CONTRATO CON LA MAFIA CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

Naomi

Todavía asustada e impresionada por todo lo que había sucedido, tenía la sensación de que podía estallar por dentro en cualquier momento.

Me parecía que, fuera cual fuese el lugar donde intentáramos escondernos, estaríamos siendo vigilados.

Por innumerables motivos distintos tenía varios enemigos: Yumi, ya no solo por causa de Daniel, sino porque alguien la había contratado, probablemente la 'Ndrangheta y la facción criminal brasileña, interesadas en utilizarnos, además de la propia Yakuza, que a esas alturas ya conocía mis planes de desmantelar los negocios ilícitos.

Daniel podía intentar llevarme a cualquier lugar y yo seguiría siendo un objetivo, y lo peor era que también pondría su vida en peligro.

—¡Tienes que alejarte de mí en este momento, Dani! —le pedí al borde de la desesperación.

No quería que le sucediera nada malo a él, ni a la tía Sumiko, ni siquiera a Ryu. Jamás podría seguir adelante cargando con un peso semejante sobre mis hombros. Nadie tenía que pagar por mis decisiones y, por muy correctas que pudieran ser, solo yo tendría que asumir sus consecuencias.

—¡Nunca! —respondió rápido y tajante, después de encerrarnos en el dormitorio.

Daniel ya había dado órdenes para que Roberto no volviera a tener acceso a la mansión. Sus pertenencias le serían entregadas al día siguiente por alguno de los empleados de confianza, y los que eran empleados nuevos también fueron despedidos.

—No quiero que te ocurra nada malo —lo abracé con fuerza y sentí el calor de su cuerpo invadir el mío.

—Jamás te dejaré sola, Na —me correspondió con un casto beso en los labios—.

Pasaremos por esto juntos. A mi lado tendrás más posibilidades de sobrevivir.

El comisario Jonás ha dejado un equipo vigilando la mansión.

Por ahora estamos a salvo, pero tenemos que prepararnos para lo que venga.

Si han llegado hasta este punto, estoy seguro de que no se rendirán tan fácilmente.

Recordé todo lo que me había contado sobre lo que había hecho durante los últimos años. Justiciero o mercenario, no había diferencia: no le correspondía a él decidir sobre una vida.

—Daniel, quiero que me prometas una cosa —pedí, sosteniendo sus manos.

—Lo que quieras —respondió sin apartar la mirada de la mía.

—Se acabaron las muertes —murmuré—. Tenemos que confiar en las leyes y en la justicia. Por favor, júrame que no recurriremos a este tipo de venganza.

—Naomi, a veces no depende de mí...

—Lo sé, no te estoy pidiendo que te dejes asesinar —lo interrumpí—. Creo que a veces la legítima defensa es necesaria, pero no el asesinato premeditado. Se acabaron las muertes y la sangre en tus manos —pedí mientras lo besaba.

Permaneció en silencio durante unos instantes, meditando mi petición. Lo conocía demasiado bien: si hacía un juramento, preferiría abrirse el vientre en el ritual del seppuku antes que romper una promesa hecha.

—Lo juro —dijo finalmente, y sentí un alivio en el alma—. No mataré, a menos que no haya alternativa. Intentaré seguir un camino en el que no ponga la justicia de los hombres en mis manos.

Tomé su rostro entre mis manos y besé sus labios para sellar el juramento.

—Gracias —susurré cuando nos separamos.

DANIEL

Mi promesa no era vana. Había jurado protegerla, y lo haría, intentando no matar a nadie por el camino. Sería difícil, pero estaba dispuesto a empezar de nuevo, no solo con ella, sino también con mi propia vida.

La dejé en el dormitorio preparándose para darse una ducha y bajé para comprobar que el sistema de seguridad de la mansión estuviera activo y que los guardias armados permanecieran atentos a todo.

Aproveché para pedirle a la cocinera que preparara una cena ligera para que pudiéramos cenar en el dormitorio, pero la tía Sumiko había decidido ofrecernos ella misma una ración de sushi.

Mientras la observaba moldear hábilmente el gohan[107] para preparar los nigiris[108], recordé mi juventud en aquella casa.

Si había querido a Seiji-sama como a un padre, obasan, para mí, había sido como una madre.

Aquella pequeña dama japonesa, de una fortaleza y un valor insuperables, me había enseñado mucho sobre el giri (la obligación de estar agradecido), el honor y el código del bushido.

Cuando estaba triste y echaba de menos a mi difunta madre, o tenía dudas sobre mi decisión de entrar en la Yakuza, era en aquella cocina donde me refugiaba.

—¿Qué le preocupa, Daniel-san? —preguntó mientras colocaba los pequeños platos de laca negra en la bandeja.

—Que no consiga proteger a Naomi —respondí de inmediato. Obasan siempre había tenido esa manera maternal de percibir mis emociones y, a pesar de todo mi entrenamiento para ocultarlas, todavía lo conseguía—. Ella lo es todo para mí, siempre lo ha sido.

Le conté lo sucedido durante el ataque de Yumi y cómo casi había sido derrotado a causa de la droga que había utilizado, mi desesperación ante la posibilidad de no haber conseguido salvarla y la culpa que sentía, ya que la mercenaria formaba parte de mi pasado no demasiado lejano.

—No seas tan duro contigo mismo, Daniel. Tu presencia en nuestras vidas es un regalo y sé que estás haciendo todo lo posible para proteger a nuestra Naomi-chan.

—Lo he intentado, obasan, pero Naomi... ella es prácticamente mi vida.

—Confía en ti mismo, confía en tu capacidad y, sobre todo, confía en la katana que ella te dio —continuó sin apartar la atención, ahora de la esterilla de bambú que utilizaba para enrollar los sushis—.

Puede que no lo creas, pero posee la magia creada por los antepasados Furokawa de Naomi, por eso ha pasado de generación en generación.

Creemos que esa magia protege a quien la posee.

—¿Magia? —me encantaban las historias de leyendas folclóricas en las que ella creía; mi adolescencia había estado repleta de ellas.

—Daniel-san, un enfermo puede mejorar al tomar un remedio milagroso y este puede no ser más que un placebo —rio—. Nosotros creemos en la magia de las hojas dejadas por nuestros antepasados. Mi hermano y yo tenemos las nuestras, y Naomi tiene las que proceden de su familia.

—¿Puedes contarme más sobre eso?

—Hay quien cree que estas historias son solo leyendas.

Tú eliges en qué quieres creer, pero mi cuñada me habló de ella —comenzó—.

Furokawa, además de armero, era un samurái de renombre al servicio de un daimyō (señor de las tierras) de quien desciende la familia de la madre de Naomi.

En aquella época eran habituales las intrigas políticas en busca de poder.

El Shogunato Tokugawa[109], una dictadura militar feudal, controlaba el país con mano de hierro; cualquier sospecha de deslealtad equivalía a la destrucción de un clan —explicó mientras llenaba una botella de porcelana con sake, después de calentarlo—.

Pues bien, un daimyō vecino urdió un plan para asesinar al señor de Furokawa, falsificando una carta con acusaciones contra el shōgun[110] (comandante del ejército).

La carta en cuestión sería dejada junto al cadáver y podría provocar la destrucción del clan.

Le presté atención. Sus historias siempre encerraban una enseñanza.

—Por suerte, Furokawa se había casado aquel mismo día y, por ser un vasallo leal y querido, su señor lo recibió en el palacio junto con su joven esposa.

No se sabe muy bien cómo ocurrió, pues las historias suelen cambiar o desaparecer con el paso del tiempo, pero Furokawa sorprendió al espía cerca de los aposentos de su señor y ambos lucharon —hizo una pausa, con la mirada perdida en las brumas de un pasado lejano—.

Furokawa estaba a punto de ser derrotado, pues el espía era un ninja, maestro en Kobudera y Kuji-Kiri[111], y utilizó su «magia» para vencer en el combate.

—¿Qué ocurrió, obasan? —pregunté, volviendo a concentrarme en la historia.

—La joven esposa de Furokawa, al escuchar la lucha, por amor y deber, atacó al ninja y sacrificó su propia vida para que su marido venciera —respondió mirándome fijamente—.

Dicen que su alma pasó a dar fuerza a las hojas de la katana y la wakizashi del samurái, y que quien las posee se vuelve invencible en un combate de honor —añadió, dejando en el aire si realmente creía en la leyenda o si no era más que otra historia para entretenerme mientras terminaba de preparar la cena—.

Si crees en ti mismo y en el poder de tu katana, mientras sigas el camino del bien, jamás serás derrotado.

—Domo arigatōgozaimasu —agradecí con todo mi cariño. Durante tanto tiempo había echado de menos sus historias.

—¿Tsukemono iru? (¿quieres verduras encurtidas?) —preguntó mientras abría el frigorífico.

—Hai, sukoshi desu (sí, por favor, un poco) —respondí al verla adornar la fuente con esmero.

—Ah, chotto matte kudasai (solo un momento), este paquete ha llegado por correo esta tarde —explicó mientras me entregaba una pequeña caja de cartón.

—Gracias, obasan —por la dirección del remitente ya sabía de qué se trataba.

Había encargado un minirrastreador personal, camuflado dentro de una pequeña joya con forma de corazón, acompañada de una fina cadena de oro.

Había sido caro; era un dispositivo que utilizaban los mejores servicios de guardaespaldas, pero el dinero no era un problema, yo contaba con buenas reservas económicas gracias a mis trabajos con Musashi y Yumi.

Llevé la cena al dormitorio y dejé la bandeja sobre una mesita auxiliar. Naomi todavía estaba en la ducha y me desnudé rápidamente antes de entrar en el cuarto de baño con la cadenita en la mano.

La mampara de cristal estaba empañada y Naomi estaba apoyada contra la pared con los brazos.

Percibí su inquietud y su miedo; no la culpaba, aquella noche había estado a punto de morir, era la segunda vez desde que había regresado a Brasil, pero su valentía al querer enfrentarse a Yumi únicamente con una wakisashi, aun sabiendo que no era rival para la asesina, demostraba la mujer valiente y de carácter que era, tan parecida a su obasan.