Corazón de sílex LXIV
86%

LXIV

Esa misma semana, sin nombres, los medios publicaron la noticia sin revelar la identidad de la denunciante ni la de los Castel.

En los registros realizados en Les Bruyères, recabaron grandes cantidades de hipnóticos y de relajantes musculares.

Madame Castel se excusó diciendo que eran para la ciática que aquejaba a su marido, pero la policía lo requisó todo.

En los discos duros encontrarían además miles de horas de grabación de bellas durmientes inconscientes perfectamente ordenadas y catalogadas.

De Arri, por supuesto, encontraron un vídeo que coincidía con la otra fiesta a la que la llevó Jean-Paul.

Al parecer había invitado a otras modelos con las que trabajaba como víctimas para la trama que lideraban los Castel y otras familias.

Padres e hijos fueron detenidos e investigados.

E incluso Colette Castel tuvo que pasar la noche en el calabozo por ser la custodia de los discos duros y la cómplice necesaria.

También sus amigas, a las que Arri había visto retirarse con la anfitriona después de la cena en Les Bruyères.

Las acusaban de encubrir a sus maridos y de facilitar sus delitos, sabedoras de las maldades que perpetraban.

La policía no encontró las fotos de Thérèse de Villeneuve entre los archivos digitales requisados.

Sin embargo, en los escritos de monsieur Castel hallaron un cómic que solo podía calificarse de pornográfico en el que se narraba la historia de la inocente Thérèse y los infortunios a los que la virtud le había conducido.

La dibujaba en todo tipo de posiciones después de algún pequeño episodio cotidiano.

Un capítulo la mostraba como una recolectora de moras y cómo, al llegar exhausta, su marido atentísimo le había ofrecido una naranjada que había saciado su sed, pero no le había quitado el cansancio.

Se tumbaba entonces en la cama y, en la siesta, empezaban a aparecer varios personajes mitad hombre, mitad animal del campo —el jabalí, el corzo, el pato...

— que se engarzaban con la virtuosa durmiente en sodomías, sexo oral...

El final era una viñeta en la que se mostraba a la petite Thérèse en el parto y un bocadillo que decía: «¿Y qué tendrá? Un corcito, un venado o un jabalí...».

Cuando Pierre lo vio no pudo contener las lágrimas. Ese día llamó a Pila, que estaba ya en Madrid.

—Tienes razón. Mi padre era más indeseable de lo que me habías contado.