Corazón de León (Los Cambiantes Kinkaid nº 1) 16 #2
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—La señora Stanborough lo sabe todo sobre los djinn, Hal. Me ha calado nada más verme y he tenido que explicarle un poco lo de la torre. Rich lo ha oído —informó el doctor.

Hal se limitó a asentir con expresión seria.

—He aprendido a confiar en los de su clase desde que supe de ellos —le dijo Hal directamente a Rich—.

Y lo conozco desde hace mucho tiempo. Voy a confiar en usted con la información que tiene, pero quiero que sepa esto: algunos de nosotros estamos protegiendo algo más que nuestro propio pellejo.

Hemos encontrado esposas, lo que ustedes llamarían compañeras.

Compañeras de verdad. De esas que son las únicas.

Ellas corren tanto peligro como nosotros, si no más, porque se han convertido en su objetivo para usarlas contra nosotros.

Si la gente equivocada descubre más sobre nosotros, no seremos los únicos que paguen el pato.

Rich frunció el ceño.

—Una compañera es algo muy valioso —dijo Rich despacio—.

Si sabe algo sobre los de mi clase, sabrá que para nosotros las compañeras son sagradas y su seguridad está por encima de todo.

No haré nada que pueda perjudicar a sus compañeras, ni a ustedes tampoco.

En realidad, me gustó trabajar con su equipo, aunque tuvieran el mal gusto de alistarse en el Ejército de Tierra en lugar de en la Armada.

Eso hizo que todos sonrieran mientras Hal asentía.

—Gracias por eso, Rich. Si nos necesita, allí estaremos. Cada uno de nosotros tiene algo un poco diferente que aportar, aunque todavía estamos tratando de entender el alcance de los cambios hasta cierto punto. Algunos somos mejores que otros usando nuestros nuevos poderes.

—Creo que la señora Stanborough podría ser una fuente de más información —terció Rick—. Da un poco de miedo, pero ha parecido muy contenta al enterarse de lo que nos pasó. De hecho, se lo ha tomado con mucha naturalidad. Sonaba como si ya hubiera visto que esto ocurriese antes.

—Probablemente así sea —dijo Rich—. Nos hemos dado cuenta de que algunas de las integrantes del aquelarre son verdaderamente antiguas. Lucharon contra el Destructor la última vez, y existían mucho antes de eso, o eso es lo que he oído.

Hal miró la mansión con aire especulativo. Asintió y luego volvió a centrar su atención en Rich.

—Cuando neutralicemos la amenaza actual, veré qué podemos aprender de ella, si es que hay algo —afirmó Hal.

*

Rich despidió a sus viejos amigos y luego regresó a su vehículo.

Abandonó la finca sin más interacción y reflexionó sobre todo lo que había aprendido.

Probablemente tenía que repasar un poco sus términos mágicos, pero creía que los djinn tenían algo que ver con las leyendas humanas sobre los genios y la concesión de deseos.

Aunque, al igual que las historias que circulaban sobre los cambiantes, Rich supuso que más de la mitad de las historias sobre genios probablemente eran erróneas.

Lo que había podido deducir de lo que se dijo era que la unidad de Hal había estado en el desierto y se había topado con un djinn muy poderoso.

Por alguna razón, ese djinn les había otorgado a los hombres de la unidad varios dones mágicos, y algunos de ellos todavía estaban tratando de averiguar cómo funcionaba todo aquello.

Se habían retirado pero, de alguna manera, seguían viviendo bajo protección militar en esa base secreta justo frente a la costa de Long Island.

Alojamientos seguros porque sus vidas corrían peligro.

Rich se aventuró a pensar que, si los seguidores de Elspeth estaban tratando de drenar la magia del aquelarre, algo similar podría estar ocurriendo con la unidad de Hal.

Habían dicho que agentes extranjeros iban a por ellos.

Quizá algunos tipos malvados de aquella parte del mundo pensaban que la magia de los djinn se aprovecharía mejor para sus propios fines.

Podrían ser seguidores de Elspeth, o podrían estar persiguiendo sus propios fines maléficos.

Fuera cual fuese la motivación, el resultado era el mismo.

Hal y sus chicos estaban en peligro porque no controlaban totalmente su magia, y gente malvada estaba intentando robársela.

Rich no estaba seguro de qué podía hacer para ayudar, pero si había algo en su mano que pudiera ayudar a los hombres de la unidad de Hal, lo haría. Habían sido buenos camaradas, aunque no tuvieran ni pajolera idea sobre los cambiantes cuando trabajaron juntos.

Volvió a centrar su atención mientras entraba de nuevo en la urbanización. Era hora de merodear. El veneno era peor de lo que había pensado si hacía falta un mago sanador y días de recuperación para salvar las vidas de las señoras. Lo mejor sería evitar que alguien más sucumbiera al veneno.

Oh, quizá podrían fingir que algunas ancianas habían caído enfermas.

Eso podría ayudar a que el enemigo creyera que su plan estaba funcionando.

Discutiría esa idea con la señora Newsome la próxima vez que hablara con ella.

Pero en realidad no quería que nadie más se arriesgara con el veneno, lo que significaba que tenía trabajo por delante para encontrar todos los puntos que seguían contaminados.

Quizá era hora de dejar salir al león para que merodeara.

Daba la casualidad de que Rich consultó con Liam cuando regresó a la urbanización y, en lugar de pavonearse en su forma de león, este llamó a algunos de los hombres lobo que formaban parte de las filas en Plum Island.

Un lobo podía al menos fingir ser un perro si alguien llegaba a vislumbrarlo y, aunque Rich nunca lo admitiría, los lobos podrían tener la ventaja de tener narices un poco más sensibles.

Los hombres lobo a los que Liam llamó para hacer el trabajo también tenían la ventaja de un pelaje oscuro que les permitía escabullirse entre las sombras con un poco más de facilidad que cuatro leones dorados.

Colt todavía tenía una muestra del veneno, y haría que los cambiantes lobo lo olieran antes de transformarse en el patio trasero para luego salir a rastrear el barrio bien entrada la noche.

Estarían allí fuera toda la noche, si fuera necesario, informando a Colt, que tenía el turno de vigilancia nocturna.

Sin nada más que requiriera su atención, Rich sintió un deseo desesperado de cruzar la calle para ver a Meg. Después de lo de anoche, no quería dar por sentado que ella le daría de nuevo la bienvenida, pero lo esperaba.

Iba con pies de plomo, pero no permitiría que ella lo olvidara o lo dejara de lado.

Iban a pasar el resto de sus vidas juntos.

Solo tenía que convencerla de ese pequeño detalle.

Podía ser paciente. Al menos, un poco. Si eso significaba ganar el corazón de Meg y convertirla en su compañera, podía sacar hasta la última pizca de paciencia que poseía. Ella sería suya.

Con ese pensamiento en mente, hizo planes.

Primero, llamaría a Meg. Si ella estaba de acuerdo —y él haría todo lo que estuviera en su mano para asegurarse de que así fuera— haría un pedido a un restaurante regentado por cambiantes que entregaba a domicilio en casa de Meg.

Luego se presentaría allí, tendrían una cena encantadora juntos en cuanto llegara el pedido y luego...

bueno, si se salía con la suya, se saldría con la suya con ella. Durante toda la noche.

Colt tenía el turno de noche y podría encargarse de los lobos en el reconocimiento. Si había algún problema, sus hermanos sabrían dónde encontrarlo. Decidiéndose rápidamente, puso su plan en marcha y cogió el teléfono.