CAPÍTULO 26
Naomi
Aunque siempre había preferido trabajar en la mansión y quizá hubiera sido más prudente no salir de casa para nada más, decidí que era mejor ir a la oficina de la sede del holding.
Daniel hizo todo lo posible por convencerme de que no fuera, pero sentía que necesitaba demostrar a los empleados, consejeros y directivos, que probablemente estaban al tanto de lo ocurrido, que no temía un nuevo ataque. El valor era una de las virtudes exigidas a un oyabun.
Al final de la tarde, estaba lista para marcharme. Había tenido que trabajar en la sala de conferencias debido al estado en que Yumi había dejado la de presidencia. Terminé de guardar el notebook en el bolso y me di cuenta de que Daniel estaba hablando por teléfono con alguien.
—¿Nos vamos? —pregunté cuando colgó.
—Sí —respondió, caminando a mi lado hasta el ascensor. Llevábamos con nosotros a dos guardaespaldas.
Poco después ya circulábamos por las calles de la ciudad. Por más que intentara relajarme, me sentía tensa con toda aquella situación.
—Jonás me ha llamado, quiere que declares —comenzó—. Solo así el juez concederá la orden de detención contra Roberto.
—Dani, no lo sé —respondí indecisa—. No quería involucrarme oficialmente con la policía —le conté el acuerdo al que había llegado con el comisario.
—Ahora no hay opción. Tú me dijiste que confiara en la Justicia —tenía razón. ¿Cómo podía pedirle que confiara en la ley si yo no estaba dispuesta a hacer lo mismo?
—Tienes razón. Dos pesos y dos medidas. No ocurrirá nada bueno si yo no hago mi parte —apoyé la cabeza sobre su hombro y él me abrazó, acogiéndome como a una muchacha asustada—. Mañana por la mañana iremos a la comisaría.
—Hay algo más —Daniel parecía preocupado y dudó un momento antes de continuar—. Jonás ha dicho que Roberto está implicado. Tu exmarido fue quien dio la orden a Yumi para que fuera a la oficina.
Me quedé muda y sentí un escalofrío recorrerme la columna.
¿Cómo era posible? Roberto siempre había sido ambicioso, incluso desleal durante nuestro matrimonio.
Sabía que su deseo era formar parte del consejo como miembro de la Yakuza, algo que mi padre había vetado, pero ¿convertirse en el responsable de ordenar mi muerte?
—¿Cómo ha podido hacer algo así? —murmuré, incrédula.
—El comisario cree que estaba confabulado con la 'Ndrangheta y Salvatore Comazzi —continuó, sosteniendo mis manos entre las suyas—. Tiene todo el sentido. Lo fotografié entrando en el hotel del italiano el día del ataque.
—Ryu se pondrá furioso cuando lo sepa —advertí—. Eran amigos.
—Jonás nos ha pedido que mantengamos el secreto, por ahora —aconsejó.
—Claro, claro —asentí, todavía sin saber qué pensar sobre el hecho de que el hombre con quien había compartido mi cama durante los últimos diez años hubiera ordenado mi muerte.
—No te preocupes, todo saldrá bien y estaré contigo durante todo el tiempo —prometió, inclinándose hacia mí y besándome largamente.
Pasé una noche en vela pensando en lo que había descubierto, pero al menos estaba acurrucada en el calor del cuerpo de Daniel.
Al amanecer, después de desayunar, nos dirigimos a la comisaría, después de que Daniel avisara al comisario de que había aceptado prestar declaración.
Jonás nos recibió cordialmente en su despacho, intentando hacerme sentir lo más cómoda posible, hasta que apareció un secretario judicial; solo entonces comenzamos la declaración.
Me preguntó por Roberto y sus actividades, pero respetó nuestro acuerdo y no mencionó la propuesta de paz con la mafia italiana que uno de los consejeros había hecho por petición de Roberto, a pesar de que yo se lo había contado, ya que aquello podría incriminar al holding Asano.
Él también me mostró fotografías de algunos hombres que Daniel y yo reconocimos como los autores del secuestro que había sufrido. Al cabo de casi tres horas, Jonás se dio por satisfecho.
—Con lo que me has contado y con lo que me ha entregado Daniel, además de las pruebas que hemos conseguido, creo que tenemos suficiente para solicitar la detención de todos —explicó mientras nos acompañaba hasta el aparcamiento—.
Solo os pido que mantengáis la confidencialidad y tengáis cuidado; no estamos enfrentándonos a algo insignificante.
—Claro, seguiremos sus indicaciones —respondí—. Gracias por todo, doctor Jonás —sonreí y rectifiqué—. Jonás-san.
JONÁS
Con la declaración de Naomi, el fiscal y el juez estuvieron de acuerdo con mi solicitud de detención.
Preparé los equipos: uno para detener a Roberto Shingi, otro para Salvatore Comazzi y un tercero para detener a los hombres que habían intentado asesinar a Naomi y a los que Daniel había impedido llevar a cabo su cometido.
Por suerte, mi compañero Hermes se ofreció a prestarme apoyo.
Llamé para avisar a Daniel, al fin y al cabo, había sido gracias a la información que él me había proporcionado que había podido identificar a los integrantes de la 'Ndrangheta, aunque los tres seguían en paradero desconocido.
Junto con mi equipo, llegamos a las seis de la mañana al flat donde Roberto Shingi se había alojado desde que abandonara la mansión Asano y lo sorprendimos todavía durmiendo. Lo mismo ocurrió con Salvatore Comazzi y con los hombres que mi compañero Hermes había detenido.
Todos fueron trasladados a mi comisaría.
Antes incluso de que yo llegara, ya había dos abogados de un prestigioso bufete de abogados penalistas esperándome.
Los interrogué durante horas, pero todos se negaron a hablar; los abogados ya los habían instruido muy bien.
Esa era mi mayor frustración profesional: no importaba qué delito hubieran cometido, por muy atroz que fuera, tenían derecho a negarse a declarar.
También había conseguido una orden de detención contra Yumi, pero estaba desaparecida y una parte de mí se sentía aliviada. Aunque tenía que cumplir la ley, no quería verla entre rejas.
Al final de la noche estaba cansado y frustrado.
Contaba con que Roberto o Salvatore decidieran colaborar.
Les había ofrecido un acuerdo de colaboración con la justicia a cambio de una reducción de condena, pero sin éxito; ambos se mostraban inflexibles.
Y los otros hombres que habían secuestrado a Naomi en el restaurante, aunque hubieran querido hablar, no sabían nada relevante, ya que los únicos contactos que habían mantenido habían sido por teléfono.
DANIEL
Con la información de que disponía la policía, Roberto, Salvatore Comazzi y los hombres que habían intentado secuestrar a Naomi fueron detenidos.
Jonás nos buscó para avisarnos de que sería necesario un nuevo interrogatorio y acompañé a Naomi hasta la comisaría. Esta vez, Ryu insistió en venir también, pues con la detención de Roberto resultaba difícil mantener en secreto su situación; solo intentábamos ser discretos respecto al motivo.
Al principio no se lo creyó; después se culpó por no haber percibido nunca que tenían a un delincuente bajo el mismo techo que ellos y pasó a un estado de ira, pidiendo a Naomi que le autorizara a matarlo.
Sentí compasión por mi antiguo amigo, a quien en el pasado había querido como a un hermano. En ese momento también comenzó a culparse por la muerte de su padre, aunque Naomi y yo afirmábamos que él no tenía la culpa, que Roberto había engañado a todos.
Después del interrogatorio, Naomi pidió hablar con su exmarido, petición que Jonás aceptó, y aguardamos en la sala mientras los investigadores iban a buscar a Roberto Shingi.
Minutos después entró en el lugar, esposado, con las manos a la espalda, bajo la escolta de los policías. Recorrió el ambiente con la mirada y se fijó en Naomi, pero de repente Ryu se levantó bruscamente y avanzó hacia él con un grito de odio.
—¡Asesino!
Había presentido su ataque y me interpuse entre él y su excuñado, sujetándolo con una llave de brazo bajo la mirada atónita de los policías y del comisario, que también se levantó del sillón situado detrás de su escritorio.
—Tranquilízate, Ryu —murmuré en japonés.
—Katakiushi (venganza), Daniel, debe pagar con sangre por haber causado la muerte de otousan —respondió en la misma lengua—. ¡Tienes que ayudarme a conseguir venganza!
—Tu hermana no quiere venganza, desea justicia —respondí, aunque yo mismo deseaba matar a aquel uragirimono (traidor).
—Daniel, creo que será mejor que saques a Ryu de esta sala —pidió Jonás.
Miré a Naomi, que parecía estar controlada, aunque algo pálida, y ella asintió. Empujé a mi amigo hacia fuera de la sala, mientras los policías hacían sentar a Roberto en una silla y abandonaban el lugar con nosotros.
Fui con él hasta el aparcamiento y nuestros guardaespaldas nos observaban a distancia, atentos.
—¡Tienes que matarlos, Daniel! —volvió a pedir—. ¡A todos ellos, a Roberto y a Salvatore, por lo que hicieron con nuestro padre, y a los demás por lo que iban a hacerle a Naomi!
—Ryu... —intenté calmarlo—. Están bajo custodia policial y seguirán el camino de la ley.
—La justicia de este país es una broma, igual que la policía —gruñó irritado—. ¡Tú puedes hacerlo, sé que puedes!
—¿Qué quieres que haga?
—Lo que te entrenaron para hacer. Otousan siempre decía que te habías convertido en un asesino justiciero —respondió clavando su mirada en mí—. ¡Esos hombres deben morir!
—Lo siento, hermano —era como me refería a él cuando fui a vivir con su familia—. Por mucho que lo desee, le juré a tu hermana que abandonaría el camino del asesino. Demos una oportunidad al comisario y confiemos en las leyes.
Me miró detenidamente durante un momento, como si meditara qué decir a continuación.
—Muy bien, haremos las cosas como quiere mi hermana; al fin y al cabo, ella es nuestra oyabun —decidió encogiéndose de hombros, resignado—. Pero júrame que la protegerás, incluso con el sacrificio de tu propia vida.
—Eso lo haré, independientemente de cualquier juramento —respondí, colocando ambas manos sobre sus hombros para mirarlo a los ojos.
—Gracias. Eres un buen otouto (hermano menor); estoy orgulloso de tenerte en nuestra familia.