Corazón en Sevilla Capítulo 1 — Llegada
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Corazón en Sevilla

Corazón en Sevilla

Por Sachin Kumar

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Capítulo 1 — Llegada

E l calor de Sevilla la golpeó como una bofetada en cuanto salió del aeropuerto.

Meera Kapoor se quedó un instante inmóvil bajo el toldo de la terminal, maleta en mano, sintiendo cómo el aire seco y denso se le pegaba a la piel.

En Bombay el calor era húmedo, pegajoso, como si el mar mismo respirara sobre la ciudad.

Este era distinto: seco, brillante, casi hostil, con un sol que caía a plomo sobre las palmeras y los taxis blancos que esperaban en fila.

Llevaba veintitrés horas de viaje. Dos escalas, un vuelo cancelado en Frankfurt, y una maleta que había estado a punto de perderse para siempre en algún limbo entre Alemania y España.

Y, sin embargo, el cansancio del cuerpo no era nada comparado con el otro cansancio, el que llevaba clavado en el pecho desde hacía tres semanas: el de la traición.

No pensaría en Arjun. No hoy.

Se subió a un taxi y le dio al conductor la dirección que tenía anotada en el móvil, pronunciando las palabras con el cuidado de quien camina sobre hielo fino.

—Calle... Susona... número siete —dijo, alargando cada sílaba.

El conductor, un hombre mayor con bigote canoso, la miró por el retrovisor con una sonrisa amable.

—¿Susona? —repitió él, corrigiendo la pronunciación sin mala intención—. Sí, sí, la conozco. Barrio de Santa Cruz. Muy bonito.

Meera asintió, aunque no había entendido ni la mitad.

Llevaba tres meses estudiando español con una aplicación en el móvil, veinte minutos cada noche antes de dormir, y se había sentido bastante orgullosa de sus progresos hasta el momento exacto en que puso un pie en suelo español y descubrió que la gente hablaba mucho más rápido que la voz robótica de su teléfono.

El taxi avanzó por avenidas anchas bordeadas de naranjos, y poco a poco las calles se fueron estrechando, volviéndose más antiguas, más laberínticas, hasta que los edificios modernos desaparecieron por completo y solo quedaron fachadas encaladas, rejas de hierro forjado y macetas de geranios colgando de los balcones.

Sevilla se abría ante ella como un libro escrito en un idioma que apenas empezaba a descifrar.

—Aquí es —dijo el conductor, deteniéndose frente a una plaza diminuta.

Meera pagó, calculando mentalmente los euros con una lentitud que le pareció humillante, y bajó del coche.

Y entonces la vio.

La casa palacio.

Se quedó parada en medio de la plaza, con la maleta olvidada a su lado, mirando la fachada que había visto solo en fotografías borrosas enviadas por un abogado sevillano tres meses atrás. En las fotos parecía... manejable. Vieja, sí, necesitada de reformas, pero manejable.

En persona era otra cosa completamente distinta.

La fachada de piedra estaba agrietada en varios puntos, con enredaderas que habían decidido, hacía ya mucho tiempo, que aquel muro les pertenecía.

Una de las ventanas del segundo piso tenía los postigos colgando de una sola bisagra, meciéndose levemente con la brisa de la tarde.

La puerta principal, de madera oscura tallada, conservaba todavía cierta grandeza antigua, como una anciana que se niega a perder la compostura pese a los años.

—Madre mía —murmuró Meera en inglés, porque algunas cosas simplemente no sonaban igual en ningún otro idioma.

Su tía abuela, a quien apenas había conocido, le había dejado aquella casa en herencia junto con una nota escrita en un español antiguo y florido que Meera había tenido que hacer traducir por completo.

La nota hablaba de raíces, de historia, de la importancia de no dejar que la casa "se la trague el olvido".

Meera, arquitecta especializada en restauración desde hacía cinco años, había aceptado el encargo de la empresa Ortega y Asociados casi como un acto reflejo: necesitaba salir de Bombay, alejarse de las miradas de lástima de sus colegas, del anillo que ya no llevaba en el dedo, de la ciudad entera que parecía saber exactamente lo que Arjun le había hecho.

Sevilla era, se dijo a sí misma, simplemente trabajo. Tres meses, quizá cuatro. Restaurar la casa, entregar el proyecto, volver a casa con la cabeza más tranquila.

Nada más.

Llamó al número que Señor Ortega le había dado para las llaves, pero saltó directamente el buzón de voz.

Miró el reloj: las tres y media de la tarde.

Recordó, demasiado tarde, algo que había leído en un blog de viajes sobre España: la hora de la siesta.

Probablemente medio país estuviera durmiendo en ese preciso instante.

El estómago le rugió con una fuerza vergonzosa.

No había comido nada desde el pequeño sándwich de plástico que le habían servido en el avión, hacía ya más de doce horas. Miró a su alrededor buscando algo, cualquier cosa, y entonces reparó en un letrero pequeño, algo torcido, colgado sobre una puerta a apenas veinte metros de la casa palacio:

EL RINCÓN DE LUCÍA Comida casera sevillana desde 1962.

El aroma que salía de la puerta abierta —ajo, aceite de oliva caliente, algo dulce y especiado que no supo identificar— fue suficiente para que sus pies decidieran por ella.

El interior era pequeño, apenas seis mesas, con paredes cubiertas de fotografías en blanco y negro, carteles antiguos de toros y flamenco, y una barra de madera pulida por décadas de codos apoyados sobre ella.

Solo dos mesas estaban ocupadas: una pareja de ancianos que comía en silencio cómodo, y un hombre solo, leyendo un periódico, con una copa de vino tinto a medio terminar.

Nadie la atendió de inmediato, así que Meera se quedó junto a la puerta, insegura, hasta que una voz gritó desde algún lugar detrás de la cocina:

—¡Un momento, ya voy!

Un minuto después apareció un hombre secándose las manos en un delantal manchado de tomate. Alto, moreno, con el pelo oscuro despeinado como si llevara toda la tarde entre fogones, y una sonrisa fácil que parecía llegarle primero a los ojos antes que a la boca.

—Hola, buenas —dijo él—. ¿Mesa para uno?

Meera abrió la boca para responder en español, pero los nervios, el cansancio y el hambre conspiraron contra ella, y lo que salió fue una mezcla extraña de dos idiomas:

—Sí... eh... quiero decir, sí, para... uno persona. Solo yo.

El hombre parpadeó, y por un segundo Meera temió haber dicho algo terriblemente ofensivo. Pero entonces él sonrió más ampliamente, con un brillo divertido en los ojos.

—«Una» persona —corrigió con suavidad, sin ánimo de burla—. Persona es femenino. Pero tranquila, se entiende perfectamente.

Meera sintió que el calor le subía a las mejillas, y no era por el sol de Sevilla.

—Perdón. Mi español es... —buscó la palabra, la encontró a medias— malo. Muy malo.

—No es tan malo —dijo él, guiándola hacia una mesa junto a la ventana—. He entendido cada palabra. Y eso ya es más de lo que puedo decir de mi inglés.

Le entregó una carta plastificada, algo pegajosa en las esquinas, y añadió:

—Soy Diego, por cierto. Si necesitas ayuda con el menú, grita.

—Meera —dijo ella, y luego, sin saber muy bien por qué sintió la necesidad de aclararlo—: No soy turista. Bueno, sí, un poco. Pero voy a quedarme. Trabajo.

Diego enarcó una ceja, apoyando una mano en el respaldo de la silla vacía frente a ella.

—¿Ah, sí? ¿Y qué clase de trabajo trae a alguien desde... —hizo una pausa, estudiándola— India, ¿verdad?, hasta un rincón tan pequeño como Santa Cruz?

—Bombay —confirmó ella—. Soy arquitecta. Voy a restaurar una casa aquí cerca. Una casa palacio, creo que se dice.

Algo cambió en la expresión de Diego, apenas un parpadeo, una sombra fugaz que Meera no supo interpretar, pero que desapareció tan rápido como había llegado.

—¿Qué casa? —preguntó él, con un tono que a Meera le pareció un poco más cauteloso que antes.

—La de la plaza. Justo... —señaló vagamente hacia la puerta— ahí fuera. La que tiene las plantas creciendo por toda la fachada.

Diego se quedó callado un segundo de más.

—¿Esa casa? —repitió, y esta vez la sorpresa en su voz fue innegable—. ¿La casa de los Villalta?

—Se llamaba así, sí. Mi tía abuela la compró hace muchos años, creo, y ahora es mía. Bueno, de mi familia. Voy a repararla.

Diego se rascó la nuca, y por un momento Meera pensó que iba a decir algo más, algo importante, pero en lugar de eso simplemente sonrió de nuevo, aunque de forma un poco más contenida que antes.

—Bueno —dijo—, entonces vamos a ser vecinos. Esa casa está pegada a la parte de atrás de mi restaurante. Compartimos el mismo patio, prácticamente.

Meera parpadeó, sorprendida.

—¿En serio?

—En serio. Llevo escuchando esas paredes crujir toda mi vida. Espero que las repares antes de que se me caigan encima una noche.

Ella se rió, una risa breve y sorprendida, la primera risa genuina que salía de su pecho en semanas.

—Haré lo posible —dijo.

—Bien —contestó Diego, dando un golpecito ligero a la mesa antes de incorporarse—. Ahora, ¿qué te traigo de comer? Pareces alguien que necesita algo contundente. Y un café bien cargado, por esa cara de jet lag que tienes.

—¿Tan mal se me nota? —preguntó ella, mitad avergonzada, mitad divertida.

—Se te nota que acabas de cruzar medio mundo —dijo él, ya caminando hacia la cocina—. Confía en mí. Yo me encargo.

Meera se quedó sola en la mesa, mirando por la ventana hacia la plaza, hacia la fachada agrietada de la casa que ahora, de algún modo inesperado, ya no le parecía tan solitaria como antes.

Al otro lado de esa pared vivía, aparentemente, un desconocido de sonrisa fácil que ya sabía su nombre y ya se reía de su español.

Sevilla, pensó, llevándose una mano al estómago que aún rugía de hambre, iba a ser mucho más complicada de lo que había imaginado.

Y no tenía ni idea de cuánta razón tenía.