CAPÍTULO 22 #2
Pregunté por el barrio si tenían noticias, pero nadie recordaba a mi padre ni a mi madre.
Quizá había sido mejor así: él, borrado de mi vida para siempre.
Y aquello me hizo volver a pensar en Naomi.
Gracias a ella yo era alguien y había sido amado, aunque ella tuviera una visión tan diferente de lo que estaba bien y lo que estaba mal.
Naomi quería para mí lo mismo que yo siempre había querido para mi padre: que se transformara en alguien mejor.
Horas después, cuando regresé al holding, devolví la motocicleta a un repartidor que ya estaba preocupado.
La jornada laboral se acercaba a su fin y Naomi todavía estaba en su despacho, así que decidí subir para quedarme a su lado, después de cerciorarme de que los escoltas permanecían atentos en recepción.
Había muchas cosas sobre Roberto de las que necesitaba enterarme para garantizar que Naomi estuviera a salvo, y aún más cosas sobre mí que tenía que contarle, para poder quitarme un peso de encima.
JONÁS
Con la fotografía y la información de que Roberto había sido el intermediario de una propuesta criminal para Naomi Asano, solicité al juez una orden de intervención telefónica.
A pesar de los esfuerzos de mi equipo, todavía no habíamos conseguido descubrir la dirección donde se escondían los tres miembros de la mafia italiana. Aunque ya habían sido identificados gracias a la información que Daniel había proporcionado, estaba a la espera de las órdenes de detención.
El teléfono móvil que me había entregado el delincuente responsable del secuestro de Naomi mostraba un número sin identificar. Después de varias investigaciones, conseguimos rastrear a un integrante de una organización criminal brasileña.
La situación estaba clara: la 'Ndrangheta intentaba infiltrarse en la familia Asano con la ayuda de aquella facción criminal. Al ser la Yakuza una organización internacional involucrada en diversas actividades ilícitas, constituía un atajo para sus intereses.
Pero la última pieza ya estaba en su sitio.
Era evidente que no se atreverían a llevar a cabo un golpe de aquella magnitud si no contaban con apoyo interno de los japoneses.
Y ese apoyo había llegado de la mano de Roberto.
Por eso, además de comenzar una vigilancia sobre él, también investigaría a los seis consejeros del clan.
Todavía estaba Yumi. Sus actividades internacionales y su misteriosa permanencia en el país me intrigaban. Había algo en aquella mujer que todavía no sabía explicar; por eso, fueran acertados o equivocados mis motivos, prefería mantenerla bajo vigilancia.
Tenía preparado un sistema de intervención para su teléfono móvil, pero, por el momento, todavía no se había utilizado.
Mi certeza provenía del hecho de que había solicitado un desvío bidireccional para poder escucharlo en tiempo real.
Mi colega de profesión, Hermes Paranhos, me había presentado a Nicolas Stone[94], un agente federal de la división especial que combatía el crimen organizado y que, por ser un ex-Marine, tenía numerosos contactos con agentes de organismos de seguridad estadounidenses, entre ellos la DEA, el FBI y la CIA.
Nick, como prefería que lo llamaran, se había ofrecido a utilizar sus contactos para ayudarme a recabar información sobre la 'Ndrangheta y, sobre todo, sobre Yumi Moori.
Una parte de mí buscaba justicia y verdad; si Yumi era culpable de algo, la detendría.
Otra hacía que me sintiera como una basura por investigarla, porque deseaba con todas mis fuerzas no encontrar nada relacionado con ella.
Aquellos pensamientos me provocaban un gran conflicto interior; pensar en ella estaba debilitando mi objetividad.
Aparté mis pensamientos de ella, porque lo que necesitaba ahora era mantener una conversación con la señora Naomi.
Daniel había dicho que ella quería colaborar, así que, después de llamar al número que él me había proporcionado y concertar un encuentro, salí de mi despacho en dirección al aparcamiento.
Casi dos horas después, tras enfrentarme al intenso tráfico de São Paulo, llegué al complejo empresarial donde se encontraba la sede del holding Asano.
Tras identificarme, me autorizaron inmediatamente a subir hasta la última planta, donde una secretaria me acompañó hasta el despacho de presidencia. Naomi Asano estaba hablando por teléfono y, aun así, hizo un gesto para indicarme que entrara y me sentara.
Intenté darle algo de privacidad y recorrí el despacho, que era grande y estaba dividido en dos ambientes, con un amplio sofá y varios sillones. Al fondo se encontraba la mesa con el tablero de mármol, sobre la que había un notebook, y la silla donde se sentaba la empresaria.
El ambiente era sofisticado y estaba decorado con motivos japoneses: jarrones con ikebanas, algunos bonsáis repartidos por la estancia, además de grabados japoneses en las paredes. Junto a la mesa principal, observé una gran armadura, con un juego de dos espadas curvas apoyado sobre ella.
Finalmente, colgó el teléfono y se acercó con una sonrisa amable, volviendo a hacerme un gesto para que me sentara en el sofá, ya que yo todavía admiraba la decoración del lugar.
—Comisario Jonás —me saludó.
—Señora Naomi —hice una inclinación con la cabeza.
Nos sentamos frente a frente, con una pequeña mesa baja entre nosotros.
—Daniel Lucchese me dijo que quería hablar conmigo.
—Sí, quiero ponerme a disposición para ayudar en la investigación del atentado contra mi padre —dijo con voz suave, pero manteniendo una postura firme.
—Y también contra usted —añadí, pero ella lo ignoró por completo y volvió al tema principal que quería tratar.
—No quiero que esto se haga público y no presentaré denuncia. Pero creo que debieron de ser enviados por la misma persona que ordenó la muerte de mi padre.
—Seré sincero, señora Naomi —la miré fijamente y ella sostuvo mi mirada—. Sé que la familia Asano pertenece a una rama de la Yakuza japonesa y probablemente fue la 'Ndrangheta quien ordenó el ataque.
—Tiene usted razón, comisario —confirmó sin vacilar.
—No encubriré ningún acto ilícito de su familia; al contrario, en cuanto identifique y detenga a los autores del atentado contra su padre, iré a por su organización.
—No es necesario que me amenace, doctor —respondió con tranquilidad—.
Yo asumí el lugar de mi padre y llevo mucho tiempo preparando la salida de nuestro clan de ese mundo criminal.
Antes de que usted termine su investigación, ya no tendremos ninguna actividad ilícita y no puedo ser responsabilizada por los actos de mi difunto padre.
—¿Cómo puede ayudarme? —pregunté, desconfiado y sorprendido por la fortaleza de aquella mujer. Lo que pretendía hacer no era fácil; conocía muy bien las organizaciones criminales como para saber que podía pagar con su propia vida por intentar algo así.
—Estoy dispuesta a contarle todo lo que sé sobre la negociación con la 'Ndrangheta, sus actividades en São Paulo, sobre Salvatore Comazzi y el negocio que me ofreció, pero no diré nada sobre las actividades ni sobre las personas de mi clan, ni declararé formalmente en una comisaría ni ante un tribunal —ofreció—. Considéreme una informante.
Reflexioné durante un momento. No sería la primera vez que trabajaba con un informante a cambio de inmunidad. Naomi podía aclarar muchas cosas sobre las actividades de la mafia italiana en São Paulo.
—De acuerdo, tenemos un trato —decidí, extendiendo la mano, que ella estrechó con firmeza, aunque era una mujer de extrema delicadeza.