CONTRATO CON LA MAFIA CAPÍTULO 21 #2
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CAPÍTULO 21 #2

Sentado a su lado en el vehículo, hablamos sobre los asuntos del clan, evitando hablar de lo ocurrido horas antes.

Deseaba contarle todos mis oscuros secretos y jurar que abandonaría el camino que había elegido una década atrás, pero ¿sería sincero?

¿Me sentiría satisfecho con limitarme a entregar a los responsables de la muerte de mi otousan a la Justicia?

¿Y si hubiera nuevos ataques? Por eso tomé la decisión de no decir nada hasta que todo estuviera más claro dentro de mí.

Fuimos los últimos en entrar. En la larga mesa rectangular de madera noble estaban sentados, frente a frente, seis consejeros. Ryu se había situado en el lado opuesto al sillón de la presidencia, reservado para Naomi.

Observé a los hombres alrededor de la mesa.

Dos de ellos eran antiguos consejeros a los que ya conocía de la época en que vivía con la familia Asano; los otros cuatro eran más jóvenes, de unos treinta y cinco a cuarenta años, hijos de los consejeros que habían fallecido o se habían jubilado, una nueva generación que no parecía preocuparse por los preceptos del bushido ni por las estrictas normas que Seiji-sama había impuesto al clan.

Naomi reveló que algunos de ellos estaban presionando para que Roberto fuera admitido en el consejo, pero ahora, con su petición de divorcio, que podía desembocar en un proceso contencioso, quizá la presión fuera menor, sobre todo porque Ryu, que había asumido un puesto como vicepresidente, había tomado partido por ella, apoyándola incondicionalmente.

La reunión era importante para ella, pues anunciaría que el clan Asano comenzaría a desprenderse de los negocios ilegales.

Ahora la observaba sentada, luciendo un traje de chaqueta oscuro que combinaba con su maquillaje, una típica self-made woman[93]. No necesitaba utilizar mis técnicas para percibir el clima de hostilidad que emanaba de los presentes.

Naomi tendría que doblegarlos a su voluntad y, para empeorar las cosas, los jóvenes consejeros querían que aceptara la propuesta de paz que Salvatore Comazzi había presentado por medio de Roberto, y que incluía una participación de este en los beneficios de un eventual envío y distribución de drogas en Europa, a través de las empresas exportadoras del grupo Asano.

Tal vez necesitara hacer una nueva visita al italiano. La primera vez había mencionado los nombres de los líderes de la 'Ndrangheta, pero no había mencionado a ningún integrante del clan que pudiera ser un traidor.

Solo Ryu y los dos consejeros de mayor edad se oponían a la propuesta y estaban dispuestos a apoyar a Naomi, aunque estaban en contra de que el clan abandonara las actividades ilícitas.

—Caballeros, es un honor recibirlos en la nueva sede del holding Asano —abrió la reunión, observando a todos los consejeros presentes, incluido su hermano, sentado al otro lado de la mesa.

—Naomi-san, nos gustaría saber el motivo por el que está deshaciéndose de varios negocios del clan —la interrumpió de forma irrespetuosa Ulysses, un consejero de unos cuarenta años que había sustituido a su padre.

—Ulysses-san, en primer lugar, no admito que me interrumpan ni que se me trate de forma irrespetuosa.

Por favor, utilice el tratamiento honorífico adecuado, Naomi-sama, o incluso señora Naomi, ya que estamos en Brasil —demostró su firmeza con voz dura y una mirada gélida dirigida al miembro del consejo—.

Soy la nee-san, además de la nueva oyabun de este clan, designada por mi padre y fundador de la familia —continuó con firmeza, ganándose la atención de los demás.

—Perdóneme, Naomi-sama —se disculpó avergonzado.

—Ya que el asunto ha sido planteado de forma descortés y antes de tiempo, permítanme informarles —recorrió con la mirada, uno a uno, los rostros impasibles alrededor de la mesa—.

Soy la líder del clan, creé el holding Asano con el consentimiento de mi difunto padre, y nuestra empresa se encuentra en un proceso irreversible de legalización.

Hubo movimientos incómodos en las sillas y algunas expresiones se endurecieron, pero nadie se atrevió a interrumpir a la nueva CEO, que mostraba una postura cada vez más firme.

—Durante años hice crecer el patrimonio de la familia; los negocios de mi padre triplicaron su valor.

Conozco esta empresa, diseñé este holding y les garantizo a todos que saldremos más fuertes de este proceso, aunque en un primer momento exista la posibilidad de que perdamos parte de nuestros ingresos.

Pero todo ello se verá compensado por la legalización, que nos garantizará, a medio plazo, un crecimiento sin riesgos de interferencias por parte de las organizaciones policiales o gubernamentales, generando un impacto positivo incluso en nuestra reputación —continuó.

—¿Me permite hacer una observación? —preguntó un viejo consejero al que conocía bien.

—Adelante, Mitsuo-sama.

—Nuestros asociados y familiares están preocupados por la situación actual del clan.

Hemos sufrido un ataque de la mafia italiana que acabó con la vida de mi viejo amigo Seiji; la renuncia a nuestras actividades ilícitas puede considerarse una señal de debilidad —opinó—.

Y coincido con usted: no debemos unirnos a los italianos.

No son de fiar y carecen de honor. El tráfico de drogas es algo abominable e indigno de un verdadero Yakuza.

—Los responsables del ataque serán identificados y llevados ante la Justicia —explicó, buscando mi mirada, ya que yo estaba situado detrás de su sillón—, pero será la Justicia brasileña la que los castigue, no nosotros.

—Naomi-sama —intervino el otro consejero.

—Paulo-san, dígame.

—Su esposo Roberto se puso en contacto conmigo ayer.

Me presentó una propuesta de paz hecha por el mensajero Salvatore Comazzi, que habla en nombre de los italianos —comenzó, mirando a los consejeros más jóvenes en busca de apoyo—.

Ofrece paz y una mayor participación en los beneficios de la distribución de drogas en Europa a través de nuestras empresas exportadoras.

Y, si me permite el consejo, otros tres consejeros y yo pretendemos presentar una propuesta para que su esposo se convierta en uno de nosotros.

—En primer lugar, Roberto ya no es mi esposo; tengo una petición formal de divorcio a la espera de su firma —inmediatamente pudieron oírse murmullos de sorpresa entre los presentes—.

En segundo lugar, aunque no fuéramos a legalizar nuestras actividades, jamás nos involucraríamos en el tráfico de drogas.

Ese era un deseo de mi padre y sé que el suyo, Paulo-san, que por desgracia ya no está con nosotros, también estaba de acuerdo.

—Los tiempos cambian, Naomi-sama, podríamos ganar mucho con esta propuesta —las conversaciones paralelas, que iban desde los desacuerdos hasta los acuerdos, hicieron que el ruido en la sala aumentara cada vez más.

Los consejeros más jóvenes parecían estar de acuerdo con la unión a los italianos, mientras que los mayores mostraban su desacuerdo con el semblante serio.

—Los tiempos cambian, Paulo-san, pero el honor es inmutable —hizo que su voz se oyera, consiguiendo que todos guardaran silencio.

—Naomi-sama —pidió la palabra el segundo consejero de mayor edad.

—Tetsuo-sama —hizo una reverencia para que pudiera hablar.

—Me gustaría saber cómo quedará nuestra relación con el clan de Toshiro-sama. Sabemos que este clan procede de su familia.

—De Toshiro-sama me ocuparé yo, pero adelanto que somos independientes, sobre todo después de cortar nuestros lazos con las actividades ilegales. Esa fue una negociación muy bien planteada entre mi padre y él.

Volví a mirar a mi alrededor. Solo encontré semblantes serios e impasibles, con excepción de Ryu, que sonrió brevemente, animando a su hermana a continuar.

—Ahora, caballeros, hablemos de negocios —había superado mis expectativas como una CEO de mano firme.

Aunque me sentía orgulloso de la mujer en la que se había convertido, me dolía el pecho al saber que lo había conseguido a costa de tanto dolor y sufrimiento.

Durante horas explicó, con la ayuda de asesores cuya entrada había sido permitida en la sala de reuniones, las operaciones financieras que harían posible el crecimiento del holding, incluso dejando al margen las actividades de la Yakuza.