CAPÍTULO 23
DANIEL
Cuando las puertas del ascensor se abrieron, los empleados que trabajaban en aquella planta entraron apresuradamente, dificultándome la salida, señal de que la jornada laboral había terminado.
Caminé hasta el despacho de presidencia.
Había una pequeña antesala con sofás y sillones, además del escritorio de la secretaria ejecutiva, que en aquel momento se despedía de los dos escoltas que estaban sentados en uno de los sofás y que me observaron atentamente, haciendo un gesto de reconocimiento.
—¿Quiere que lo anuncie? —preguntó la solícita secretaria.
—Por favor —pedí. No quería ser inoportuno con Naomi y mucho menos imponerme ante ella, así que esperé mientras anunciaba mi llegada.
—Puede entrar —avisó mientras recogía su bolso, siempre con su tono amable—. Que tenga una buena noche —deseó, dirigiéndose hacia los ascensores después de despedirse de los escoltas.
El despacho de presidencia estaba iluminado por las luces del techo.
A través de los ventanales panorámicos se podía contemplar la iluminación de los edificios de los alrededores con la llegada de la noche.
Naomi estaba sentada en su sillón, detrás de la mesa de trabajo, concentrada en su trabajo, y apartó los ojos de la pantalla del notebook el tiempo suficiente para sonreírme.
—Todavía tengo algunos informes que analizar, ¿te importa esperar? —preguntó sin apartar la mirada, mientras sus dedos tecleaban con agilidad.
—No te preocupes —respondí, acercándome a su mesa, donde una armadura ō-yoroi[95] del siglo XII, junto con las armas blancas katana y wakizashi, estaban dispuestas bajo focos de iluminación.
Conocía aquella pieza; era original y había pertenecido a Seiji-sama. Valía una pequeña fortuna.
Mientras esperaba, pensé en las decisiones que debía tomar.
Estaba claro que Roberto, el marido de Naomi, estaba implicado con los italianos, los mismos que posiblemente eran responsables del asesinato de mi antiguo oyabun.
La gran pregunta era: ¿había sido él quien había urdido todo aquello?
¿O se había unido a ellos después de la muerte de Seiji-sama?
¿Y qué había de Naomi? No teníamos certeza sobre los responsables de su secuestro. ¿Estarían los hechos relacionados? ¿O había molestado a más personas de las que debía con su intento de legalizar los negocios del clan, haciendo que el escenario se volviera más complejo de lo que ya era?
Pensando en Roberto, obasan Sumiko me había contado sobre la conflictiva relación entre la pareja, que Seiji-sama se había sentido decepcionado por su yerno y por eso nunca le había permitido participar en los negocios ilícitos del clan, y que solo le daba libertad para administrar su parte de la sociedad de la empresa que tenía con su padre.
El matrimonio no era más que una conveniencia, pues durante el tiempo en que el padre de Roberto había ejercido el cargo de diputado estatal y después federal, hasta fallecer durante la campaña electoral para el cargo de senador, su influencia política había ayudado al clan a crecer y expandirse sin la interferencia de las autoridades públicas.
Roberto se sentía resentido por aquella exclusión, pero Sumiko me había contado que era demasiado ambicioso, aunque no poseía el perfil que Seiji-sama siempre había buscado para un gran líder empresarial, al igual que Ryu, que lo había decepcionado al involucrarse con las drogas, prefiriendo las fiestas en las discotecas controladas por el clan a dedicarse a los estudios como su hermana.
Aquello le había costado la presidencia y su degradación, quedando al frente únicamente de actividades menos importantes.
La diferencia era que Roberto estaba molesto con su posición y Ryu parecía no preocuparse por nada de aquello.
El sueño de Seiji-sama era crear un zaibatsu[96], un círculo financiero siguiendo el modelo de los que habían existido en Japón antes de la Segunda Guerra Mundial, con una holding familiar que controlara los negocios, y había visto en Naomi la oportunidad de hacerlo realidad, pues, desde mi partida a causa del matrimonio, su vida se había transformado en una ardua dedicación a los estudios y al trabajo, comenzando desde muy joven a ayudar a su padre a administrar los innumerables negocios de la familia.
—Fue la mejor alumna de su promoción en la carrera de Administración de la Fundación Getulio Vargas[97].
Naomi siempre quiso destacar y eligió la mejor institución educativa para conseguirlo.
No satisfecha con eso, enlazó con un máster y acaba de terminar el doctorado, aplicando siempre sus tesis a la gestión de las empresas Asano.
Mi sobrina se convirtió en una ejecutiva extraordinaria y esa fue su única dedicación en la vida, casi como una obsesión —me había explicado Sumiko—.
Desgraciadamente, todo aquello fue para olvidar su matrimonio infeliz y tu partida.
Cuando obasan me contó todo aquello, me sentí fatal. Creía que solo yo había convivido con el intenso dolor de nuestra separación, pero Naomi había sufrido tanto o incluso más, pues se había visto obligada a aceptar un matrimonio.
Ahora, mientras la observaba de reojo, sentí un inmenso orgullo por ella. Naomi poseía la fortaleza de una verdadera onna-bugeisha, que era una mujer guerrera japonesa.
—Naomi aparentemente convenció a mi hermano de que, a largo plazo, era más ventajoso deshacerse de las actividades ilícitas.
Ese fue uno de los motivos por los que rechazó la propuesta de los italianos, además del hecho de que aborrecía el tráfico de drogas, pero creo que nunca se lo contó a ella —me había explicado Sumiko durante nuestras largas conversaciones.
Ese era el motivo del atentado contra Seiji-sama, de eso no tenía ninguna duda, y sabía la identidad de los tres hombres que controlaban la 'Ndrangheta; solo esperaba localizarlos.
Mis sospechas recaían sobre Roberto. Tenía sentido: la traición sufrida por el oyabun; alguien dentro de la familia que conocía sus movimientos había avisado a los asesinos que lo atacaron.
El hecho de que Salvatore Comazzi, el negociador italiano, hubiera contactado con él para presentar una nueva propuesta no hacía más que aumentar mis sospechas, al igual que su visita después de la discusión con Naomi.
Lo que todavía no tenía claro era si Yumi estaba implicada en el secuestro y, de ser así, si aquellas habían sido acciones aisladas o formaban parte de la misma trama. ¿Acaso el asesinato de Seiji-sama y el secuestro de Naomi formaban parte de un único plan para hacerse con el control del holding?
¿Quién había avisado a los delincuentes de dónde podían encontrarla?
Debían de ser pocas las personas que sabían lo de la cena.
Roberto, por ser su marido, con toda seguridad era una de ellas.
Pero, por lo que obasan me había contado, aquel hombre era un cobarde y no tenía los contactos necesarios para llegar hasta una mercenaria, a menos que hubiera tratado el asunto en la fiesta en honor de Toshiro-sama.
Los italianos, en cambio, sí podrían haber contactado con ella.
Ya había realizado algunos trabajos para la mafia en Italia antes de que estuviéramos juntos.
Y tampoco tenía escrúpulos a la hora de asesinar a inocentes.
Era una lógica y un código de honor deformados; ahora lo comprendía, pues por primera vez me avergonzaba de mis actos.
La noche que había pasado junto a Naomi había hecho resucitar una parte de mi espíritu que consideraba muerta. Las heridas que durante tantos años habían sangrado en mi corazón, infectando mi alma, parecían sanar al lado de la mujer a la que nunca había dejado de amar.
Pero si todavía quería tener alguna oportunidad con ella, necesitaba confesarle mis innumerables crímenes. Mi pequeña guerrera necesitaba saber quién era yo de verdad; le debía esa transparencia, no podía engañarla.
Por eso esperaba a que terminara lo que estaba haciendo para que pudiéramos tener una conversación definitiva.
Naomi
—¿Nos vamos? —pregunté mientras bajaba la pantalla del notebook para guardarlo en el bolso de trabajo, junto con el cargador.
—Na... —Daniel caminó hasta uno de los sofás y se sentó allí, con los brazos apoyados sobre los muslos, cerca de las rodillas, y permaneció en silencio durante unos instantes.
—¿Qué ocurre, Daniel? —caminé hacia él y me senté a su lado.
—He aprovechado algunas horas de esta tarde para visitar la antigua casa en la que vivía —confesó, con una arruga de preocupación y otra de decepción en el rostro.
—¿Has encontrado a alguien de tu familia? —pregunté, interesada en el asunto. Aquella había sido una curiosidad que él jamás había tenido mientras vivía con nosotros, durante su adolescencia.
—No. Me quedé allí un rato, tuve muchos recuerdos de mi madre y sé lo avergonzada que estaría de mí y de la persona en la que me he convertido si todavía estuviera viva.
—Daniel, por favor, no te castigues por eso —le pedí, acariciándole el rostro y sintiendo dentro de mí el conflicto de aquel que ya no era un muchacho—. Han pasado muchas cosas, nuestras experiencias nos cambian.
—Exactamente —bajó la mirada, todavía avergonzado—. Soy el hijo de un italiano de mala calaña, cuyo nombre llevaré conmigo el resto de mi vida.
—Tu nombre lo construirás tú, basándote en tus actos y en tus decisiones, y ese será tu legado.
—Ese es el punto, Na... —comenzó a susurrar—. No sé si me he convertido en alguien mejor de lo que fue mi padre.
Parecía preocupado, como si llevara el peso del mundo sobre los hombros, proyectando un tono sombrío sobre su rostro.
Pensé en cada uno de los secretos que ocultaban sus cicatrices en la piel, en cada delito que posiblemente había cometido para justificar el avance de sus tatuajes y el muro ético que nos separaba, al mismo tiempo que yo, por formar parte de la familia Asano, no podía considerarme mejor que él.