CONTRATO CON LA MAFIA Capítulo 1
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Capítulo 1

Yumi

Nací en una familia de agricultores pobres; mi madre murió de tanto trabajar cuando yo tenía seis años y enseguida ocupé su lugar, pues mi padre era un borracho y un jugador empedernido que me golpeaba todos los días, por cualquier motivo real o imaginario.

Odiaba mi destino, pues, aunque mi entrenamiento abarcaba el arte del entretenimiento, sabía que pronto tendría que prostituirme, pero al menos no pasaba hambre.

Fue en aquel lugar donde aprendí mucho sobre el alma humana, principalmente sobre la de los hombres; la mayoría eran violentos, egoístas, mezquinos e hipócritas, pues buscaban placeres efímeros en lugar de dedicarse a sus esposas e hijos, lo que no hacía sino aumentar el odio que ardía en mi alma.

Cuando supe que la matriarca de la casa estaba preparando una subasta para mi primera noche, decidí huir.

Vagué perdida y sin rumbo por las zonas rurales, robando para comer, durmiendo en los umbrales de viejos templos, donde maldije a mi padre mil veces por haber abusado sexualmente de mí y después haberme vendido como una mercancía cualquiera.

Cuando se acercó el otoño, pensé en rendirme y acudir a la policía, aun sabiendo que era corrupta y que, con toda seguridad, me devolvería al lugar del que había huido, pero, por suerte, me encontró un ojisan2 (señor), que me socorrió cuando estaba casi congelada y me llevó a su casa, cerca de un pantano.

Pensé que sería otro hombre dispuesto a abusar de mí, a esas alturas de mi deprimente vida; quizá ya ni siquiera me habría importado, pero, por el contrario, me acogió sin hacer preguntas.

Después de unos días comprendí que era un sennin3, un sabio ermitaño, un hombre dedicado a la contemplación de la naturaleza y a la fabricación artesanal de katanas4 tan famosas que hombres ricos venían de todo el mundo para comprar aquellas hojas.

Además de ser un excelente herrero, también era un maestro de varias artes marciales, y fue con él con quien aprendí a luchar y a defenderme, incluso utilizando las técnicas del ninjutsu5 y sus dieciocho disciplinas, conocidas como ninja jūhakkei6.

Pero lo que realmente me fascinó fue descubrir que Fujita-sama era un practicante de magia.

Era un onmyōji7, es decir, un maestro en el arte de la magia y la adivinación, y podía convocar y controlar un shikigami8, espíritus invocados para servir y proteger a un onmyōji.

Su colección de libros y antiguos pergaminos japoneses y chinos era digna de una gran biblioteca.

Cuando mostré curiosidad por aprender aquel arte, no me reprendió ni me ignoró. Al contrario, intentó comprender mi interés.

—El destino te ha traído hasta mí. Si el deseo de tu corazón es el conocimiento, te lo daré —dijo mientras tomábamos té, arrodillados el uno frente al otro—.

Pero recuerda: a veces la ignorancia puede ser una bendición y el conocimiento, una maldición.

Buscas comprender cosas que están más allá del mundo mundano, y eso tiene un precio muy alto.

—Deseo aprender, sensei —pedí, apoyando la cabeza sobre la estera en una profunda reverencia.

Aun así, no accedió de inmediato a mi petición.

No sabía exactamente el motivo, pero quizá me consideraba demasiado joven para tomar una decisión como aquella.

Sin embargo, lo que él no sabía era que yo había envejecido años en mi interior después de todo lo que había vivido, y que mi edad física era solamente un detalle.

Un año después de instalarme en su residencia, un hombre enviado por la Yakuza, la organización que administraba la «casa de placer», me encontró.

Por aquel entonces, habían pagado una enorme suma por mí y solo me liberarían después de que saldara mi deuda, algo que jamás sucedería.

Mi maestro no estaba en casa; había ido al pantano a buscar gusanos e insectos con los que practicaba su arte arcano.

Cuando regresó, encontró al hombre de la Yakuza muerto en el terreno situado frente a su residencia, con una wakisashi9 clavada en el cuello.

Le conté lo que había ocurrido, quién era aquel hombre y quién lo había enviado.

Fue entonces cuando entré en detalles sobre los abusos cometidos por mi padre y el odio que ardía en mi pecho.

No tenía motivos para mentir; fui sincera, con toda mi alma, pues con él, que me había ayudado cuando más lo necesitaba, sería siempre transparente.

Mi sensei se limitó a asentir con la cabeza y, sin hacer más preguntas, me ayudó a enterrar el cuerpo.

Cuando terminamos nuestra tarea sucia y clandestina, me preguntó qué deseaba.

Si quería, me daría algunas de las hojas que había forjado y que valían una pequeña fortuna; con ellas podría comenzar una nueva vida en alguna ciudad grande.

Pero, si optaba por quedarme con él, mi camino sería el de las tinieblas, sometida a un riguroso entrenamiento tanto físico como mental.

—Decide ahora, Yumi-chan —ordenó sin mostrar el menor sentimiento.

—Quiero ser una Miko10 —respondí con convicción—. Quiero aprender a invocar un shikigami, en especial un inugami11.

—¿Eres consciente de lo que me estás pidiendo, niña? —preguntó con impasibilidad—. ¿Comprendes los riesgos de esta arte arcana? Si tu alma no es lo bastante fuerte, el inugami puede volverse contra ti y devorar tu espíritu. Tú le pertenecerás a él; sus deseos serán los tuyos.

—Necesito ser fuerte para enfrentarme al mundo. No puedo esconderme aquí para siempre —murmuré, temiendo parecer ingrata—. Tengo viejas deudas que saldar.

Fujita-sama apenas asintió con la cabeza y no dijo nada más. A partir de aquel día, mi entrenamiento se intensificó, no solo el físico, sino principalmente el mental. Me enseñó meditación, técnicas del Kuji-Kiri12 y del Kobudera13 (entrenamiento de la mente).

Los intensos días de aprendizaje también estrecharon nuestros lazos, y él fue lo más parecido a un padre que tuve.

Me entregó su tiempo y sus conocimientos a cambio de nada, me alimentó cuando tenía hambre, me instruyó cuando estaba perdida, nunca intentó aprovecharse de mí, siempre me trató con respeto, aunque era duro y exigente con mi entrenamiento y, aun cuando intenté seducirlo después de dos años viviendo con él, Fujita-sama me rechazó educadamente.

Durante cinco años permanecí a su lado, hasta que, en una noche sin luna, cuando el frío viento que anunciaba la proximidad del invierno aullaba sin cesar, me inició como Miko, enseñándome a invocar un inugami.

Este representaba el paso más arriesgado de mi entrenamiento. Podía ser lo bastante fuerte para dominar la técnica o fracasar y quedar perdida para el resto de mi vida.

El ritual había comenzado días antes, cuando me obligó a enterrar en el pantano a un perro que tenía en su propiedad, al que yo había tomado cariño, pues lo había criado desde que era un cachorro.

Siguiendo sus instrucciones, dejé únicamente el cuello fuera y durante dos días no le di de comer, del mismo modo que tampoco nos alimentamos mi sensei y yo.

Soportar el hambre y el frío era algo habitual en mi entrenamiento, por lo que el frío glacial del pantano no me afectaba, incluso llevando el conjunto negro de quimono, que consistía en unas botas de tela con suela de goma y unos pantalones de algodón propios de aquella prenda, sujetos a la altura de la cintura por una faja negra.

Cuando el animal hambriento estaba al borde de la muerte por inanición, continué torturándolo, ofreciéndole comida, pero sin permitir que el pobre perro pudiera alcanzarla.

Durante el proceso, mi maestro me hizo entonar maldiciones y mantras, además de hablar con el perro, diciéndole que su sufrimiento no era mayor que el mío.

Cuando el sentimiento de piedad por el desdichado animal se apoderaba de mí y me hacía pensar en abandonar, recordaba a mi padre y el odio volvía a arder con fuerza en mi alma.

Fujita-sama también era un Inugami-mochi, poseedor de un dios-perro, un hechicero que había tenido la fuerza suficiente para dominar la magia sin ser dominado por ella.

Después de horas murmurando, me situé detrás del animal con una katana, dejando la comida cerca de su mandíbula.

El desdichado, desesperado por el hambre ante la comida y concentrado en alcanzarla, fue decapitado por mí de un solo golpe.

Su cabeza saltó y atrapó la comida entre las convulsiones de la muerte.

Estaba tan concentrada en mi tarea que reprimía mis sentimientos, negando la compasión que había en mi alma. Llevamos la cabeza hasta una hoguera, donde fue incinerada; los huesos fueron colocados en una urna y entonces venerados en medio de una nueva cantinela.

Mi mente parecía nublarse con sonidos e imágenes desconocidos mientras escuchaba cantar a Fujita-sama. Era consciente de todo, pero, al mismo tiempo, ya no parecía ser yo misma. De repente, solté un largo aullido y me desmayé. Cuando desperté, mi maestro estaba sentado a mi lado.

—Ahora tú también eres una Inugami-mochi.

El espíritu del animal se ha apoderado de ti.

Te dará fuerza, pero también te consumirá con un hambre que nunca será saciada, y si no consigues controlarlo, él te controlará a ti y podrá destruirte —explicó—.

Ahora eres una Miko y tienes el poder de destruir a tus enemigos.

Ya había amanecido y una luz difusa se filtraba sobre el pantano.

El sonido, los colores, los olores, todo parecía diferente, como si mis sentidos se hubieran agudizado.

Parecía que podía distinguir los cristales de hielo que se habían formado durante la noche sobre las hojas de los árboles y la hierba.

—Yumi-chan, ya no hay nada más que pueda enseñarte. Eres joven y debes regresar al mundo —afirmó, mientras me tendía un juego de katana y wakisashi que había estado llevando consigo—. Esto es un regalo. Puedes utilizarlo como quieras, incluso venderlo para ganarte la vida.

Pensé en suplicarle que me dejara quedarme, pero ya lo conocía demasiado bien; una vez que tomaba una decisión, nunca se echaba atrás.