Corazón de León (Los Cambiantes Kinkaid nº 1) 16
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Por eso, unas horas más tarde, Rich se encontraba ante las puertas de la finca. Había hecho los preparativos pertinentes con antelación y le permitieron entrar. Al aparcar donde lo había hecho la última vez, cuando estuvo con Meg, se dio cuenta de que echaba de menos su presencia.

Cuando se acercó a la puerta principal de la mansión, le abrió de nuevo el señor Bates, que no sonrió, pero acompañó a Rich hacia un ala de la casa que no había visto nunca.

Lo guiaba hacia una suite de habitaciones donde se estaban recuperando las integrantes del aquelarre que habían sido envenenadas.

El señor Bates le informó de que cada mujer tenía una habitación privada y que las cuidadoras estaban instaladas en el salón de la suite. Ninguna de las dos mujeres había recobrado el conocimiento todavía, pero el mayordomo aseguró que se estaba haciendo todo lo posible.

—¿Ha llegado ya el médico militar? —preguntó Rich mientras caminaban. La suite estaba a cierta distancia de la entrada principal.

—Sí, señor. Ha llegado hace unos cuarenta minutos y ya está consultando con el personal médico de la señora Stanborough. —Bates dominaba a la perfección el papel de hombre estirado, pero Rich no sintió la necesidad de intentar hacerle sonreír, como había hecho Meg.

Le dio las gracias al mayordomo cuando llegaron a la suite y el hombre se marchó. Rich vio una cara familiar saliendo de uno de los dormitorios anexos y saludó con la mano cuando el médico reparó en él. Se encontraron en medio de la gran estancia.

—Rich —dijo el médico, sonriendo y tendiéndole la mano a modo de saludo—. Ha pasado mucho tiempo.

—Vaya que sí, doc. —Rich no estaba seguro de si el doctor Rick St. John quería que se conociese su identidad entre aquella gente—. Me han dicho que ha habido algunos cambios desde la última vez que trabajamos juntos.

El doctor entrecerró los ojos.

—Así es, pero no puedo hablar de ello.

—Entendido —dijo Rich de inmediato. Sabía que no debía insistir para obtener más información. De todos modos, no podían hablar abiertamente delante de la gente de la señora Stanborough.

—¿Me han dicho que eres pariente del viejo Lester? —inquirió Rick con cautela.

Rich asintió con gesto tenso.

—Lo soy, aunque nunca antes lo había visto. Nuestras familias se distanciaron hace mucho tiempo. Pero si me estás preguntando si soy como él —cosa que supongo que ya sabes—, la respuesta es sí.

Rick asintió.

—Ha sido toda una revelación —dijo sin mojarse, pero Rich entendió a qué se refería el otro hombre. La última vez que habían trabajado juntos, Rick St. John era un soldado humano normal de Operaciones Especiales. Experimentado, pero aparentemente ajeno al mundo mágico que los rodeaba.

¿Y ahora? Era... otra cosa. Rich no sabía exactamente qué les había pasado a Rick y a los otros hombres de la unidad de Hal, pero tenía que haber sido algo sumamente mágico para ponerlos bajo el mando del almirante y la supervisión de Lester.

—¿Has podido hacer algo por las señoras? —preguntó Rich, devolviéndolos a ambos al asunto que los ocupaba.

—De hecho, sí —respondió Rick, acercándose a la mesa para sentarse.

Rich lo siguió y se sentó frente a él. Solo entonces vio el cansancio marcado en el rostro del otro hombre. Quizá no había dormido lo suficiente la noche anterior o algo así.

—Eso es bueno. ¿Se van a poner bien? —preguntó Rich mientras el otro hombre suspiraba profundamente.

—Con el tiempo quedarán como nuevas, pero el veneno estaba a punto de sumirlas a ambas en un coma profundo —le explicó Rick.

—¿Has podido encontrar un antídoto? ¿Es algo que podríamos distribuir en el barrio donde viven la mayoría? ¿O algo que podamos tener a mano en caso de que haya otra víctima?

Pero el doctor negó con la cabeza.

—Lo siento, no. Lo que yo hago es..., esto..., de naturaleza mágica. Si alguien más sucumbe, tendría que tratarla en persona. Pero la buena noticia es que puedo tratarlas. Solo que requiere mucha energía.

Joder. El doc estaba dando a entender que de alguna manera había adquirido las habilidades de un mago sanador.

Rich nunca había oído hablar de alguien que hubiera nacido sin magia y la adquiriera de repente más tarde en la vida.

Simplemente no parecía posible, pero evidentemente, es lo que había sucedido.

En ese momento, la puerta de la suite se abrió y la señora Stanborough entró con paso majestuoso. La mujer tenía un aire regio. Se acercó directamente a ellos mientras ambos hombres se levantaban para saludarla.

—Richard —dijo ella, asintiendo hacia Rich—. Y usted debe de ser el doctor. —Le tendió la mano a Rick.

—Yo también me llamo Richard, pero me llaman Rick. —Le estrechó la mano con suavidad; ella se quedó inmóvil y clavó sus ojos en él.

—Siento una magia antigua en usted —dijo ella, con voz intensa mientras estudiaba al doctor con minucioso detalle—.

Ha sido bendecido por un djinn —sentenció finalmente; luego le soltó la mano y sacudió la cabeza—.

No pensaba que quedara ningún djinn en este reino.

¿Sabe dónde está su benefactor? Fui muy amiga de varios de ellos en los viejos tiempos.

—Bueno, no hubo ningún beso ni nada parecido —dijo Rick, riendo mientras la tensión entre todos se relajaba un poco—.

Pero sí conocí a un hombre extraño cuando estaba en Irak.

Vi un espejismo en el desierto y acabé en la Torre de Babel.

Allí conocí a un hombre y me dio este don.

Yo era médico, pero ahora soy un sanador de verdad.

—¡Fantástico! —exclamó la señora Stanborough con auténtico entusiasmo—.

Es una noticia magnífica. Temía que no volveríamos a ver la magia de los djinn en nuestro reino.

Es algo muy potente, y si le otorgó ese don a usted, probablemente hizo lo mismo con otros.

Será interesante ver qué otros dones se manifiestan.

Los djinn siempre fueron muy astutos, y siempre parecían saber cuándo y dónde distribuir sus bendiciones, dándoselas a las personas y los lugares que más las necesitarían en el momento exacto.

Me alegro de que esté aquí, y debo darle las gracias en nombre de mis hermanas por usar su don para ayudarlas.

Yo no podía llegar a ellas, ni ninguna de mis hermanas que poseen ni siquiera un mínimo de conocimientos de sanación. Estábamos bloqueadas.

—No hay de qué, señora —respondió Rick amablemente—. Ambas se recuperarán. Solo necesitan descanso y tiempo para recuperar sus energías. Si tiene alguna preocupación, dígaselo a Rich y, si puedo apañármelas, volveré para echarles un segundo vistazo, aunque sinceramente no creo que sea necesario.

—Tiene mi más profundo agradecimiento, doctor. Y el aquelarre, como suele decirse, le debe una. —Le guiñó un ojo y se fue a uno de los dormitorios para comprobar cómo estaba su hermana bruja.

—Vaya, eso no me lo esperaba —dijo Rick cuando la mujer mayor desapareció en el dormitorio.

—He aprendido que estas señoras suelen ser así.

Cuando empezamos esta operación, pensaba que las ancianas del barrio eran solo unas dulces abuelitas.

Luego descubrimos que eran extremadamente mágicas y que estaban muy bien organizadas.

Nos pilló por sorpresa, te lo aseguro —admitió Rich—.

Si has terminado aquí, estaré encantado de acompañarte hasta tu transporte. Has venido por agua, ¿verdad?

Rick asintió y sacó de debajo de la mesa una pequeña bolsa con una gran cruz roja.

—Sí, he hecho todo lo que podía hacer aquí. Las señoras estarán bien en unos días. Y sí, hay una lancha abajo, en el muelle privado. Hal está allí. Tendré que contarle lo que acaba de pasar y que tú ya sabes lo que sabes.

—Lo entiendo —dijo Rich con seriedad mientras se dirigía a la puerta.

Rick se detuvo para dar algunas instrucciones a las enfermeras y luego lo alcanzó.

Salieron juntos y recorrieron los pasillos vacíos de la mansión, desandando el camino hasta la puerta principal y saliendo después a los jardines impecablemente cuidados.

—¿Estás aquí con tus hermanos? —preguntó Rick una vez que estuvieron bien alejados de la mansión y se dirigían al agua.

—Sí, un amigo nos prestó su casa en la urbanización donde viven la mayoría de las integrantes del aquelarre.

Justo al lado de su dichoso círculo sagrado, que no teníamos ni idea de que existía hasta que nos dejaron entrar en el secreto.

—A Rich no le importaba contárselo al otro hombre.

Todos los agentes de Operaciones Especiales se habían topado con cosas inesperadas en el campo de batalla en algún momento.

Rick soltó una risita.

—La información de inteligencia nunca es del todo completa, ¿verdad?

—Ya puedes decirlo otra vez. Pero mis hermanos y yo ahora vamos por libre. Nos hemos retirado oficialmente —admitió Rich.

—Nosotros también —le confesó el doctor—. No es exactamente como había imaginado que sucedería, pero considerándolo todo, ha salido muy bien. Excepto por los agentes extranjeros que intentan secuestrarnos constantemente. —Rick hizo un ruido de desprecio y su expresión era de fastidio.

—Eso tiene que ser una puñeta. Mis hermanos y yo teníamos que mantener el secreto sobre nuestra verdadera naturaleza, lo cual era un incordio de ocultar a veces, pero al menos nadie nos cazaba activamente. —Habría destrozado a cualquiera que lo intentara, pensó su gato.

Caminaron un poco más y Rich vio la lancha esperando en el muelle. Sentado en la orilla estaba el capitán Haliwell, conocido por todos simplemente como Hal. Los vio venir y se puso en pie. Rich se acercó a él y le tendió la mano.

—Me alegro de verte de nuevo, capitán —dijo mientras se estrechaban la mano.

—Lo mismo digo, Rich. Me he enterado de que tus hermanos y tú os habéis retirado —comentó.

Rich asintió.

—Así es, pero seguimos haciendo trabajos por libre para el almirante.

—Nosotros también —dijo Hal, repitiendo las palabras que Rick había dicho antes.