asintió, tragándose cualquier otra objeción. Tenía razón: había aceptado el proyecto precisamente porque era difícil, porque exigiría todas las horas de su día y no le dejaría tiempo para pensar en nada más.

—Necesitaré acceso al ayuntamiento para los permisos de la fachada —dijo, cambiando de tema—, y alguien que conozca bien el barrio, la historia del edificio. Documentación antigua, si existe.

Ortega se rascó la barbilla.

—Hay un vecino, el dueño del restaurante de al lado, que sabe más de esta calle que el propio archivo municipal. Su familia lleva aquí generaciones. Pregúntele si necesita algo; no muerde. Bueno —añadió, con media sonrisa—, no mucho.

Meera sintió una punzada de algo que prefirió no examinar demasiado.

—Ya lo he conocido —dijo simplemente.

Salió de la casa pasado el mediodía, con la cabeza llena de números, plazos y una lista de contratistas que debía llamar antes de que cerraran por la tarde.

Necesitaba comida, café y, sobre todo, encontrar la tienda de comestibles más cercana antes de que el hambre volviera a tomar decisiones por ella.

La encontró dos calles más allá: un pequeño colmado con cajas de fruta apiladas fuera y un toldo verde desteñido por el sol.

Entró, cogió una cesta, y se enfrentó de inmediato al primer obstáculo del día: las etiquetas, todas en español, todas en una letra pequeña que su diccionario mental no lograba descifrar con la rapidez necesaria.

Estaba de pie frente a una estantería de conservas, sosteniendo dos latas casi idénticas y tratando de averiguar cuál de las dos era atún y cuál era algo completamente distinto, cuando una voz a su espalda dijo:

—Esa es de bonito. La otra es paté de pescado, y créeme, no es lo que buscas si querías un bocadillo normal.

Meera se giró y encontró a una mujer mayor, menuda, con el pelo blanco recogido en un moño apretado y unos ojos oscuros que la observaban con una mezcla de curiosidad y diversión.

—Gracias —dijo Meera, devolviendo la lata equivocada a su sitio—. Mi español todavía tiene... agujeros.

—Todo español tiene agujeros al principio —respondió la mujer, sin darle mayor importancia—. Yo tardé un año en Alemania antes de poder pedir un café sin señalar con el dedo como una niña. Soy Lucía.

El nombre encajó de inmediato en la memoria de Meera: El Rincón de Lucía.

—¿Es su restaurante? El de la placita.

—Era mío —corrigió Lucía, con un gesto de la mano que restaba importancia al detalle—. Ahora es de mi nieto, aunque yo todavía me paso por allí para asegurarme de que no arruina la receta del salmorejo. ¿Tú eres la de la casa vieja?

Meera parpadeó, sorprendida de que la noticia hubiera viajado tan rápido.

—Sí. Meera.

—Lucía —repitió la anciana, aunque ya se lo había dicho—. Ven, te ayudo con la compra. Y de paso me cuentas qué piensas hacer con esa casa, que lleva demasiados años dándome pena cada vez que paso por delante.

No fue exactamente una invitación; fue más bien una orden amable, del tipo que Meera reconoció de inmediato porque su propia abuela, en Bombay, hablaba con el mismo tono.

Terminaron la compra juntas —Lucía corrigiendo, sin condescendencia, cada error de vocabulario— y quince minutos después Meera se encontró sentada en una mesa pequeña dentro de El Rincón de Lucía, con una taza de café solo delante y la anciana instalada frente a ella como si llevaran años conociéndose.

—¡Abuela! —La voz de Diego llegó desde la cocina antes que él, y cuando apareció, secándose las manos en el delantal, se detuvo en seco al ver quién ocupaba la mesa—. ¿Qué haces aquí a estas horas?

—Comprando arroz, y de paso conociendo a la vecina —respondió Lucía, sin apartar la mirada de Meera—. ¿Ya se conocían?

—Ayer —dijo Diego, mirando a Meera con una expresión que ella no supo interpretar del todo. Sorpresa, quizá. O algo parecido a la cautela—. Vino a comer.

—Pues qué casualidad más oportuna —dijo Lucía, y algo en su tono hizo que Diego entornara los ojos, como si sospechara que aquello no había sido casualidad en absoluto.

—Abuela.

—¿Qué? Solo digo que es buena señal cuando las cosas se acomodan solas.

Diego suspiró, aunque la comisura de su boca se torció levemente, como si estuviera acostumbrado a aquel tipo de comentarios y ya no tuviera energía para discutirlos.

—Voy a traerte algo de comer antes de que sigas complicándome la vida —le dijo a su abuela, y desapareció de nuevo hacia la cocina.

Esa tarde, mientras Diego revisaba el libro de cuentas del restaurante en la trastienda, su hermano Carlos entró cargando una caja de botellas vacías y la dejó caer con más ruido del necesario sobre el mostrador.

—El proveedor de vino quiere que le paguemos la factura de marzo antes de servirnos nada más —anunció, sin preámbulos —. Y el técnico del horno dice que la reparación no vale la pena, que hay que comprar uno nuevo.

Diego cerró los ojos un segundo antes de responder.

—¿Cuánto es lo de marzo?

—Novecientos veinte.

—¿Y el horno?

—Dos mil ochocientos, instalación incluida.

Diego dejó el bolígrafo sobre la mesa y se frotó la cara con ambas manos.

El restaurante llevaba dos años perdiendo clientela lenta pero constantemente, desde que habían abierto aquel local nuevo y moderno en la calle de al lado, con su carta en tres idiomas y su terraza con vistas a la Giralda.

El Rincón de Lucía seguía funcionando gracias a los clientes de siempre, los que llevaban veinte años sentándose en las mismas mesas, pero los clientes de siempre no eran suficientes para pagar un horno nuevo.

—Encontraré el dinero —dijo Diego, con más determinación de la que sentía.

—¿Cómo?

—No lo sé todavía, Carlos. Lo encontraré.

Carlos se apoyó contra el mostrador, observando a su hermano con la mezcla de preocupación y exasperación que solo un hermano menor sabe reunir en una misma mirada.

—Podrías vender la parte de atrás. El patio que no usamos.

—Ese patio es de la abuela.

—La abuela diría que sí si se lo pidieras.

—No voy a vender nada de esta casa —cortó Diego, con una firmeza que cerró la conversación de golpe.

Carlos levantó las manos en señal de rendición y cambió de tema, aunque no del todo:

—Por cierto, ¿quién era la chica de la mesa cuatro? La que hablaba español como si estuviera traduciendo cada palabra a mano.

—La vecina nueva. Va a arreglar la casa Villalta.

—¿Y la abuela ya la adoptó?

Diego no respondió, pero el gesto que hizo con la boca fue respuesta suficiente.

A dos calles de allí, Elena Ruiz cerraba la caja registradora de su propio restaurante —más nuevo, más luminoso, con mesas de diseño y una carta que cambiaba cada temporada— cuando una de sus camareras mencionó, sin darle mayor importancia, que había visto a Diego Alvarez comiendo con una turista el día anterior.

—¿Turista? —preguntó Elena, sin levantar la vista de los billetes que contaba.

—Extranjera, creo. India, o algo así. Va a arreglar la casa vieja de la plaza.

Elena terminó de contar el dinero antes de responder, con la calma cuidadosa de quien no quiere que su voz delate nada.

—Qué interesante —dijo, y no volvió a mencionar el tema en toda la noche, aunque lo recordó más veces de las que le habría gustado admitir.

Ya de noche, sentada en el único sillón utilizable de la casa Villalta —el resto de los muebles estaban cubiertos de sábanas y polvo—, Meera llamó a Priya por videollamada.

La pantalla mostró a su amiga en su propio salón en Bombay, con el ventilador de techo girando de fondo y una taza de té en la mano.

—Cuéntamelo todo —exigió Priya, sin saludo previo—. ¿Cómo es la casa? ¿Cómo es España?

—La casa es un desastre precioso —dijo Meera—. Tengo dieciocho semanas para convertirla en algo habitable, lo cual es una broma cruel considerando que el patio parece una selva.

—¿Y la gente? ¿Te entienden cuando hablas?

Meera se rió, aunque con cierta fatiga.

—Más o menos. Hoy confundí una lata de atún con paté de pescado y una señora de setenta años tuvo que salvarme. También le dije al taxista que quería ir a una calle que ni siquiera pronuncié bien.

—Suena agotador.

—Lo es. —Meera se quedó callada un segundo—. Es raro, Priya. Llevo un día aquí y ya siento que entiendo menos de lo que pensaba. No solo el idioma. Todo. Cómo funciona la gente, cómo se mueven las conversaciones, hasta la hora en que se come.

—¿Y eso es malo?

—No lo sé todavía. —Miró hacia la ventana, hacia las luces distantes de la placita, hacia el contorno oscuro del restaurante vecino, ya cerrado por la noche—. Solo es... mucho. Todo a la vez.

No mencionó al vecino de la sonrisa fácil que corregía su español sin hacerla sentir tonta. Algunas cosas, decidió, todavía no estaba lista para ponerles nombre, ni siquiera frente a Priya.

—Duerme algo —dijo su amiga finalmente—. Mañana será más fácil.

Meera no estaba tan segura de eso, pero asintió de todos modos, y colgó la llamada en una casa que crujía, extraña y ajena, a su alrededor.