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Él se aclaró la garganta de nuevo y a ella le pareció entrañable. Se estaba esforzando mucho por mantener el control, pero eso no era realmente lo que ella quería. Lo quería todo de él. La parte salvaje e indómita de él que solo podía intuir, pero que quería conocer... íntimamente.
—Sí —dijo finalmente con una voz que era más un estruendo que un sonido—.
Te he deseado desde la primera vez que nos vimos.
Pero, ¿estás segura? —La miró, pareciendo evaluarla de alguna manera—.
Sabes lo que soy. No te haré daño, pero las cosas podrían volverse un poco salvajes.
—Su sonrisa de medio lado era a la vez seductora y pecaminosa.
—Cuento con ello —respondió ella, viendo el brillo del gato en sus ojos mientras el fuego recorría su cuerpo ante su propia audacia—. Ven conmigo.
Le cogió de la mano y le llevó escaleras arriba hasta su dormitorio.
Menos mal que se había pasado el día limpiando.
Todo estaba perfecto. Listo para cualquier cosa.
Quizás, en el fondo de su mente, siempre había sabido que, en algún momento, lo acabaría llevando allí arriba.
Quizás solo se había estado preparando por si sus sueños se hacían realidad y lo conseguía a solas en su habitación.
En cualquier caso, se alegró de sus preparativos.
Él no es que subiera las escaleras, sino que más bien las recorrió sigilosamente.
Había notado que a veces se movía más como un felino que como un hombre, y este parecía ser uno de esos momentos.
Se preguntó, en una parte despejada de su cerebro, si las emociones fuertes hacían aflorar sus cualidades más gatunas.
Luego, se preguntó por qué le importaba eso en ese preciso instante.
Tenía cosas mejores en las que pensar. Mucho mejores.
Le guio hasta su dormitorio, y él hizo que soltara un gritito de sorpresa cuando la tomó en sus brazos para entrar en la habitación. Cruzó el umbral con ella en brazos, en una especie de gesto romántico a la antigua usanza que le llegó al corazón de formas extrañas.
¿Por qué había hecho eso? Esa era una costumbre humana.
El novio debía llevar a su esposa en brazos al cruzar el umbral en su noche de bodas.
Al menos, creía que esa era la costumbre.
Ella nunca había tenido una noche de bodas.
Ni siquiera había estado cerca. Ningún hombre le había pedido nunca matrimonio.
Aunque había salido con varios sapos a lo largo de los años, ninguno se había transformado jamás en el Príncipe Azul.
Y ahora, allí estaba, con un hombre que realmente podía transformarse en otra cosa. En un león, nada menos. ¿Cuáles eran las reglas con un ser así? No tenía ni idea, pero, caramba, se lo iba a pasar de miedo descubriéndolo.
Tal vez que la llevara en brazos al cruzar el umbral fuera solo un gesto romántico que había visto en alguna parte.
Una forma de lucir sus marcados músculos.
Si era así, ella estaba totalmente a favor.
Y si, en lo más profundo de su corazón, quería soñar con que esta noche pudiera conducir a algo más, él no tenía por qué saberlo, ¿verdad?
No. Toda la fantasía de que esto pudiera ser algo más permanente que una aventura pasajera podía bullir en su mente sin que él tuviera que enterarse nunca.
Él entró en la habitación llevándola como si no pesara nada, deteniéndose junto a la cama de matrimonio. Enarcó una ceja, pero no dijo nada, y ella se dio cuenta de que su cama, que era demasiado grande para una sola persona, se iba a quedar pequeña para ella y para un hombre del tamaño de Rich.
Pero se apañarían. Le gustaba que estuvieran apretados, pensó con un poco de picardía.
Le sonrió mientras él la depositaba suavemente sobre el colchón, siguiendo el movimiento para cubrirla.
Él estaba apoyado sobre sus manos y rodillas.
Una rodilla a cada lado de sus caderas, sus manos a cada lado de su cabeza. Allí, se detuvo.
—¿Estás de acuerdo con esto? —preguntó él, con su voz resonando en sus sentidos de la forma más deliciosa.
—Más que de acuerdo —respondió ella, un poco sin aliento—. Pero los dos llevamos demasiada ropa. —Sintiéndose audaz, tiró de la camiseta de él hacia arriba y extendió los dedos por sus abdominales de infarto. Madre santa, qué cuerpo tenía este hombre.
Sus músculos se tensaron bajo sus dedos y él gruñó de una forma que hizo que sus entrañas se caldearan de deseo.
Era increíblemente sexy, y encontraba los pequeños indicios del animal en su interior tanto misteriosos como intrigantes.
Quería acariciar la melena del león. Hizo lo segundo mejor: hundió los dedos en su pelo, soltándolo de la coleta que lo mantenía retirado de su cara.
Así. Así era como debía ser. La melena del león en el hombre que deseaba por encima de todos los demás.
Tiró de él hacia abajo para que sus labios se encontraran y, entonces, se perdió en el beso y en la sensación de tenerle cerca.
Era el cielo. Era una tortura. Quería más que besos. Lo quería todo. Con él.