Domingo
Domingo
Ay, mi amor. Mi viejo amor.
Respira más deprisa, menos profundo. Se nota que cada vez le cuesta más.
Ocupo mi silla y le doy la mano por encima de la baranda.
Suelta un quejido ahogado al abrir los ojos y verme ahí.
—Temía que no fueras a volver —me dice, con la voz amortiguada por la máscara de oxígeno.
Niego con la cabeza.
—No podía hacer eso.
Su respiración, tan rápida y dificultosa, nos perturba a ambos.
Sam ronca en voz baja.
—¿Y Jack? —inquiere.
Sam debe de habérselo contado.
—El miércoles.
—Tienes que volver a casa.
—Me encontraré con ellos en Houston esta noche.
—Ya tendrías que estar allí con ellos.
—Quiero quedarme un ratito más.
—Entonces cuéntame —me insta—. Por favor.
Asiento.
—Vale, pero deja que… —Examino la baranda que nos separa. Encuentro el botoncito, lo presiono y la baranda baja sin problemas. Yash me da ambas manos. Así estamos muchísimo más cerca.
—Cuéntamelo todo.
Y eso hago. Le explico que no me enteré hasta principios de octubre, que intenté escribirle pero terminé rompiendo todas las cartas que empezaba, que lo llamé a casa de su padre y al trabajo y que nunca me devolvió la llamada.
Que estaba de cinco semanas, que luego fueron seis y después siete.
El límite para abortar en Francia era a las diez semanas, pero yo no quería hacer nada sin hablarlo con él primero y tenía miedo.
Sabía que era lo que les había pasado a sus padres.
Una vez me dijo que, si las leyes hubiesen sido distintas, él no estaría en este mundo.
Así que no sabía cómo se lo iba a tomar.
Le digo que lo quería muchísimo, que no podía pensar con la cabeza fría. No podía solo pensar en mí misma.
—Me parecía una decisión que teníamos que tomar los dos juntos, pero no conseguía contactar contigo. Para cuando hablamos en diciembre ya no parecía tener sentido. Porque ambos íbamos a estar en Nueva York una semana después. Imaginé que lo resolveríamos en persona.
Ladea la cabeza de un lado a otro. Apenas respira.
—Yash.
—Continúa. Por favor, sigue.
Le cuento que, tras mi estadía con Carson, me fui a vivir con mi madre en Phoenix.
Y para entonces ya sabía lo que quería hacer.
Le cuento que mi madre se encargó de cuidarme, de que eso fue lo que arregló las cosas entre nosotras.
Le cuento lo de la agencia de adopción y la foto de la pareja que escogí.
—Me parecieron como una versión mayor de nosotros. Parecía que se querían muchísimo, que se hacían reír.
—¿Y tuviste al bebé?
—Sí.
Me aprieta los dedos con fuerza. Aún le quedan muchas.
—Una niña —le digo.
Sobre la máscara, veo que la frente se le llena de arruguitas.
—¿Una hija?
—Exacto.
Pasa un buen rato hasta que vuelve a hablar.
—¿Y dónde está?
Niego con la cabeza.
—No lo sé, no podían decírmelo. Pero, siempre que pienso en esa foto, sé que está bien. Eran buenas personas, estoy convencida de ello.
—¿Cómo se llama?
—No sé qué nombre le pusieron ellos. Yo la llamo Daisy.
Asiente y las lágrimas se le derraman por el borde de la máscara.
Se está bien sin la baranda. Estamos muy cerca, tengo la cara a pocos centímetros de la suya. Dejo caer la cabeza sobre su hombro.
—Tuve una hora con ella. Me dejaron darle el biberón, porque no tenía permitido darle el pecho.
Me dijeron que solo complicaría las cosas, tanto para ella como para mí.
Y se bebió el biberón como si supiese perfectamente lo que hacía.
Con mis hijos no fue así. Ambos tardaron unos segundos en comprender qué tenían que hacer.
—Lo noto exhalar un poco, quizás una risa o un sollozo—.
Entonces llegó una enfermera a buscarla.
Y yo marqué una casilla en la que le daba permiso a la agencia para que le dieran mis datos de contacto a ella.
Cada vez que me mudo, los llamo y actualizo mi dirección. Por si algún día la pide.
—¿No lo ha hecho?
—No de momento.
—Tiene veintisiete años.
Asiento.
—Cuando lo haga, ¿podrías hablarle sobre mí? ¿Podrías decirle que la quiero?
—Claro que sí. Eso haré.
—Dile… —empieza, pero no consigo comprender el resto. Las lágrimas no lo dejan hablar, así que lo vuelve a intentar—. Dile que siempre voy a estar con ella.
Ninguno de los dos puede hablar durante un rato. Nuestras lágrimas se le acumulan en la clavícula.
Lo único que oímos es a Sam, roncando como una locomotora.
—Lo hiciste todo sola.
—No estaba sola.
—Lo hiciste sin mí.
Reviso el monitor. Está a ochenta y siete, incluso con la máscara. Van a tener que subirle el oxígeno por litro.
—¿Crees…? —Se frena para respirar.
—No hables, Hink. Conserva el aliento.
—¿Para qué?
No sé qué contestar.
—¿Crees que tendría que haberme casado? —Me busca la mirada—. ¿Habría sido más feliz así?
—No lo sé.
—Creo que no se me habría dado bien. Tal vez solo un cuarto del tiempo. Pero el resto habría querido estar solo.
Comprendo que tiene razón. Que casarnos solo habría conseguido volverme desdichada.
—Pero siempre te he querido —dice—. Nunca he dejado de hacerlo.
Entonces llega la enfermera Kelly. Sonríe al ver a Sam roncando y rodea su catre para acercarse. Levanto la cabeza y suelto la mano izquierda de Yash para que ella pueda retirarle un tubo de la vía y cambiarlo por otro.
Cuando se va, le vuelvo a apoyar la cabeza en el hombro.
—¿Crees que podré verla? ¿Cuidarla desde donde esté?
—Creo que sí —le digo—. De alguna forma.
—¿Crees que será mejor?
—¿Mejor que esta vida?
Asiente.
—Sí —le digo, como si fuese posible imaginar algo que no sea esta vida.
—Tenemos una hija —dice él.
—Perdóname.
—¿Por qué?
—Por no habértelo dicho.
Lo noto negar con la cabeza.
—Me lo has dicho. Me alegro muchísimo de saberlo.
Nos quedamos un rato en silencio.
Cuando creo que se ha quedado dormido, dice:
—¿Qué opinas de la muerte?
—¿De la muerte? —repito para ganar tiempo.
—¿Tienes alguna teoría?
—Vas a creer que es muy de Pollyanna.
—No lo dudo.
—Te has pasado la vida entera leyendo. Deberías ser tú quien me contase sus teorías.
—Dímelo.
—Pues creo que todos somos uno. Que compartimos la misma conciencia o energía o como quieras llamarlo.
El universo se sigue expandiendo, pero dentro de poco, en cuestión de unos trillones de años más, volveremos a reducirnos a lo que éramos antes del Big Bang.
Nos volveremos más y más pequeños hasta no ser más que una manchita diminuta.
Y después dicen que no seremos nada, que no existiremos dentro de un agujero negro.
Hasta que haya otra megaexplosión y retornemos.
—¡Y sorpresa! —dice en un hilo de voz.
—Creo que anhelamos la unidad porque es algo que hemos sentido antes. Así que queremos sentirla de nuevo. Es nuestro estado natural.
—La eternidad como concepto da un poco de yuyu —dice él.
—Solo si el tiempo existe tal cual lo experimentamos. Pero ya sabemos que no es así. Sin el tiempo, la eternidad no parece tan mala.
—Cierto.
Espero a que rebata mis teorías, pero termina diciendo:
—No sé yo si me va a gustar vivir trillones de años de una sola conciencia.
—A lo mejor te acostumbras.
—Puede ser. Y tengo una hija, Hink. —Se le quiebra la voz y me aprieta las manos con fuerza—. No sé por qué, pero eso lo hace más sencillo.
Lloramos un poco más hasta que noto que va perdiendo la fuerza en las manos y termina cediendo al sueño.
Sam rueda hasta ponerse de lado. Ahora tiene los dos pies colgando fuera del catre.
Verlo con los ojos abiertos me hace pegar un bote.
—He dormido demasiado —me dice sonriendo por haberme asustado.
—Un poco.
—¿Estaba roncando?
—Algo.
—Perdona, sé que es muy molesto. ¿Estaba despierto?
—Un rato, sí.
—Parece que está empeorando.
—Me temo que sí.
Tiene la ropa doblada en una silla, pero no puede llegar a ella.
—Iré a por café —le digo.
Bajo al sótano y hago cola. A esta hora solo hay personal del hospital, esperando en parejas o grupitos. Los murmullos me reconfortan, el oír hablar a esta gente cuyo trabajo es tan importante.
Hace unos años estuve en una charla con una filósofa que había escrito un libro sobre el tiempo.
Nos explicó que había dos teorías predominantes: el eternalismo y el presentismo.
El eternalismo es la creencia de que todo lo que es, ha sido y será existe en este momento y para siempre, todo a la vez.
Mientras que, según el presentismo, lo único que existe es el presente.
Nada de antes y nada de después. Sin excepciones.
Cuando bajamos del escenario le pregunté en qué creía ella y me dijo que podía argumentar cualquiera de los dos, pero que últimamente se inclinaba más por el presentismo.
No entendí cómo se iba a inclinar más por el presentismo, por qué querría escoger solo el presente, no el pasado ni el futuro, cuando podría tenerlo todo junto hasta el fin de los tiempos.
Sin embargo, haciendo cola para el café, con todas esas buenas personas trabajando para ayudar a que otros se sientan mejor, creo que está bien tener solo este momento y nada más.
Me parece vasto, extenso, precioso. El solo estar aquí y ahora. Me siento feliz. Se lo he contado.
Ya no hay rastro del catre. Sam se ha vestido y ha vuelto a su sitio de siempre. Aunque Yash tiene los ojos abiertos, no están conversando. Le entrego a Sam un café y un bagel y dejo el de Yash en la bandeja. Sé que no se lo va a beber. Ya no se puede quitar la máscara durante tanto rato.
Yash me da la mano y dice algo que no consigo entender. Lo repite, pero los sonidos que articula no logran formar palabras. Sabe que no lo he entendido, pero no lo vuelve a intentar.
—Necesita más oxígeno —digo.
—Ya estamos a sesenta —me informa Sam.
Me giro hacia él. Sesenta litros por minuto. No se puede ir más alto.
Llega una enfermera que no conocemos. Enciende las luces y abre las persianas.
—¿Por qué estáis todos a oscuras? Que ya es de día, gente. ¿Cómo estamos hoy, caballero?
Yash le muestra un pulgar hacia arriba.
Sam se aparta de su camino, mientras la enfermera no deja de parlotear.
Hace que Yash se incorpore en la cama y cambia su apoyo de un lado a otro para evitar que se le formen llagas por pasar tanto tiempo acostado.
Yash la observa y asiente cuando le hace preguntas, hasta que se marcha y la sigue con la mirada.
—No me he comprado un sofá —dice con total claridad.
—Claro que sí —repone Sam—. Uno rojo.
Yash niega con la cabeza.
Unos minutos después, suelta un sonido horrible desde el fondo de la garganta, como si estuviese imitando un estertor agónico.
Le sorprende a él tanto como a nosotros.
—No me he muerto —nos dice entre risas al ver la cara que hemos puesto.
Le hace un ademán a Sam y este le baja un poco la inclinación de la cama. Yash cierra los ojos y veo al chico que conocí hace mucho tiempo. Veo al chico que dormía bocarriba en aquella cama individual, bajo un edredón amarillo.
Una hora y media después llega la familia, pero Yash sigue dormido. Aunque ya respira más despacio, aún se nota que le cuesta. Los veo comprender la situación, primero a las mujeres y luego a los hombres, más poco a poco. Sam se lleva a la madre de Yash al pasillo.
Un rato más tarde se presenta una médica en la habitación.
Habla con Sam y conmigo en el pasillo. Dice que le parece que Yash va a perder el conocimiento pronto, si es que no lo ha hecho ya, y que podría tardar un día o dos más, quizás un poco más.
En la mano lleva su «orden de no reanimar».
Sam la escucha mejor de lo que hago yo. Lo único que puedo hacer es asentir e intentar no derrumbarme.
Volvemos a la habitación y Sam se lo explica todo a la madre y a las tías de Yash.
Jamie llega un rato después para retirarle todas las vías menos el catéter de Foley. Le quita la máscara de oxígeno y la cánula y le limpia la cara con delicadeza.
—Qué guapo es —dice la madre de Yash.
Sí que lo es. Guapísimo. ¿Se lo habré dicho en algún momento?
Le han quedado unas marcas rojas en las mejillas por culpa de la máscara.
Me preparo para un cambio súbito por haber perdido la máscara, pero su respiración continúa igual.
Un camillero se presenta con una bandeja llena de aperitivos, palomitas, galletas y patatas, todo en paquetes individuales.
—Ah, la bandeja —dice la tía Mo.
Vuelvo del baño y ocupo mi lugar. La habitación se ha quedado casi vacía, salvo por el tío Percy que está viendo el móvil.
Le tomo la mano a Yash, solo que esta vez no es la de él entre las mías, sino la de mi madre.
No hay otra forma de describirlo, es la de mi madre.
A pesar de que lo que veo es la mano de Yash, lo que siento son los dedos anchos de mi madre, su palma menuda y suave, la misma que sentía cuando era pequeña. Me parece increíble.
Sam llega con una mujer llamada Jane, otra compañera de trabajo de Yash, y tengo que soltar a mi madre y cederle mi asiento a Jane.
Sentada en una silla cerca del tío Percy, me como un paquete de galletas Lorna Doones que hay en la bandeja.
Hasta el momento, no me había pasado nada místico en la vida.
Hasta que, por un minuto o dos en esta misma habitación, alguna especie de canal se ha abierto y mi madre ha sido capaz de volver a aferrarme la mano.
Jane, la compañera de trabajo, le da palmaditas a Yash en el brazo y se seca las lágrimas varias veces.
Le dice algo en voz muy bajita antes de levantarse y marcharse.
Vuelvo a mi silla, pero mi madre se ha ido.
Yash ha recuperado su mano, aunque no se vuelve cuando lo toco.
No me habla sobre Jane. No llegaré a conocer su historia.
El móvil me dice que son las 6:10 p. m. Tengo que irme.
Tengo que ir a Houston. Me despido de las tías y los tíos con un abrazo.
De Paige y de Peggy Lynn. Jared, tan alto y delgado como un sauce, me abraza desde arriba.
Su cabello rizado se me enreda un segundo en el pendiente. Le deseo mucha suerte.
Avanzo hacia Sam y nos abrazamos en silencio un buen rato.
Entonces vuelvo y me inclino sobre ti, amor mío. Paso una mano por tu flequillo enroscado hacia arriba.
—Te he querido toda la vida —le digo en un hilo de voz—. Hasta la próxima explosión masiva.
Hago rodar mi maleta desde su rincón. Vuelvo la vista una última vez y veo a Sam dándote ambas manos.
Avanzo despacio hacia el ascensor, como si yo misma fuese una paciente, como si fuese Hans Castorp enfermo en el sanatorio.
Le doy al botón verde y espero a que una puerta plateada se abra frente a mí .