Corazón Abierto (City General Series 2) Capítulo 20
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Capítulo 20

CAPÍTULO VEINTE

Salió a la sala de espera de quirófano, solo para encontrarse con toda la familia O'Leary. Ann alzó la vista, y sus ojos oscuros se abrieron de par en par.

—¿Izzy? —El sonido de su nombre captó la atención de Cara, e hizo que su exnovia la mirara.

—Mi adjunto y yo, el doctor Hoffman, vamos a realizarle a Russell un baipás coronario de urgencia —empezó Izzy, negándose a cruzar la mirada con nadie que no fuera Ann—.

La operación puede durar entre tres y seis horas.

Después, saldremos a hablar con ustedes de cómo ha ido.

El resto de la analítica de Russell tiene buen aspecto, así que no prevemos ningún contratiempo con la operación pero, como en toda cirugía, hay riesgos, de lo que ya se les ha informado.

Si alguien tiene alguna pregunta, es el momento de hacerla.

—Intentó mantener la voz tranquila, mantenerse perfectamente normal y profesional.

No había tiempo para que las emociones se interpusieran.

La sala estaba en silencio. La única persona que habló fue Cara.

—Creo que no tenemos ninguna pregunta —dijo. Izzy se resistió, pero por fin se giró para cruzar la mirada con Cara. Era la primera vez que se miraban en una eternidad; aún así le aceleró el pulso a Izzy—. Solo… —Cara se pasó una mano por el pelo ya revuelto—. Por favor, salva a mi padre, Izzy.

Izzy ya se estaba imponiendo suficiente presión, pero oír aquello de boca de Cara lo empeoró.

—Vamos a hacer todo lo posible —dijo, sin querer hacer falsas promesas. Ya era una villana a ojos de su ex y de su familia. Si algo le pasara a Russ… Izzy solo podía imaginarse lo mal que quedaría.

Con eso, se giró y volvió por el pasillo hacia el quirófano. Se preparó para entrar antes de pasar dentro. Las luces ya estaban atenuadas, Russell ya estaba anestesiado. No había tiempo para titubear.

Hoffman le permitió a Izzy hacer la primera incisión, pero tomó el relevo cuando llegó el momento de abrir la caja torácica de Russell y de detener el corazón, cosa que Izzy agradeció más que de sobra.

No podía imaginarse la presión que habría sentido si él se lo hubiera dejado todo a ella.

Sabía que tarde o temprano tendría que aprender, pero Russ no era el paciente con el que Izzy quería experimentar.

Solo quería asegurarse de que saliera lo más impecable posible.

—Haznos el honor de conectarlo a la circulación extracorpórea —le indicó, e Izzy obedeció, trabajando con cuidado. Sopesaba cada movimiento que hacía, trabajando con meticulosidad. Por suerte, Hoffman no la metía prisa. Sabía lo importante que era aquello.

—Paciente conectado a la máquina de circulación extracorpórea —dijo Izzy al cabo de un momento, alzando la vista de nuevo hacia Hoffman con un asentimiento.

La máquina hacía circular la sangre por el cuerpo mientras el corazón estaba detenido, manteniendo los tejidos con vida hasta que se le reactivara el corazón.

—Perfecto. Tú te encargas de conseguirnos un vaso sano de la pierna. ¿Crees que puedes con eso? —Izzy estuvo a punto de ofenderse, pensando que Hoffman solo estaba siendo un capullo, pero cuando alzó la vista hacia él, estaba claro que solo bromeaba con ella.

—Creo que sí —murmuró, bajando hacia la pierna de Russ. Que Hoffman bromeara con ella resultaba desconcertante, pero Izzy decidió tomárselo como una señal de respeto por parte de su adjunto. Si de verdad dudara de sus aptitudes, seguramente no la habría metido en el quirófano.

Cuando llegó la marca de las tres horas, Cara empezó a dar vueltas.

Esperaba que Izzy cruzara las puertas en cualquier momento y le diera la devastadora noticia que no quería oír.

Esperaba con el aliento contenido, con el corazón retumbándole en el pecho.

La charla de antes de su familia, que había llenado la sala de espera, ahora había cesado.

Ya nadie hablaba. Se apostaría dinero a que todos se sentían tan angustiados como ella.

Alzó la vista hacia el reloj, esperando ver una gran diferencia de tiempo. Solo habían pasado unos minutos. No podía con esto. No podía quedarse ahí sentada esperando sin más. Cara se levantó.

—Voy a por algo de cena para todos de una máquina expendedora. —Necesitaban comer. Comer les distraería la mente de todo lo demás que estaba pasando.

Ann empezó a meter la mano en el bolso, pero Cara la detuvo.

—Ya lo tengo, mamá. Ya tienes bastante de lo que preocuparte ahora mismo.

—Metiéndose las manos en los bolsillos, Cara se marchó hacia donde sabía que estaba la máquina expendedora más cercana.

Solo necesitaba un minuto, un poco de aire.

Necesitaba intentar despejar la mente, conseguir relajarse.

Pero no tenía ni idea de cómo hacerlo. En lo único que podía pensar era en si su padre estaba bien, en si iba a poder salir adelante.

Encontró el conjunto de máquinas expendedoras más cercano y empezó a meter monedas sueltas por la ranura. Estaba tan absorta en sus propios pensamientos que no había oído los pasos que la seguían por detrás. No se dio cuenta de que no estaba sola hasta que una voz dijo:

—Tengo monedas de sobra.

Se giró y vio a Pat allí de pie, con las manos metidas en los bolsillos igual que las había tenido ella.

—¿Qué haces? —le preguntó.

—Quería asegurarme de que estabas bien.

—Pat, ¿de verdad crees que alguno de nosotros está bien?

Pat suspiró y encogió un hombro.

—No, pero sé que estás muy unida a él. Tuviste que centrarte en ser profesional como la primera hora después de encontrarlo. Tu ex está haciendo la operación. Seguro que tienes muchas cosas en la cabeza.

Pat era un año y medio menor que ella. De pequeños habían estado muy unidos, pero al cabo de un tiempo Cara se había encontrado más pegada a sus hermanos mayores, queriendo imitar su comportamiento.

Había estado muy unida a su padre. De pequeña, Cara era la típica niña de papá.

Su relación solo se había enfriado cuando Cara salió del armario y su familia no lo aceptó de inmediato.

Su madre lo aceptó mucho más rápido que su padre, y después de aquello su relación ya no volvió a ser la misma, pero sabía que él haría cualquier cosa por ella y su amor nunca estuvo en duda.

Cara se giró y se apoyó de espaldas en la máquina expendedora.

—Yo… no sé qué espero sentir, porque en lo único que puedo pensar es en lo preocupada que estoy por papá. No me imagino vivir en un mundo sin él. No sé cómo lo haría. No sé cómo lo haría mamá.

Pat se acercó a su lado y se apoyó de espaldas en la misma máquina.

—Lo entiendo. Sé que me ha costado madurar, pero esto ha cambiado las cosas.

Quiero madurar, ¿sabes? Quiero ser mejor persona, una de la que papá estaría totalmente orgulloso.

No solo una de la que diría que está orgulloso.

Antes… antes de que se desplomara, estábamos hablando.

Mamá estaba en la cocina y yo estaba sentado con papá.

Estábamos hablando, sin más, e iba a hacerle unas preguntas sobre el negocio porque…

creo que me he dado cuenta de lo que quiero hacer.

No quiero dedicarme a la construcción el resto de mi vida, pero quiero llevar la empresa. Creo que nos vendría bien alguien así.

—¿Qué te dijo?

—No lo dijo. No le dio tiempo. Papá estaba hablando de cómo una parte de él ojalá hubiéramos ido cada uno por nuestro camino como hiciste tú, de cómo ojalá no dependiéramos tanto de él, porque a veces no sabe cómo llevar las cosas.

Solo tiene que fiarse de su instinto. Por eso pensé que sería perfecto que yo interviniera, pero…

en fin. —Pat, nervioso, se estiró la mano y se apretó la coleta.

—Papá se va a poner bien. —Cara por fin lo había decidido. Estaba segura porque tenía que estarlo—. Y se va a cabrear muchísimo cuando despierte y descubra que estábamos todos aquí sentados preocupados por él.

Pat la miró y asintió un poco.

—Yo… creo que tienes razón. Sí, papá es duro. Se va a poner bien. ¿Cómo no iba a hacerlo? No me imagino que algo como un infarto pueda con él.

Cara miró a su hermano y sonrió por primera vez en horas.

—Sí. A ese cabezota se lo va a llevar por delante un oso, como siempre decía.

Pat le imitó la sonrisa.

—Sí. Tienes razón. —Se despegó de la máquina y se giró a mirarla—. No sé tú, pero yo voy a cenar una chocolatina y no creo que nadie pueda impedírmelo.

Y sin más, Cara se sintió un poco mejor.

Seguía muerta de miedo, pero no se sentía tan sola.

Al criarse en una familia tan grande, había aprendido enseguida que era fácil sentirse sola en una sala llena de gente.

A veces solo necesitaba una conexión sencilla con otra persona, alguien con quien compartir sus miedos y alguien que viera las cosas a su manera.

Por suerte para ella, tenía a Pat para ser esa persona.

En silencio, se llenaron los brazos de distintos aperitivos y golosinas de la máquina expendedora, seguramente pasándose con la cantidad de porquería que compraron. Aunque tenían una familia grande a la que dar de comer.