CAPÍTULO 26 #2
—Y yo estoy orgulloso de formar parte de ella.
—Creo que he perdido un poco la cabeza. Será mejor que me quede en el coche con los guardaespaldas; no quiero volver a ver la cara de ese maldito asesino —gruñó, alejándose con pasos lentos hacia los guardaespaldas.
Lo observé entrar en el coche y caminé de regreso al interior del edificio.
Sería capaz de irrumpir en aquella comisaría y matar a los hombres responsables de la muerte de mi padre adoptivo, pero lo complicado sería torturarlos para que dijeran lo que sabían; incluso con las técnicas que Musashi me había enseñado, no era un proceso fácil ni rápido.
Sin embargo, ¿realmente deseaba seguir ese camino?
El juramento que le había hecho a Naomi me ardía en el alma. Debía creer en su esperanza de que se hiciera justicia.
NAOMI
Encaré a Roberto con aire desafiante y él me devolvió una mirada burlona.
Jonás había accedido a mi petición de dejarme a solas con mi exmarido, avisándome de que permanecería al otro lado de la puerta.
—¿Cómo pudiste hacerlo? —pregunté.
—La culpa es tuya y de tu padre. Si me hubierais dado el valor que merecía... —se encogió de hombros.
—Puede que no te haya amado, pero siempre te respeté —¿serviría de algo que lo supiera?—. Durante todos estos años fui la esposa que la mafia me pidió que fuera, honrando al hombre que estaba a mi lado: ¡tú!
—Hasta que volvió ese maldito gaijin —me interrumpió, irritado—. Entonces no te lo pensaste dos veces antes de separarte de mí.
—¡Planeaste la muerte de mi padre! —exclamé, exasperada.
Todavía no podía creer que hubiera sido capaz de semejante crueldad.
Nuestros padres eran amigos, mi padre lo había visto crecer y había planeado nuestro matrimonio desde que yo era una niña, considerando que su familia era honorable.
¿Cómo pudo echar por tierra todo el respeto que nuestras familias se tenían?
—No tengo nada que decir. Solo hablaré con mis abogados.
—¿Quién más está detrás de todo esto? —pregunté, levantándome y acercándome a la silla en la que estaba sentado, con las manos esposadas a la espalda.
—Ya te lo he dicho, solo hablo con mis abogados —respondió, desviando la mirada.
No había nada más que hacer. Roberto no confesaría sus crímenes ante mí. De aquella conversación solo me quedaba la certeza de que durante todo aquel tiempo había estado durmiendo con el enemigo. Sentí asco de mí misma, y aún más de él, por haberse rebajado hasta algo tan ruin.
—Comisario —llamé al comisario, que abrió la puerta de inmediato—. Ya hemos terminado.
Hizo una señal a dos investigadores, que se llevaron a Roberto, quien no volvió a mirarme, ni tampoco a Daniel, que permanecía junto a la puerta esperándonos.
—Arigatou gozaimashita (muchas gracias), Jonás-san —agradecí con una discreta reverencia.
—La que te las da soy yo, Naomi.
—Ahora tenemos que localizar a Matei, Antonino y Silvio —afirmó Daniel.
—Gracias a la información que nos habéis proporcionado hemos conseguido identificarlos —completó el comisario—. Es cuestión de tiempo que los localicemos.
Daniel me había contado que había conseguido información de Salvatore, aunque no me había dicho cómo, y que también le había ayudado un hacker. Después le había entregado a Jonás todo lo que había conseguido.
—Pronto todo esto habrá terminado —me tranquilizó Jonás.
—Eso espero, doctor —intentaba no darme por vencida, aunque la decepción que me había causado Roberto era una de las mayores que había sentido en mi vida—. Hasta pronto —me despedí del comisario y, en compañía de Daniel y Ryu, regresamos a casa.
Tía Sumiko estaba horrorizada por la detención de Roberto y mi hermano, indignado. Me costó convencerlo de que no necesitábamos venganza, sino justicia.
En cuanto a mí, lo que más deseaba era reconstruir mi vida junto al hombre que amaba.
Jonás
Apagué el ordenador. Era casi la una de la madrugada y la comisaría estaba en silencio, con tan solo el equipo del turno nocturno.
Al amanecer, los detenidos serían trasladados a centros penitenciarios: los delincuentes «pobres», al CDP (centro de detención) de Pinheiros; los dos «ricos», a centros donde hubiera un ala especial para extranjeros y reclusos con estudios universitarios, otra incongruencia de la ley.
Decidí visitar las celdas para intentar, una vez más, ofrecer un acuerdo. Los detenidos estaban separados: los cuatro delincuentes juntos en una celda, Salvatore y Roberto en otras dos, por separado.
Me detuve frente a la celda de Roberto, que estaba tendido en el catre de hormigón.
—¡Despierta! —golpeé los barrotes con fuerza.
—Déjame dormir —se quejó sin levantarse.
—Tu situación es complicada —comencé, ignorando su falta de respeto—. Tenemos pruebas suficientes de tu implicación en la muerte de Seiji y en el intento de asesinato de Naomi.
—¡No tengo nada que decir!
—¿Crees que los jefes de la mafia italiana te dejarán con vida? ¿Arriesgándose a que decidas colaborar? —insistí.
—No tengo nada que decir —repitió, pero percibí que titubeaba.
—Sabemos que contrataste a Yumi, que la conociste en la cena que ofreció tu exmujer en honor a Toshiro Mitsunae —observé cómo se removía inquieto en el catre.
—Comisario —oí que me llamaba Salvatore. Fui hasta la celda contigua; estaba de pie, agarrado a los barrotes.
—¿Quieres hablar? —pregunté—. Quien hable primero conseguirá el mejor acuerdo.
—¿Cómo está tu madre? Doña Ângela, ¿verdad? —preguntó con una sonrisa irónica.