Corazón de Escarcha (Cuentos del Solsticio 1) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

LIORA

Habían pasado varias semanas desde la última noche del solsticio. La guarida en las Montañas de Hielo Eterno estaba completamente restaurada. Todo brillaba. Todo olía a hogar.

Rorik y yo regresamos solos. Esa misma noche, después de cenar frente al lago de aguas termales, Rorik me tomó de la mano y me llevó a sus aposentos con una mirada oscura y cargada de intención.

La jaula dorada seguía allí, hermosa y provocativa. Los barrotes brillaban bajo la luz suave de los cristales. Los cojines mullidos de seda blanca y las cadenas doradas parecían esperarnos.

Rorik cerró la puerta de la habitación y me miró con esa mezcla de amor y dominio que me derretía.

— Desnúdate —ordenó suavemente.

Obedecí lentamente, dejando que el vestido cayera al suelo. Me quedé completamente expuesta frente a él. Tan solo con el conjunto de lencería que no disimulaba mis pezones ya duros por el frío y la anticipación...

Rorik se acercó y me acarició la marca del el cuello con el pulgar.

— Entra en la jaula.

Entré. Él cerró la puerta y me ató las muñecas por encima de la cabeza a los barrotes superiores. La posición me dejaba de rodillas sobre los cojines, completamente a su merced.

Se arrodilló fuera de la jaula y me miró durante un segundo eterno, devorándome con la mirada.

— Quiero ver tus alas —dijo con voz baja y ronca—. Hoy. Ahora. Enséñamelas.

Cerré los ojos, como siempre, y las invoqué.

Mis alas se desplegaron lentamente detrás de mí. Eran grandes, translúcidas, con venas de escarcha brillantes como diamantes bajo la luz. Y... como él ya sabía... extremadamente sensibles.

Rorik contuvo el aliento.

— Diosa… jamás me cansaré de adorarlas.

Metió las manos entre los barrotes y las acarició con reverencia. El simple roce hizo que mi cuerpo entero se estremeciera. Un gemido suave escapó de mis labios.

— Tan erógenas… —murmuró, recorriendo con los dedos las venas luminosas.

Cada caricia enviaba chispas directamente a mi núcleo. Estaba muy mojada. Rorik lo notó, lo olió y sonrió con satisfacción.

Siguió explorando mis alas con paciencia tortuosa. Las acariciaba, las besaba a través de los barrotes, pasaba la lengua por las venas más sensibles. Yo temblaba, tirando de las cadenas, gimiendo sin control.

— Rorik… por favor… —supliqué.

— Shh… aún no —susurró.

Abrió la jaula lo justo para entrar. Se arrodilló frente a mí y me separó los muslos. Sin decir una sola palabra, bajó la cabeza y me lamió.

El primer contacto de su lengua contra mi clítoris me hizo arquear la espalda y gritar. Empezó lento, saboreándome, lamiendo con calma entre mis pliegues hinchados. Sus manos seguían acariciando mis alas mientras me devoraba.

Era demasiado. La combinación de su lengua en mi centro y sus dedos en mis alas era abrumadora.

— Rorik… voy a correrme… —gemí.

— Hazlo —ordenó contra mi piel—. Córrete en mi boca.

Aumentó la presión de su lengua, succionando mi clítoris mientras introducía dos dedos dentro de mí. El orgasmo me golpeó con fuerza. Terminé gritando, contrayéndome alrededor de sus dedos, mis alas temblando violentamente.

Rorik no paró. Siguió lamiéndome a través del orgasmo, prolongándolo hasta que estuve temblando y sollozando de placer.

Cuando finalmente levantó la cabeza, sus labios brillaban. Me miró con ojos oscuros de deseo.

— Todavía no he terminado contigo —dijo.

Se levantó, se quitó la ropa y se arrodilló detrás de mí. Alineó su pene con mi entrada y empezó a frotar, usando mi humedad como lbricante y estimulante.

—Diosa... qué vistas... tan mojada.

Me penetró lentamente, centímetro a centímetro, hasta enterrarse por completo. Gemí larga y profundamente.

Empezó a moverse. Despacio, hasta el fondo. Cada embestida era deliberada. Sus manos seguían explorando mis alas mientras me torturaba con su vaivén. Cada vez que tocaba una vena sensible, mis músculos internos se contraían alrededor de su miembro.

— Tan apretada… tan húmeda… mi hermosa hadita —gruñó.

Aumentó el ritmo. Me lo hacía con fuerza y profundidad, mientras seguía estimulando, acariciando, lamiendo y besando mis alas. Besos húmedos, deliciosos. El placer era casi insoportable.

Me corrí otra vez, gritando su nombre, atrapándolo violentamente.

Rorik rugió y se hundió hasta el fondo, eyaculando dentro de mí con fuerza, llenándome de nuevo con su semilla.

Se quedó dentro de mí un rato, abrazándome desde atrás dentro de la jaula.

— Te amo —susurró contra mi marca—. Para siempre.

— Y yo a ti —respondí, exhausta y feliz.

Esa noche, en la jaula dorada, sellamos nuestro vínculo una vez más.

Y así comenzó nuestra eternidad.