CAPÍTULO 27
Naomi
La llamada de Jonás durante la madrugada me asustó. Roberto, Salvatore y los hombres que me habían secuestrado habían sido asesinados dentro de la comisaría.
Al ver mi reacción, Daniel me quitó el móvil de la mano, pues yo estaba conmocionada. Nunca había amado a Roberto, pero jamás había deseado su muerte.
La asesina era Yumi, me dijo Daniel después de colgar. Había irrumpido en la celda y solo había perdonado la vida a Jonás.
Dos días después, tras los trámites burocráticos, enterraron a mi exmarido en el panteón familiar. Sentí las miradas resentidas de los familiares de Roberto durante la ceremonia: primos, tíos y otros parientes, ya que él ya no tenía padres y era hijo único.
Pero la verdad era que ninguno de ellos sabía lo miserable que había sido mi vida a su lado, al tener que convivir con su infidelidad y su falta de afecto.
Jamás permití abusos psicológicos ni chantajes emocionales, pero era una mujer afectivamente incompleta. Aunque durante los primeros meses había intentado que nuestro matrimonio funcionara, por su parte nunca hubo ningún esfuerzo.
Ya desde las primeras noches comprendí que él solo me veía como un objeto sexual, sin importarle mis sentimientos. En mí veía únicamente una oportunidad de negocio para él y su familia, y una posibilidad de obtener poder.
¿Cómo podía formar una familia con un hombre al que no amaba y que tampoco se esforzaba para que aquello sucediera?
Y, con el paso de los años, el hecho de que mi padre no confiara en él para que formara parte de la Yakuza hizo que se sintiera aún más resentido. Tal vez todo aquello lo llevó a buscar apoyo en la mafia italiana, que lo vio como un eslabón débil de la familia que podía ser explotado.
En cualquier caso, no me sentía culpable. Él había elegido el camino que lo había llevado a la muerte. Lo que yo había deseado para él era justicia, no la muerte, pero podían juzgarme por no sufrir.
Daniel, a mi lado, era una presencia reconfortante y, cuando terminó la ceremonia, me acerqué a su panteón.
—Namu Amida Butsu —murmuré la oración.
Que encontrara la paz que no había tenido en vida.
DANIEL
Después del ataque de Yumi a la comisaría para asesinar a Roberto, Salvatore y otros cuatro maleantes, parecía que se había evaporado, a pesar de los esfuerzos de Jonás por intentar encontrarla.
Al menos había recibido una buena noticia del hacker Microchip, a quien había enviado el IMEI del teléfono móvil incautado al maleante contratado para matar a Naomi, además de todo lo que había conseguido averiguar con la ayuda de Jonás.
Cruzando la información que había investigado a fondo, combinada con la de los teléfonos móviles de Salvatori Comazzi y Roberto Shingi, además de los movimientos financieros de todos ellos, finalmente había conseguido localizar a los tres miembros de la mafia italiana, Matei, Antonino y Silvio, responsables del atentado contra Seiji Asano.
Roberto era solamente un peón en el tablero, al igual que Comazzi, cuyo papel había sido únicamente el de intermediario.
Ahora sabíamos quiénes eran los supuestos principales autores intelectuales y yo ya me preparaba para irrumpir en la finca donde aquellos mafiosos estaban escondidos cuando recibí una llamada del comisario, avisándome de que iba a pasar por la mansión Asano para recogerme.
Llegó en un todoterreno policial sin distintivos y, extrañamente, no venía acompañado de ningún otro policía.
—Sube —pidió sin bajar del coche, cuando fui a recibirlo a la puerta de la mansión.
—¿Adónde vamos? —pregunté, algo desconfiada, pero sentándome en el asiento del acompañante.
—Ya lo verás —respondió, manteniendo la atención en el volante, sumido en un mutismo absoluto.
Durante el trayecto sentí que estaba confundido, sometido a violentas emociones que no pasaban desapercibidas para alguien entrenado como yo, por eso no hice más preguntas.
Salimos de la ciudad y, en lugar de la selva de asfalto, ahora veía plantaciones de caña de azúcar y otros cultivos, además de pastos con ganado.
Después de dos horas recorriendo una de las principales carreteras del estado, entramos en una carretera secundaria asfaltada y avanzamos unos cincuenta kilómetros más.
Tomamos un camino de tierra y, después de otros veinte kilómetros, nos detuvimos frente a una puerta de madera con el nombre «Finca Boaventura».
Jonás me miró de reojo mientras un policía militar nos franqueaba el paso al vehículo después de ver la placa de mi acompañante.
Me mantuve impasible. Conocía el nombre del lugar; era la finca que yo pretendía asaltar durante la madrugada. Al parecer, la policía había descubierto el escondite de los italianos antes que yo.
Tomamos un pequeño camino pavimentado con piedras y enseguida llegamos a la casa principal de la finca, una gran mansión de dos plantas rodeada de altas palmeras. Al lado había una piscina olímpica, además de pistas de fútbol y de tenis.
El nombre no era ninguna coincidencia, pues ya había estudiado el lugar a través de las fotografías descargadas mediante una aplicación de mapas.
Aparcamos el vehículo junto a varios coches patrulla de la Policía Militar, la Policía Civil, la policía científica y el Instituto de Medicina Legal.
Los forenses recorrían el lugar atareados, mientras los empleados del IML (Instituto Médico-Legal)[112] esperaban junto a varias bolsas negras utilizadas para recoger cadáveres.
Entramos en el edificio y solo mi entrenamiento consiguió que no mostrara mi sorpresa y mi conmoción.
Había cuerpos esparcidos por toda la gran sala de doble altura, la mayoría desmembrados.
La sangre se extendía por el suelo de madera y teñía las paredes blancas y los muebles.
Junto a los cuerpos, había armas de diversos calibres esparcidas por todas partes.
—Solo en esta sala los forenses han determinado que hay diez cuerpos —dijo finalmente Jonás, mirándome fijamente.
—¿Crees que he sido yo? —pregunté, sosteniendo su mirada.
—Por ahora solo necesito que hagas el reconocimiento.
Hizo un gesto y subimos por una escalera hasta la planta superior, donde encontramos más cuerpos desmembrados en el pasillo, hasta que entramos en una suite.
Cinco hombres yacían en el suelo, con sus cabezas decapitadas sobre una cómoda de madera. Un forense buscaba huellas dactilares en las paredes y los muebles manchados de sangre, mientras otro fotografiaba la carnicería.
—¿Reconoces a alguno de ellos? —preguntó, pidiendo a los dos forenses que salieran de la habitación por un momento.
—Sí, tres son miembros de la 'Ndrangheta —respondí después de que los policías salieran. A pesar de la sangre, los reconocí por las fotografías que Microchip me había proporcionado—. Probablemente sean los hombres que ordenaron el ataque contra Seiji Asano. A los otros dos no los conozco.
—Son miembros de una organización criminal brasileña —informó, señalando con un gesto las cabezas.
Entonces era verdad, la mafia italiana no estaba sola en aquello. Con la unión de dos mafias y una organización nacional, las actividades de tráfico que planeaban tendrían una fuerza extraordinaria.
—Estos son los autores intelectuales, ya lo he entendido, pero ¿y los cinco pistoleros que atacaron a Seiji Asano? —pregunté, refiriéndome a los hombres que Salvatore Comazzi había entregado después de que le arrancara aquella información.
—Sus cuerpos desmembrados están en la planta baja —respondió con una mueca.
—Son heridas mortales bastante específicas, cortes perfectos —observé.
—¿Yumi?
—¿Por el estado de los cuerpos? —reflexioné mientras analizaba la escena—. Solo el dominio del uso de una hoja japonesa podría haberlos causado. Yo diría que sí, o alguien tan bien entrenado como ella.
—Tú no tienes nada que ver con esto, ¿verdad? —Por un momento percibí su desconfianza.
—No. Si quisiera matarlos, ¿por qué iba a colaborar proporcionándote información? —devolví la pregunta, aunque era una verdad a medias, pues no le había contado todo lo que había descubierto hasta ese momento.
Mi intención con el plan de visitar la finca durante la madrugada siguiente era confirmar si los italianos se encontraban realmente allí y, si era posible, capturar a uno de ellos para obligarlo a denunciar a sus compañeros ante la policía.
Y, aunque las circunstancias me obligaran a defenderme, jamás habría provocado un baño de sangre tan grotesco.
Yumi estaba claramente fuera de control. Nunca había sido muy estable, aunque durante el tiempo que estuvimos juntos había llevado una vida más ordenada.
—Ven, salgamos de aquí —me invitó a acompañarlo.
Volvimos al coche y nos quedamos de pie fuera, observando cómo los hombres del IML entraban en la casa con sus bolsas negras.
—Cuando esto llegue a la prensa, será un infierno —murmuró el policía.
Guardé silencio. ¿Qué podía decir? Yo mismo había estado decidido a cometer asesinatos para vengar a Seiji Asano; solo había abandonado ese camino por Naomi.
—Quiero entender quién es Yumi —suspiró Jonás, volviendo a mirarme.
Sentí de nuevo su conflicto interno y decidí ayudarlo.
—Es una ninja —respondí, sin saber a ciencia cierta cuál sería su reacción.
—Espera un momento, otra vez con esa historia de las ninja, los famosos personajes de las películas de serie B de los años noventa —rio Jonás—. ¡Esto es serio!
—Occidente ha tergiversado lo que es una ninja. En realidad, se originó en el Japón medieval. Era algo parecido a un agente secreto, un espía eficiente que utilizaba trucos y armas específicas para cumplir sus misiones —expliqué, encontrando dificultades para dar con las palabras adecuadas.
—Pero ¿existen de verdad? ¿Hablas en serio? —dudó el policía.
—Existen, aunque no tienen nada que ver con algunas escuelas que dicen enseñar ninjutsu, incluso aquí en Brasil —continué—. Hay pocos maestros verdaderos y son muy pocos los capaces de someterse al intenso entrenamiento físico y mental que se exige para convertirse en uno.
—¿Y Yumi es una ninja?