Capítulo 6
Yumi
Crucé la frontera entre California y Nevada y fui a parar a la ciudad más románticamente Fuera de la Ley del país. ¡La ciudad del pecado!
Me sentí bien, me sentí como en casa, donde todo era fiesta, lleno de brillo, gente riendo a carcajadas, en aquellos escenarios repletos de falsedad.
Nada había de real en aquel lugar de ostentación. Hasta la hierba verde que decoraba un centro comercial y que estaban regando era falsa; los parquímetros también lo eran. Crucé el paso elevado y llegué a la Strip de Las Vegas.
Seguí por la icónica avenida de la ciudad y me reí de aquel mundo de fantasía; la vida parecía ser muy sencilla para algunas personas. Tomé el cambio de sentido y crucé la avenida en dirección al Waldorf Astoria. Me alojaría por todo lo alto, aunque en un lugar serio.
Dejé la motocicleta con el aparcacoches y pedí una habitación en el mostrador de check-in.
Aproveché para conseguir que el concierge gestionara con la empresa de alquiler la devolución de la moto.
Probablemente tendría que pagar una multa por devolverla en una oficina de otro estado, pero eso me importaba muy poco.
Como no tenía equipaje, salvo la mochila, antes de subir a la habitación entré en la zona del casino y encontré el corredor de tiendas de moda que conectaba los distintos hoteles de la Strip.
Me detuve en la primera tienda de ropa de lujo y compré un vestido largo de color rojo y un par de zapatos de tacón del mismo tono.
Con todo lo que necesitaba en las manos, subí hasta la suite.
Me había asegurado de pedir una planta alta.
Tenía al menos ciento diez metros cuadrados, con un salón y un dormitorio espaciosos.
Dejé la mochila sobre la cama, junto a la bolsa de las compras, fui al cuarto de baño y puse la bañera a llenar.
Me merecía una buena sesión de relajación.
Me desnudé por completo, dejé aquella muda de ropa en el paquete destinado a la lavandería, puse el teléfono móvil a cargar y fui a buscar una bebida al minibar.
Whisky, era todo lo que necesitaba. Cogí la botellita, vertí su contenido en un vaso, añadí dos cubitos de hielo y lo llevé al cuarto de baño.
Me tumbé en la bañera, ya casi llena, y empecé a saborear la bebida.
Necesitaba comprar un billete para París, pero antes de eso me regalaría una noche de placer.
—¡Despierta, Yumi! —abrí los ojos de inmediato.
El vaso de whisky ya estaba vacío y el agua de la bañera, prácticamente fría. Probablemente me había quedado dormida.
—Los italianos saben lo de tu hombre de la ley. ¿No te importa? —me preguntó uno de mis yos.
—Claro que no. No me importa nadie —respondí, molesta por aquellas preguntas e insinuaciones.
—¿De verdad? Entonces, ¿por qué no lo mataste cuando tuviste la oportunidad? Porque ahora quienes van tras él son tus rivales, tus perseguidores de la 'Ndrangheta. ¡Creen que pueden intimidarte con eso!
—¡No me importa! ¡Pueden hacer lo que quieran! —elevé la voz y me llevé las manos al rostro con un poco de agua para recuperar la lucidez—. Dejadme en paz, al menos hoy.
—Piénsalo bien. ¿De verdad no te importa el delegado Jonás?
Me eché un poco más de agua en el rostro, pero nada de aquello parecía aliviarme.
—¿De verdad no te importo, Yumi? —sentí que el corazón se me aceleraba al oír la voz del delegado. Miré a un lado y allí estaba él, agachado junto a la bañera, con una daga modelo tanto20 en las manos.
Su rostro no mostraba ninguna expresión y, al no recibir respuesta por mi parte, contempló el tanto que sostenía en la mano derecha y lo llevó hacia mí, hasta utilizarlo para apuñalarme lenta y dolorosamente en el bajo vientre, realizando movimientos horizontales y verticales para conseguir introducirlo cada vez más profundamente en mi cuerpo.
Vi cómo el agua se teñía de un rojo intenso con la cantidad de sangre que empezó a brotar de mi herida. Cuando finalmente retiró el arma de mi cuerpo, comenzó a observar su mano ensangrentada, todavía sosteniendo la daga, igualmente manchada.
—Jonás-san, te perdoné la vida —dije, intentando contener la hemorragia mientras presionaba la herida y empezaba a sentir frío.
—Lo siento, Yumi. En mi vida no hay espacio para quienes no se preocupan por mí —confesó entre risas, todavía contemplando la sangre de sus manos.
Me invadió una sensación insoportable de frío...
Me desperté de un salto, llevándome las manos al bajo vientre. El agua cristalina de la bañera ya me helaba el cuerpo. Miré a mi alrededor, todavía sintiendo cómo me latía con fuerza el corazón. El vaso de whisky estaba lleno; ni siquiera había llegado a beber antes de quedarme dormida.
Cogí el vaso y me bebí la bebida de un solo trago, sintiendo cómo el líquido ambarino descendía quemándome la garganta. Salí de la bañera de un salto y me envolví en el albornoz que estaba colgado detrás de la puerta para entrar en calor.
Aquella noche haría que las voces dejaran de atormentarme; al menos esa era mi intención, aunque solo fuera durante unas horas.
El cielo ya estaba oscuro y la noche hacía que la ciudad cobrara todavía más vida entre los excesos de colores y neones de los casinos y hoteles temáticos. Todavía con la atención puesta en aquel escenario de fantasía, intenté concentrarme en lo que necesitaba hacer.
«¿Qué me está pasando?»
No solía perder la concentración, por eso intenté ignorar aquel momento y volví a centrarme en lo que realmente debía hacer.
Me puse el largo vestido rojo sangre y cargué las tintas con el maquillaje, como haría cualquier mujer que quisiera llamar la atención. Llevaba el cuerpo libre de adornos y no llevaría nada conmigo aparte de la tarjeta de acceso a la habitación. Nunca necesitaba nada para atrapar a mi presa.
Cogí el ascensor y subí hasta el Sky Bar, que ofrecía vistas de la ciudad iluminada desde una de las plantas intermedias del Astoria. Miré a mi alrededor y encontré un asiento libre en la barra.
—¿Qué vas a tomar? —preguntó el barman mientras colocaba delante de mí un pequeño platillo con una porción de cacahuetes sazonados.
—¿Qué puedes ofrecerle a una chica animada, sola y sin cartera ni tarjetas? —le pregunté con una sonrisa insinuante, mostrando las manos vacías.
—Eres un problema —rio mientras me guiñaba un ojo.
—Solo si quieres que lo sea... —le devolví el guiño y, unos minutos después, vi aparecer delante de mí un vaso con una bebida de colores.
—It is on the house (por cuenta de la casa) —susurró muy cerca de mí—. But it is just this one (pero solo esta).
Me llevé la pajita a la boca y, después de dar un sorbo, me lamí los labios lentamente con un gesto sensual, demostrando lo agradecida que estaba por el detalle.
No era por el dinero, pero cuando estaba de caza nunca pagaba mi propia bebida en los bares y, aquella noche, recorría minuciosamente con la mirada el elegante salón en busca de la víctima perfecta, hasta que la encontré.
Un grupo de tres hombres, muy bien vestidos, sentados en unos sillones frente a la pared de cristal que ofrecía vistas de la animada Strip, la avenida principal de Las Vegas.
Todos eran atractivos, rondaban los cuarenta años y, para estar allí, sin duda tenían lo que yo buscaba: exposición, glamour y virilidad.
Empecé a observarlos. Los hombres siempre eran presas fáciles y no tardaron en dirigir sus miradas hacia mí. Una mujer sola en bares y restaurantes es un cebo fácil, y yo siempre había sido una depredadora.
Mi vaso estaba vacío, había una silla libre a mi lado en la barra y yo estaba sola. No tardó mucho en que uno de ellos inventara una excusa para acercarse a mí.
—Otra ronda de whisky en aquella mesa —le dijo el hombre al barman, señalando la mesa de sus amigos—. No hay nadie que nos atienda —añadió mientras se colocaba entre yo y la silla vacía que tenía a mi lado.
—Sí, señor —respondió el camarero—. Ahora mismo les llevaré las bebidas.
Lo miré y sonreí cuando se detuvo a mi lado y me devolvió la sonrisa.
—¿Esperando a alguien? —preguntó mientras ocupaba la silla de al lado—. Parece que llega un poco tarde —añadió, dejando claro que ya se había fijado en mí desde hacía un rato.
—En realidad, no —respondí mientras apartaba mi vaso vacío—. Estoy sola.
—¿Cómo que sola? ¿Una mujer tan guapa como tú sola en Las Vegas?
—¿Qué puedo decir? —hice un gesto delicado con ambas manos, girándolas ciento ochenta grados para representar que no podía hacer nada al respecto.
—Estoy con unos amigos. ¿Quieres unirte a nosotros? —finalmente me hizo la invitación, con el aire de suficiencia de un vencedor.
Ingenuo. La vencedora era yo.
—Claro.
Solo hizo un gesto al barman para avisarle de que necesitaríamos una bebida más y me llevó de la mano hasta la mesa que ocupaba con sus amigos. La noche sería interesante.
Terminamos la ronda de bebidas y dimos un animado paseo hasta el Cosmopolitan, donde se alojaban mis nuevos acompañantes, y entramos directamente en el casino.
Tenían reservada una sala privada de póquer.
La partida parecía interesante, pero yo quería otra cosa y, al darse cuenta, Justin, el hombre que me acompañaba, se despidió enseguida de sus amigos y me llevó hasta su suite.
Después de utilizar la tarjeta magnética para abrir la puerta, incluso antes de que pudiera encender la luz, lo acorralé contra la pared con un golpe violento.
—¿Te gusta que te den fuerte, preciosa? —preguntó, tomándose la situación a broma.
Justin no tenía ni idea de cuánto me gustaba «que me dieran fuerte»; solo que quien iba a experimentar la fuerza sería él.
Le arranqué la camisa y volví a empujarlo contra la pared, atándole los brazos. Lo giré hacia mí para empezar a quitarle los pantalones y, enseguida, pude contemplar aquel espécimen masculino bajo la luz multicolor que llegaba desde la ventana. Las Vegas nunca quedaba en penumbra.
Lo empujé con violencia hasta cerca de la cama y lo arrojé sobre el colchón, al comprobar que estaba erecto por la adrenalina de lo que estaba ocurriendo entre nosotros.