CONTRATO CON LA MAFIA Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Corrí hacia la casa. Otros dos hombres salieron por la puerta principal armados con subfusiles, pero, antes de que pudieran apuntarme, ya estaba encima de ellos, clavándoles las dagas en la garganta.

No me detuve a mirar; sabía que estaban muertos antes incluso de caer al suelo.

Entré por la puerta por la que habían salido y me encontré en un espacioso hall. Ya conocía la distribución de las habitaciones, cortesía de mi hacker particular, Microchip, que había conseguido los planos del inmueble.

Subí la escalera hasta la planta superior. En lo alto apareció un hombre apuntándome con una escopeta del doce, pero, antes de que pudiera disparar, lancé una de las dagas, que se clavó entre sus ojos, en lo que se conocía como el «triángulo de la muerte».

Pasé por encima de su cuerpo después de recuperar la sai y me arrodillé, concentrándome en los ruidos y los olores, con todos mis sentidos en alerta.

Aparentemente, no había más guardaespaldas.

Caminé lentamente, con la espalda pegada a la pared, hasta llegar a la puerta de lo que parecía ser la suite.

Utilicé la sai para mover el pomo, que se abrió, y una explosión provocó un enorme agujero en la puerta.

Rodé hacia el interior de la habitación y, antes de que el hombre pudiera corregir su puntería, ya estaba encima de él, clavándole las dos dagas en el vientre y levantándolo del suelo mientras se debatía entre gritos nada viriles.

Lo arrojé a un lado cuando dejó de gritar.

Miré hacia la cama. Un anciano me observaba sin aparente miedo, tumbado bajo las sábanas.

—¿Quién eres, muchacha? —preguntó con voz ronca.

—Yumi Moori.

—Ah, sí, la asesina que traicionó a sus empleadores y los ejecutó en Brasil —rio entre toses.

Me acerqué hasta quedarme junto a la cama, todavía empuñando las dagas.

—¿Has venido a matarme?

—Sabes que sí. Tú y tus compañeros ordenasteis mi muerte, ¡me atacasteis en mi propia casa!

—Fue una decisión de negocios. Tú nos traicionaste y además ejecutaste a miembros de nuestra organización; uno de ellos era mi ahijado. Pero adelante, estoy enfermo, me quedan pocos meses de vida.

Vi, junto a la cama, equipos médicos y una bombona de oxígeno; sobre la mesilla de noche había innumerables frascos de medicamentos.

Debía matarlo, pero era un viejo decrépito y yo ya estaba cansada.

—Te daré una oportunidad, viejo —dije con indiferencia—. Avisa a tu Don para que me deje en paz.

Le di la espalda. Deseé que sufriera el resto de sus días postrado en aquella cama y, antes de alcanzar la puerta, oí su voz.

—¡Nunca vamos a rendirnos! Eres una mujer muerta. Puede que tardemos, pero te atraparemos. Mientras tanto, nos conformaremos con matar a aquellos a quienes amas.

—No tengo a nadie, viejo —dije sin volverme—. No amo a nadie y nadie me ha amado nunca.

—¿No? ¿Ni siquiera cierto agente brasileño de la ley? —rio entre un nuevo acceso de tos.

Apreté con fuerza la empuñadura de la daga y, sin volver a mirarlo, la lancé hacia atrás. Oí un gorgoteo que enseguida se apagó. No necesitaba comprobarlo para saber que le había acertado en la garganta.

Salí de la mansión saltando el muro lateral y, después de llegar hasta mi motocicleta, conduje fuera de la ciudad.

El asesinato de aquel viejo miembro de la mafia aplacó un poco mi hambre, además de alimentar mi espíritu sediento. Cuanto más me acercaba a mi objetivo, más fuerte me sentía. También era una cuestión de supervivencia.

—¿Por qué estás haciendo esto, Yumi? —me pregunté a mí misma.

—Venganza, supervivencia, hambre, necesidad... —respondí entre risas.

—¿Qué vas a ganar con todo esto? Tu vida no vale nada, tú no vales nada. ¿Vas a dejar un rastro de muertes sangrientas para protegerte? ¿Qué vida estás protegiendo si ni siquiera mereces vivir?

Tenía razón. Ya no tenía nada por lo que vivir. Quizá mataría a todos y después me mataría a mí misma.

—No te hagas esto a ti misma. Siempre hay esperanza. Puedes redimirte, entregarte, pagar por tus errores y empezar de nuevo.

—¿Quién eres? —pregunté de repente.

—Soy otra de tus facetas.

Cerré los ojos y me negué a escuchar. Ya éramos demasiadas; no había lugar para otra versión de mí.

Jonás

Sin tiempo que perder ni para descansar, tomé el primer vuelo con destino a Vancouver, en Canadá, y desde allí haría una conexión hacia Los Ángeles.

Por suerte, tenía visado para ambos países, debido al intercambio que había realizado años atrás para reforzar el aprendizaje del idioma.

Era la mejor opción que había encontrado, dada mi urgencia por pisar territorio norteamericano.

Mi rápida escala en YVR, el aeropuerto internacional de Vancouver, solo sirvió para ponerme al día sobre las investigaciones acerca del paradero de Yumi y estirar las piernas, pues enseguida ya estaba a bordo de un vuelo considerado doméstico, rumbo a California.

Alquilé un coche en LAX, el aeropuerto internacional de Los Ángeles, pero lo máximo que fui capaz de hacer fue conducir hasta el hotel. Estaba exhausto, además de sufrir los estragos del desfase horario entre los países.

Tomé una habitación modesta en un hotel sencillo de categoría turística, me di una ducha, porque la necesitaba, y me dejé caer sobre la cama. Al día siguiente empezaría a trazar mi ruta. Si ella seguía en el país, la encontraría.

Me desperté temprano. Había dormido como un tronco y me aferraba a una única pista: existía la posibilidad de que hubiera estado en los alrededores del Valle de la Muerte.

Por eso, tomé la CA-14N en dirección a Mojave.

Fue un viaje rápido, de no más de una hora y media; aun así, tuve la impresión de estar en medio de la nada y sentía un calor absurdo en aquella que parecía ser una microciudad plantada en medio del desierto.

Fui directamente al B fue mi única huésped en toda la semana y la invité a cenar con nosotros.

—¿Sabe adónde se dirigía?

—¿Por qué quiere saberlo? —preguntó con tono desconfiado mientras yo me llevaba el dorso de las manos a la frente para secarme un poco el sudor.

—Es una amiga —intenté inventarme una historia, pero no se me ocurrió nada—. Nos conocimos en Brasil, donde vivo. De alguna manera tuvimos un desencuentro y se marchó. Necesito volver a hablar con ella. Yu... quiero decir, Midori ni siquiera se despidió de mí.

—Me pareció una joven solitaria, joven, bonita, llena de vida y, al mismo tiempo, parecía pesar sobre ella una especie de tristeza. Me dijo que tenía una misión, que pocos entenderían sus motivos y que había decepcionado a muchas personas.

—Midori cree que no nos preocupamos por ella, pero no es verdad. No queremos que pase por todo esto sola. He viajado miles de kilómetros porque me importa.

¿Cómo conseguir que la señora confiara en mí para contarme todo lo que sabía? Mi búsqueda dependía de obtener la mayor cantidad de información posible. La vida de Yumi corría peligro y yo no quería que le sucediera nada.