CONTRATO CON LA MAFIA Bono – Relato
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Bono – Relato

Cuando ellas se encuentran

Observé atónito mi bar, situado en una carretera que daba acceso a Rockhampton, en el territorio de Queensland, Australia.

Parecía que allí se había desatado una guerra y, pensándolo bien, realmente había ocurrido una guerra, tal era la destrucción que habían causado solamente dos mujeres.

Volví a mirar el saldo de mi cuenta corriente en el móvil. El dinero que me habían ingresado alcanzaba para reformar el local y aún me sobraría mucho, pero quizá lo mejor que podía hacer era jubilarme.

Todo comenzó una tranquila noche de verano. Algunos clientes estaban sentados a las mesas y otros apoyados en la barra, bebiendo sus cervezas, conversando o simplemente mirando el fondo de sus vasos mientras pensaban en su propia vida.

Hacíamos mucho de eso por aquí.

De repente, la puerta de vaivén, al estilo de un saloon34 del viejo Oeste americano, se abrió y una mujer joven, con botas, pantalones de cuero ceñidos y una chaqueta del mismo material, entró en el local con un casco en la mano.

Con paso decidido, ignorando las miradas de la clientela, exclusivamente masculina, se apoyó en la barra y pude observarla más de cerca.

Era una hermosa morena, de ojos negros y cabello ondulado del mismo color.

Sus labios invitaban a ser besados y suspiré para mis adentros al recordar a mi mujer malhumorada, que me esperaba en casa con el pelo enrollado en rulos.

—Tequila —pidió.

—No tenemos —me encogí de hombros sin dejar de observarla.

Estábamos en un bar de carretera, punto de parada de viajeros y motoristas, además de agricultores y peones de las granjas de la región. Yo vendía cerveza y whisky australiano; las bebidas importadas no tenían mucho éxito en un lugar tan regional y aislado del mundo.

—Entonces, whisky. Una botella —dejó un buen fajo de dólares australianos sobre la barra.

Cogí la botella, serví la primera copa y la empujé en su dirección, seguida de la botella.

—¿De paso? —intenté entablar conversación.

—No es asunto tuyo, cabrón —replicó con cara de pocos amigos. No entendí cómo me había llamado, pero, por el tono, consideré que era mejor no insistir y guardar silencio.

En ese momento, la puerta se abrió y entró otra mujer. Esta llevaba unos vaqueros ceñidos y una chaqueta de cuero. También llevaba un casco, que dejó sobre la barra, no muy lejos de la mujer con la que yo intentaba conversar.

—Sake —pidió ella y, al igual que la anterior, tenía un cuerpo espectacular, pero su piel era blanca, los ojos rasgados y el cabello negro y liso le llegaba hasta los hombros.

Era japonesa; por su acento, podía identificarlo. Era raro ver a una japonesa por estos lugares. De hecho, no recordaba haber visto a ninguna en años, aunque había una comunidad de chinos y otra de coreanos en ciudades cercanas.

—No tenemos eso, señora. Solo whisky y cerveza, y la última botella de licor se la ha comprado la señorita de al lado —señalé a la morena, que bebía en silencio, indiferente a la conversación.

La noche anterior había habido una fiesta de estudiantes y habían acabado con mis botellas de whisky. Aunque lo habían intentado, al menos no habían conseguido terminar con toda la provisión de cerveza.

La oriental miró a la morena, que se volvió hacia ella y sostuvo su mirada.

Sentí la tensión en el aire. Los clientes enmudecieron; los años de experiencia detrás de una barra me habían dado una especie de sexto sentido para las peleas. Y aquellas dos se medían como dos pistoleros del viejo Oeste antes de un duelo.

Pero, de repente, la morena se inclinó hacia el interior de la barra y cogió un vaso. Luego lo llenó y lo deslizó hasta la japonesa.

—Lupe —se presentó—. Invita la casa.

—Domo arigatô —respondió la japonesa con una leve inclinación del torso—. Yumi —dijo también su nombre.

Bebieron de un trago el contenido de los vasos y la morena empujó la botella hacia la japonesa, que se sirvió otra copa y se la devolvió.

Mientras secaba los vasos que estaban en el pequeño fregadero detrás de la barra, las observaba beber en silencio a través del gran espejo que había mandado colocar en la pared.

No pude evitar tener pensamientos pecaminosos, imaginando a aquellas dos hermosas mujeres desnudas, peleando en una bañera de gelatina conmigo dentro.

—¿Negocios o de paseo? —preguntó la morena, sobresaltándome justo cuando, en mi fantasía, me hacía una llave de piernas para inmovilizarme mientras la japonesa me metía gelatina en la boca.

—Estoy de viaje con mi marido y mi hijo —respondió la japonesa—. ¿Y tú?

—Vivo a unos kilómetros de aquí, en una granja —respondió mientras volvía a llenar el vaso, gesto que imitó la japonesa, como si estuvieran compitiendo para ver quién bebía más y quién aguantaba mejor.

—No tienes pinta de granjera —dijo la japonesa.

—Ni tú tienes pinta de ama de casa —replicó la morena.

Volvieron a medirse en un silencio tenso, ambas alejándose ligeramente de la barra.

De repente, todo ocurrió muy rápido. La morena rompió la botella de whisky contra la barra y atacó la garganta de la japonesa, que, con un salto acrobático hacia atrás, esquivó el golpe y se colocó en posición de guardia, con las manos abiertas frente al rostro.

—¡Eres una asesina! —gritó la morena—. ¿Qué cártel te ha enviado?

—¡No intentes engañarme! Reconozco el aura de una asesina cuando la veo —replicó la japonesa—. ¿Quién te ha enviado? ¿La mafia italiana o la Yakuza?

La japonesa no esperó una respuesta y atacó con una sucesión de patadas que pilló desprevenida a la morena, que apenas pudo protegerse con los brazos.

Por un momento pensé que la pelea acabaría tan rápido como había comenzado, pero la japonesa cometió el error de acercarse demasiado y la morena le agarró el antebrazo y le aplicó una llave, haciendo que su atacante golpeara con fuerza el rostro contra la barra.

Los clientes comenzaron a gritar y silbar mientras se levantaban de sus mesas para disfrutar de la pelea, que se había trasladado al centro del salón.

La japonesa poseía una técnica de lucha parecida a la de las películas de artes marciales, pero la morena parecía conocer todos los golpes sucios de un luchador callejero.

Después de una buena sesión de golpes contundentes, se separaron, cada una hacia un lado, y comenzaron a rodearse, evaluándose mutuamente, ambas con la nariz y los labios ensangrentados.

—¿Quién eres? ¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó la morena.

—Ya te lo he dicho, estoy haciendo turismo con mi familia —insistió la japonesa—. ¿Quién te ha enviado y cómo me has descubierto?

—¡Nadie me ha enviado! ¡Soy granjera!

—¡Y lo es de verdad! ¡Acaba con ella, doña Graciela! —gritó uno de los clientes, que parecía conocerla.

—¿Tu nombre no es Lupe? —preguntó la oriental, todavía desconfiada.

—Es un apodo.

—Creo que nos hemos equivocado —dijo la japonesa, bajando la guardia.

—Puede ser... —admitió la morena.

—¿Volvemos a beber? —sugirió la japonesa.

—Claro, ¿por qué no? —sonrió la mujer llamada Graciela.

—Cerveza —pidieron al mismo tiempo y rápidamente coloqué dos botellas delante de ellas, repentinamente echando de menos a mi cariñosa esposa.

Me sentí aliviado porque, aparte de la botella de whisky y los vasos que habían utilizado, no habían roto nada más en el bar.

—Bonita moto la tuya. Una Harley35, ¿verdad? —preguntó la japonesa—. Aparqué al lado de ella.

—Gracias. ¿La tuya es una custom o una deportiva?

—Una Hayabusa36. Prefiero las deportivas.

Comenzaron a hablar sobre las motocicletas y la sensación de libertad que experimentaban al conducirlas. Aquella conversación era curiosa. Eran mujeres y yo, en mi opinión, prefería un coche; era mucho más seguro. No me gustaban las motos, y mucho menos los motoristas.

En ese momento parecía que Dios había decidido castigarme por haber cometido el pecado de la lujuria, pues un grupo de quince motoristas de un club de moteros que llevaba tiempo molestando en los bares y pueblos de los alrededores de la carretera entró en mi humilde establecimiento.

Eran hombres y mujeres vestidos con ropa de cuero, con chalecos en los que se leía Hell'Angels Kangaroo (ángeles del infierno canguro), con el dibujo de ese animal con cuernos y llevando un tridente, algo que, en mi opinión, era demasiado ridículo como para tomárselo en serio.

—¡Cerveza! —gritaron mientras echaban a algunos clientes de sus mesas.

Las dos bellezas continuaron de espaldas, bebiendo, pero dos de aquellos enormes brutos se acercaron para coger las botellas que rápidamente coloqué sobre la barra.

—Mira qué monadas —rió uno de ellos—. ¿Las motos de ahí fuera son de las muñequitas? —preguntó mientras tocaba el cabello de la japonesa, que se volvió hacia la morena.

—¿Sabes? Antes de casarme solía devorar a hombres como este para desayunar —comentó la japonesa—. Y odio a los motoristas. Hace años, en Estados Unidos, tuve un «entrevero» con algunos.

—¿En serio? Yo, antes de casarme, disfrutaba cocinándolos con gasolina —rió a carcajadas.

—¿Qué coño estáis diciendo? —preguntó el otro hombre, que estaba junto a la morena, mientras colocaba su pesada mano sobre su hombro.

La morena simplemente agarró la mano que la molestaba y giró por debajo del brazo del hombre. Al mismo tiempo, escuché el sonido de un hueso al romperse y el grito de dolor, nada varonil, del desgraciado.

La japonesa no se quedó atrás. Agarró al hombre por el pene y, probablemente, también por los testículos. Él soltó un chillido afeminado mientras ella lo arrastraba hasta el centro del salón y lo arrojaba a los pies de sus compañeros, que estaban, al igual que yo, estupefactos.

No hizo falta nada más para que se hiciera realidad la peor pesadilla de cualquier dueño de un bar: una pelea generalizada.

Los motoristas se lanzaron contra las dos, que se quedaron una al lado de la otra.

Un hombre intentó golpear a la japonesa con una silla y ella la rompió de un golpe, al mismo tiempo que le propinaba una patada en el estómago que lo hizo caer al suelo.

Rompió las patas de la silla y se quedó con dos especies de bastones en las manos, con los que pasó a defenderse y atacar a aquellos desgraciados matones.

La morena quizá no tuviera la misma técnica, pero utilizó otra silla como un garrote, rompiéndola contra el cuerpo de una enorme mujer que parecía más un hombre.

A continuación, se lanzó a puñetazos contra otro miembro de la banda y le rompió la nariz de un buen golpe.

Las dos se abalanzaron sobre los motoristas como dos dingos37 atacando un rebaño de ovejas y, en cuestión de minutos, las mesas y las sillas de mi bar estaban destrozadas y los motoristas desperdigados por el local, gimiendo y retorciéndose de dolor.

Dos de ellos incluso habían acabado dentro de la barra, adonde habían ido a parar después de ser lanzados contra el gran espejo que había mandado instalar recientemente y que se había convertido en cientos de pedazos de cristal esparcidos por el suelo.

Cuando todo quedó en silencio, me di cuenta de que mis clientes no eran tan fieles después de todo, pues habían huido del bar, dejándome solo con aquellas dos lunáticas, que parecían más peligrosas que un centenar de motoristas.

Ellas regresaron a la barra y cogieron las dos botellas que todavía tenía en las manos antes de que comenzara la pelea.

Se las bebieron de un trago y, satisfechas, se sonrieron la una a la otra.

—¿Cuál es el número de tu cuenta bancaria? —la japonesa se volvió hacia mí.

Tartamudeando, se lo dije y tanto ella como la morena teclearon en sus móviles.

—Creo que esto cubre tus gastos —dijo la japonesa después de que la morena le mostrara la pantalla de su móvil.

—Si viene la policía, tú no sabes quiénes somos, ¿me he explicado, cabrón? —la morena clavó sus ojos negros en mí y yo, como un tonto asustado, asentí con la cabeza.

—Ha sido un placer conocerte, Lupe —oí decir a la japonesa.

—El placer ha sido mío, Yumi —sonrió amablemente la morena.

Las dos salieron de mi pobre bar por el cristal roto del gran ventanal panorámico, por donde al menos tres de los motoristas habían sido lanzados momentos antes.

Las vi pasar por encima de los desgraciados inconscientes y montar en sus motocicletas, que estaban aparcadas una al lado de la otra.

Después encendieron los motores y cada una tomó una dirección distinta de la carretera.

Miré mi móvil y accedí a mi cuenta. Casi no podía creer la cantidad que habían depositado. Con aquel dinero podría pagar un montón de operaciones de cirugía estética para el amor de mi vida, que me esperaba en casa y que, por muchos defectos que tuviera, jamás me había dado una paliza.

Cuando llegó la policía, dije que un grupo de motoristas rivales se había peleado con los hombres que aún permanecían tendidos en mi bar.

Si hubiera dicho que solo dos mujeres habían causado semejante destrozo, se habrían reído de mí.