CONTRATO CON LA MAFIA CAPÍTULO 20 #2
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CAPÍTULO 20 #2

Desde que mi padre me había sorprendido en aquella sala, después de aquel momento de amor que había vivido con Daniel, mi primer momento, no había vuelto a aquel lugar.

Jamás me había sentido capaz de enfrentarme al pasado y sufrir con los recuerdos que tenía de él.

Allí había sido la última vez que nos vimos, que hablamos y que nos amamos.

Aquella noticia provocó un conflicto dentro de mí y estaba nerviosa. Quedarme a solas con él no hacía más que intensificar aquella sensación.

Se acercó a mí, llevó una de sus manos a mi pelo y la deslizó hasta alcanzar mi hombro, apartándolo hacia atrás, dejando al descubierto parte de mi rostro, y lo acarició.

Sentí su perfume invadir mi interior, intensificando los latidos de mi corazón y haciéndome volver a sentir como una adolescente, solo que, esta vez, no conseguía ser tan atrevida como en aquella época.

Me había convertido en una mujer más controlada y de escasos momentos de sonrisa.

—Nos está esperando —continuó mientras elevaba delicadamente mi rostro hasta conseguir que lo mirara directamente a los ojos.

Vacilé por un momento, pero él tomó mi mano, tratando de decirme con sus gestos que todo estaría bien, y así atravesamos la casa en dirección a la zona de servicio para llegar hasta la puerta trasera y caminar hacia la construcción anexa, lejos de los focos de los empleados y los guardias de seguridad.

Cuando entramos en aquel que era el lugar que más me impactaba por los recuerdos que evocaba, Daniel cerró la puerta tras nosotros y fui invadida por una serie de sentimientos indescriptibles. Era muy difícil estar allí de nuevo, bajo la misma luz tenue de la lámpara para no llamar la atención.

—Tía Sumiko —sonreí a aquella mujer que había estado a mi lado, secando tantas de mis lágrimas en aquella época.

Estaba de rodillas sobre el tatami, terminando de organizar las pequeñas y delicadas porciones de nuestra cena japonesa, entre el adorno de diminutas flores de ikebana[91]. Llevaba un kimono igualmente florido y mantenía una sonrisa en el rostro.

Me quité los zapatos de tacón y me puse el par de zori[92] para caminar sobre el suelo especial de la estancia.

Miré a mi alrededor y no todo en aquella sala estaba como en el pasado; sin embargo, el tatami utilizado para servir el té permanecía allí.

También estaba decorado con velas orientales.

La tía acababa de adornar las bandejas de sushi y sashimi sobre lechos de piedras de hielo.

—La cena está servida, Naomi-chan —dijo mientras se ponía de pie e inclinaba el cuerpo en una reverencia—. He elegido tus platos favoritos y los de Daniel.

—Muchas gracias, tía —la observé mientras caminaba hacia nosotros y volví a fijarme en el servicio dispuesto para dos personas—. Falta un sitio...

—Yo no me quedaré —completó ella al acercarse a la puerta—. Ya he tenido innumerables cenas contigo y varias con Daniel desde que regresó. Hoy creo que vosotros necesitáis hablar.

Y así fue como nos dejó solos en la sala del té, con aquel incómodo y embarazoso silencio en el que habría jurado que cualquiera que se acercara a mí sería capaz de oír los latidos de mi corazón.

—Es la primera vez que entro aquí en doce años —confesé sin saber qué más podía decir cuando me volví hacia él—. Pensé que jamás volvería a esta sala.

—Yo tampoco —respondió mientras me atraía hacia él.

Sentí sus brazos firmes y fuertes apretándome contra su pecho.

Yo era tan pequeña a su lado, y el calor que emanaba de aquel abrazo me hacía sentir como si no hubiera una protección mejor en mi vida.

Podía sentir su taquicardia mientras acariciaba mi pelo y apoyaba los labios sobre la coronilla de mi cabeza.

—Intenté durante tantos años dejarte en el pasado, pero bastó con volver a verte para saber que aquel esfuerzo había sido en vano.

Di dos pasos atrás para apartarme de Daniel, mientras él me observaba con una mirada curiosa.

Por primera vez me tomé el tiempo que necesitaba para estudiarlo, al menos su aspecto exterior.

Levanté la mano hacia su rostro y toqué aquella cicatriz de su ceja izquierda.

La había adquirido después de hacerse adulto.

Después, deslicé los dedos sintiendo la textura de su piel hasta un poco por debajo del pómulo y acaricié otra cicatriz.

—Fueron años difíciles de explicar para una persona como tú... —se adelantó a decir, pero no tuvo ninguna otra reacción.

Toqué su abdomen por encima de la camiseta de tirantes negra, deslizándola sobre la tela y sintiendo la musculatura endurecida.

Ya no era tan delgado; su cuerpo tenía una complexión trabajada, su tacto era más firme y tenía una postura que dejaba claro lo seguro de sí mismo que era en todo lo que hacía.

El tono de su voz era más grave y siempre hablaba como si tuviera un control absoluto sobre sus reacciones.

Salvo cuando yo sentía que su corazón se aceleraba.

Alcancé el borde de la camiseta y la saqué de dentro de sus pantalones.

Necesitaba ver qué había hecho con su vida a través de los tatuajes de fuera de la ley.

Me dolía tanto enfrentarme a la realidad, pero no me quedaría tranquila sin hacerlo.

Cuando la levanté hasta la mitad del abdomen, él mismo se la quitó y pude verlo, con todos aquellos colores vívidos de aquel trabajo artesanal.

Toda la extensión de su torso estaba cubierta por un tigre en medio de una tormenta.

Toqué las patas del imponente animal, seguí su contorno hasta llegar a los dibujos de uno de sus brazos y, con los ojos anegados en lágrimas, di tres pasos hasta alcanzar su espalda.

Mientras él permanecía inmóvil, toqué el dragón cuyos trazos recordaba tan bien; el bosque estaba completo ahora, dando un tono místico a la ilustración.

Cerré los ojos y volví a recorrer imaginariamente el contorno del animal con uno de mis dedos, siguiendo las líneas que permanecían vivas en mi memoria, cuando sentí una lágrima resbalar por mi rostro.

Respiré hondo y volví a ponerme frente a él. Entonces Daniel me sujetó por la muñeca, apartó mi mano de los tatuajes y llevó sus labios a los míos en un beso profundo e intenso, atrayéndome firmemente contra su cuerpo, dejando patente su excitación bajo los pantalones de tela negra.

Era un gigante a mi lado; por mucho que me pusiera de puntillas, me perdía en su abrazo posesivo, hasta que me levantó en brazos y dio unos pasos hasta apoyarme contra la pared, sujetándome para que hubiera una altura cómoda entre nosotros.

Sentí sus manos deslizarse por debajo de mi camisa, dejándome completamente erizada con aquella sensación, y volvió a adueñarse de mis labios, sedientos de mi sabor.

—Te deseo tanto, Na... —jadeó contra mi boca y después apoyó su frente contra la mía, volviendo a acariciar mi pelo y apartándolo de mi rostro—. Cuántas veces he soñado con volver a tenerte entre mis brazos.

—Cuántas veces deseé saber si seguías vivo... si algún día volvería a verte —susurré, dejando que otra lágrima brotara de mis ojos, y sentí cómo él la besaba.

Daniel volvió a atraerme hacia su cuerpo, separándome de la pared, y caminó hasta el futón decorativo de la sala, donde se arrodilló conmigo entre sus brazos y me depositó allí delicadamente. Empecé a desabrochar los botones de mi camisa, lentamente, hasta que enseguida me quedé sin ella.

Él, por su parte, sacó la cartera del pantalón, tomó un envoltorio metálico y lo dejó al alcance de la mano, y se despojó del resto de su ropa para, a continuación, ayudarme con la mía.

Cuando volvió a inclinarse sobre mí, me dio un beso casto en los labios y comenzó un rastro de otros besos por mi cuello y mi escote, hasta llegar a mis pezones erectos, succionándolos uno a uno, para después volver a recorrer con besos el camino que conducía a mi intimidad, hasta que sentí su lengua penetrarme, provocando escalofríos indescriptibles por todo mi cuerpo.

Al percibir lo sensible que me encontraba, tuvo que sujetarme por ambas piernas para continuar con su ritual, saboreando aquella parte más íntima de mí que me provocaba reacciones incontrolables, hasta que la explosión se volvió insoportable, hasta el punto de hacerme perder el control sobre mis propios miembros.

—Hacía tanto tiempo que no sabía lo que era «hacer el amor», Naomi —confesó, esparciendo mi propio sabor por mi boca.

—Te necesito dentro de mí, ahora —pedí, casi ordené, sintiendo una clase de necesidad que jamás había experimentado antes.

Daniel alcanzó el envoltorio y se protegió, saciando mi desesperada necesidad de sentirme llena por él. Comenzó lentamente, permitiendo que me acostumbrara a aquella suave invasión, para después empezar a moverse de forma rítmica y firme.

Cuanto más me daba de sí mismo, más necesitaba aquella conexión. Sus embestidas me provocaban contracciones de intenso placer que hacían que masajeara su miembro, exigiendo que penetrara cada vez con mayor firmeza.

El placer que sentía en mi intimidad era casi insoportable y se irradiaba hasta todos los extremos de mi cuerpo. Aquellos reflejos de mi interior rozaban casi la desesperación y estaba a punto de entrar en colapso cuando fui presa de una explosión tan intensa que me faltó el aire.

Un hormigueo inmediato recorrió mis piernas y era como si mi sangre alternara entre ráfagas frías y calientes que corrían por las venas de todo mi cuerpo.

Solté un largo gemido de placer cuando él empezó a moverse cada vez más rápido en mi interior estrecho, hasta que alcanzó su propio clímax, demostrando que perdía las fuerzas y dejándose caer sobre mí, no sin antes tomar mis labios en un acto íntimo y delicado.

Permanecimos varios minutos en silencio, abrazados el uno al otro, sintiendo nuestros corazones descompasados. Y gracias a Daniel me sentía mujer otra vez, hasta que, sin intercambiar una sola palabra, me quedé dormida entre sus brazos.