Corazón de León (Los Cambiantes Kinkaid nº 1) 7
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—Tengo muy buen oído —Rich le guiñó un ojo a Meg, y ella comprendió que debía de estar refiriéndose a su faceta de león.

Ni se le había pasado por la cabeza. ¿Acaso todos los cambiantes tenían atributos de sus naturalezas animales, incluso en su forma humana?

—. Me gustó que hayas usado una palabrota en voz baja.

Perfectamente recatada por fuera, pero por dentro eres más sincera con lo que sientes. Me pareció sexy. Que tú eres sexy.

La voz grave y seductora, unida a su sonrisa pícara, hicieron que le diera un vuelco el corazón. ¿Había pensado que era sexy? ¿En serio? No recordaba que nadie le hubiera dicho nunca algo así.

Y si alguien sabía lo que era sexy, era él. El hombre era sexo andante. En el diccionario, junto a esa palabra, había una foto suya porque él era la definición de sexy. Al menos, para ella.

Sabía por el calor de sus mejillas que se había ruborizado, aunque tal vez él no pudiera verlo bien en la oscuridad.

Aunque, si tenía un oído superior, seguramente también contaba con buena visión nocturna.

¿No veían bien los leones en la oscuridad?

Tendría que investigar al día siguiente acerca de los atributos de los leones para saber qué más esperar.

—Luego, te vi llorando en tu coche, y quise darte un abrazo —confesó él, y ella casi dio un salto—. Maldición. ¿La había visto llorar? Si aquello no era como para morirse de vergüenza—. Parece que lloras mucho en el coche.

Tuvo que asentir. Sabía que era cierto. Por algún motivo, sentirse completamente sola la incomodaba más hasta cuando iba conduciendo. Por eso apenas salía.

Intentó apartarse de él, pero él la atrajo hacia sí. La envolvió en sus brazos y ella finalmente se fundió contra él cuando él presionó su mejilla contra su pecho y la abrazó durante un momento.

—No pasa nada. Creo que lo comprendo. Yo también echo de menos a mis padres, aunque murieron hace mucho tiempo. Nunca se supera del todo.

Su voz sonó como un leve retumbar en su oído y aquellas palabras le resultaron mágicas, al menos en lo que a ella concernía. Él de verdad la entendía. Había experimentado la misma pérdida y conocía la misma tristeza.

—Estábamos muy unidos —confesó ella con voz queda—. Nunca esperé perderlos tan pronto, y menos a los dos a la vez. Fue horrible.

—Ya hablaremos de ello en otro momento —le prometió con la misma voz profunda y seria—.

Por ahora, solo quería que supieras que llevo tiempo observándote y todo lo que veo me hace desear conocerte mejor.

Tu pena no me asusta. En cierto modo, la comparto.

Como mínimo, la comprendo. También me cautiva esa boca sucia que sacas cuando crees que nadie te oye.

Y me gustaba que, hasta hoy, creía que cuidabas a las ancianas del barrio.

Sé que te importan. Eso se ve fácilmente.

Esa actitud protectora que tienes con ellas y el modo en que te enfrentaste a mí para asegurarte de que era buena idea contactarnos...

Me impresionas muchísimo, cariño, y quería que lo supieras antes de seguir adelante.

No tenía ni idea de qué responder. Pero en vista de su honestidad, debía corresponderle sinceramente. Se lo merecía.

—Yo también te he observado a ti —reveló con voz queda, sabiendo que podía oírla—.

Las señoras se dedicaban a mirar embobadas a tus hermanos y a gastarme bromas por el buen punto de observación que tengo desde mi casa para verlos pasar de aquí para allá.

Pero yo tenía más curiosidad por ti. Por el que no corría.

Por el que apenas veíamos, salvo de pasada. Tú me intrigabas.

Un retumbar de risa se dejó oír en su pecho antes de salir. —Me alegra —dijo por fin, y le dio un beso rápido en la coronilla—. Ahora que hemos aclarado eso, tengo hambre. ¿Quieres entrar a cenar?

—Sí —dijo ella, aliviada de que la parte intensa de la conversación hubiera concluido. Por ahora, al menos.

Tenía la sensación de que ese hombre reclamaría todos sus secretos antes de mucho tiempo. Aunque tal vez estuviera dispuesta a confiárselos. Junto con su corazón, su alma y cualquier otra cosa que él pudiera desear.

Había disipado parte de la ansiedad de la velada al besarla.

Ahora, ya no tendría que preocuparse ni hacerse preguntas.

En lugar de ansiedad, sentiría la anticipación del próximo beso y lo mucho que disfrutaría conociéndolo mejor aún.

Un hombre listo. Había aliviado la tensión habitual incrementando la sexual.

Nunca habría imaginado que eso fuera posible.

—Bueno, ¿todo bien? —preguntó él, retrocediendo para mirarla de nuevo a los ojos. Podía verlo a la luz cálida de las farolas del aparcamiento—. ¿No estás enfadada por haberte besado?

—¿Hablas en serio? —preguntó ella entre risas—. No estoy enfadada. Solo pensaba en cómo has disipado mis nervios y has respondido a la pregunta de una vez por todas.

—¿Cuál era la pregunta?

—La de si esto debía ser una cita o no —le reprendió, y él sonrió, como ella pretendía.

—¿No lo tenías claro?

Ella negó con la cabeza. —No del todo.

—Debo de estar perdiendo mi toque. Que conste que esto es definitivamente una cita. Me gustas. Quiero conocerte mejor, pese al pésimo momento.

—¿Te refieres al posible peligro? —Arrugó el ceño, intentando comprender sus palabras.

—Eso y el hecho de que se supone que debo estar trabajando en este problema, no cortejando a la mujer más cautivadora que he conocido.

Tú no estabas en el plan, Meg, pero maldito sea si puedo pasar de ti mientras esto no se resuelva.

Perdóname. —Se inclinó para besarla en la frente y luego le rozó los labios fugazmente con su nariz.

Se apartó, dejándola con un ansia desbocada—.

Pero deberíamos cenar. Luego, después de cenar, daremos un largo paseo. ¿Qué te parece?

—Venga —dijo ella, respirando hondo antes de separarse de él. La noche parecería más fría después de estar tan cerca de él, pero era lo que tocaba.

La cena fue deliciosa. El personal conocía a Meg, aunque no todos sus detalles.

Recordaban a sus padres y cómo solía ir al restaurante con ellos continuamente.

Una de las camareras le preguntó amablemente cómo lo sobrellevaba y ella agradeció el detalle.

Que otros recordaran a sus padres significaba algo.

Para el resto del mundo, era como si no hubieran existido nunca.

Pero algunos aún los recordaban, y eso le parecía especial.

Rich estuvo atento y solícito durante toda la cena.

Le contó cómo sus padres habían muerto cuando él apenas tenía dieciocho años.

Estaba casi demasiado joven para hacerse cargo de sus dos hermanos pequeños, pero lo hizo, guiándolos durante sus años de escuela mientras sacaba su propia carrera universitaria.

La Marina había pagado sus estudios y sus hermanos habían seguido sus pasos.

—¿Tenías familia extendida que os ayudara? —preguntó ella con inocencia, pero él frunció el ceño.

—Mamá y papá no eran precisamente aceptados por el resto de la familia —respondió aún frunciendo el ceño—.

Tomaron su propio camino y rompieron con el Clan.

Cuando murieron, no vi motivo para recurrir a quienes les habían causado tanta pena.

Nos las arreglamos solos, aunque topamos con parientes de vez en cuando.

Algunos están en el ejército. Pero como ya hemos salido, quizá no tengamos más ese problema.

—¿Qué hacías al encontrártelos? —Ella mantuvo un tono bajo. Le notaba perturbado por la tensión en su boca.

—Mantenía la relación estrictamente profesional. Jamás hablaba de la familia. No aceptaron a nuestros padres. No nos conocían. Nadie estuvo ahí cuando crecíamos. Ni después de su muerte. Ni los necesitábamos entonces. Ni los necesitamos ahora.

Pese a las frías palabras, percibía un dolor latente bajo esa capa de hielo.

La familia extendida les había hecho daño —a los tres hermanos, sin duda— al estar ausentes.

El Clan había hecho sufrir a sus padres, un sufrimiento que había afectado a los tres hermanos, dejando una herida sin sanar.

Quizá jamás sanara. Meg alargó una mano para tocarle el brazo.

—Lo siento —dijo simplemente.

Solo podía ofrecerle aceptación y comprensión. No conocía a su familia, pero si se cruzaba con alguno, le diría unas cuantas verdades.

Rich le cubrió la mano con la suya, la cogió y se la llevó a los labios para un suave beso.

Fue uno de los gestos más románticos que había recibido, pero no le pareció cargado de sensualidad.

Aquel saludo tan delicado era puramente agradecimiento y ternura.

Le daban ganas de suspirar eufórica, pero se lo contuvo.

Aun así, fue un momento que siempre recordaría.

La sorprendía que aquel gigante pudiera ser tan tierno. Tenía una constitución robusta, pero por dentro era más bien un malvavisco. Jamás usaba su fuerza física para imponerse. La trataba como si fuera cristal de Murano, cosa que le hacía sentir especial... un poco... valiosa.

Todavía era demasiado pronto para tales pensamientos. Pero las cosas entre ellos habían sido intensas desde aquel primer encuentro, tan solo hacía una semana. Se había encendido su interés. Como si aquellos días iniciales, cuando esperaba cada vistazo suyo, hubieran desembocado en aquello.

—Yo no tengo familia extendida —le confesó ella—, al menos que yo sepa. Mis padres eran muy independientes. A veces, parecían no necesitar más que el uno al otro. Estaban muy enamorados, hasta el final.

Siempre había soñado con encontrar aquel tipo de amor.

Pero nunca lo había logrado. El pensamiento la tornó melancólica, y Rich le apretó la mano para distraerla.

Lo miró a los ojos, cruzando su profunda mirada, preguntándose cómo podía estar tan despistada como para olvidar que estaba sentada frente al hombre más apuesto y fascinante que hubiera conocido nunca.