CONTRATO CON LA MAFIA CAPÍTULO 19 #2
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CAPÍTULO 19 #2

Percibía su exótico aroma, marcado por la fragancia oriental, que parecía una combinación de notas cálidas y frescas, estimulándome por dentro, haciendo que un intenso escalofrío recorriera mi cuerpo, sediento de placer, aquella sensación tan característica que hacía tanto tiempo no experimentaba.

Sin embargo, hoy éramos dos desconocidos, porque nuestras vidas habían tomado caminos tan distintos. Y yo acababa de convertirme en la nee-san[90], es decir, la mujer que lideraba el clan de mi padre. Daniel no podía estar aquí, ya no tenía derecho a formar parte de nuestro mundo.

—Será mejor que me dejes salir —pedí, incapaz de negar hasta qué punto aquel hombre surtía efecto sobre mis fantasías y deseos.

Mi corazón gritaba por dentro, su contacto hacía temblar mi cuerpo, la sangre me hervía mientras corría por mis venas.

¿Cuánto tiempo más sería capaz de ocultar lo que sentía?

Todo estaba mal entre nosotros. Tenía una misión, un deber para con aquello que yo consideraba correcto, y apenas había comenzado a ponerlo en práctica.

Daniel representaba una enorme distracción y estar tan cerca de él era extremadamente peligroso, no solo para mi debilidad sentimental, sino también para él.

No podía arrastrarlo conmigo hacia aquello que podría ser la ruina de todos nosotros. La mafia era demasiado peligrosa y él, un gaijin que no tenía nada que ver con aquello. Plantarle cara al clan no era más que un deber mío.

—¿Crees que no me he dado cuenta? —preguntó, mucho más como una afirmación, cuando tomó mi mano izquierda y acarició mi dedo anular, ahora sin el anillo de compromiso, con su boca tan cerca de la mía que casi pude sentir el sabor de sus labios.

Daniel podía ser mi salvación o mi ruina, pero en aquel momento solo era el hombre que hacía tambalear mi convicción.

—He intentado, todo este tiempo, ser indiferente a lo que ocurrió, a lo que sentía, pero nunca lo conseguí de verdad —sentí que sus dedos se entrelazaban con los míos mientras acariciaba mi rostro con la otra mano, y apenas podía respirar; todo aquello era demasiado intenso.

Apoyé la mano sobre su pecho firme y sentí los intensos latidos de su corazón mientras el calor se apoderaba de mi cuerpo. No sería capaz de resistirme; quizá fuera fuerte para todo, menos para tenerlo tan cerca de mí y no reaccionar.

—Se suponía que tú debías haber sido mía y te perdí —susurró, manteniendo los labios a pocos centímetros de los míos—. No volveré a perderte, no ahora que sé que no soy lo bastante fuerte para vencer este sentimiento.

El cálido contacto de sus labios sobre los míos, mientras su lengua recorría mi boca, esparció aquel sabor que jamás había olvidado, haciendo arder un deseo que estallaba en miles de sensaciones, algo que no sentía desde hacía años.

Llevé la mano hasta su nuca, acaricié su cabello y correspondí aquel beso como si mi vida dependiera de ello.

Ya no conseguía respirar de tan intensa que era la sensación de estar de nuevo entre sus brazos, y jamás me había sentido tan perteneciente a alguien como en aquel momento mágico, provocado por un simple contacto.

Jadeaba en busca de aire. Era una sensación mágica, mientras nuestra necesidad se volvía gradualmente más desesperada.

—¿Señora Naomi? —inmediatamente me separé de Daniel al oír los golpes en la puerta, mientras él, visiblemente alterado, corría de vuelta al sofá.

No tenía aliento ni siquiera para responder, así que simplemente me limpié el resto del pintalabios de los labios, me arreglé el cabello liso con las manos y volví a colocarme bien la blusa de punto.

—¿Señora Naomi? —oí de nuevo e intenté conseguir que mi corazón volviera a latir con regularidad, buscando todo el aire posible.

—Sí...

—He traído su almuerzo.

—Claro... —abrí la puerta y dejé que la empleada entrara para disponer la comida sobre la pequeña mesa redonda de la estancia.

—Señor Daniel —lo saludó—. ¿Debo preparar otro cubierto? —me preguntó, refiriéndose a una ración de comida para él.

—No es necesario, ya me voy —respondió mientras caminaba hacia la puerta—. Piensa en todo lo que «hemos hablado», Naomi, y más tarde volveremos a hablar de este asunto —añadió antes de salir del despacho, dejándome en aquel estado de excitación y confusión.

DANIEL

Tras dejar a Naomi a salvo dentro de la mansión, cerca de la medianoche, hice una ronda por el perímetro de la propiedad para comprobar que todo estuviera en orden.

Al menos ella no había sido testaruda en ese aspecto y, con una llamada telefónica, conseguimos un refuerzo de la seguridad para garantizar su protección.

El amanecer no tardaría en llegar; mis pensamientos y sentimientos estaban en plena ebullición.

Durante años había perseverado en el arduo entrenamiento de Musashi para convertirme en un hombre frío y dueño absoluto de mis sentimientos, pero regresar a Brasil y reencontrarme con la única mujer que había amado en mi vida me había dejado desestabilizado y, para empeorar las cosas, horas antes casi la había perdido.

Nuestros caminos habían tomado rumbos distintos doce años atrás para que ella no sufriera la humillación de unirse a un paria, un ronin, un hombre sin honor.

Durante todos esos años, mi lucha interior había sido contra el amor que sentía por ella, y ahora llegaba a la conclusión de que quizá precisamente ese amor había sido lo que me había impedido convertirme en un asesino perfecto, como lo era mi antiguo maestro.

Aunque era responsable de numerosas muertes, jamás había matado a un inocente; al menos no cargaba con ese peso en mi conciencia. Pero ¿sería suficiente para que Naomi me perdonara cuando le contara todo lo que había hecho durante aquel tiempo en que habíamos estado separados?

Eso era precisamente en lo que no quería pensar en aquel momento, así que intenté concentrarme en el peligro que ella corría.

Pensé en Yumi y esperaba sinceramente que el atentado no hubiera sido obra suya.

Me pregunté varias veces si sería capaz de cometer algo así por motivos pasionales.

No, ella no; siempre había sido fría. Si estaba involucrada, ni siquiera los años que habíamos pasado juntos harían que sintiera misericordia.

Por otro lado, nadie mejor que yo sabía lo buena que era en sus misiones.

Aquella mercenaria no dejaría un trabajo a medias y, en ese caso, quizá nuestros agresores fueran de la mafia italiana.

Sin ninguna pista sobre quién había ordenado el atentado, tendría serios problemas para proteger a Naomi de ahí en adelante.

Incapaz de dormir, después de una ducha fría, me senté desnudo en posición de loto y me concentré en vaciar la mente, intentando desconectar durante un rato, entrando en un estado de profunda meditación.

Cuando volví en mí, el sol ya entraba por la ventana del dormitorio de la residencia de Sumiko-sama, donde me alojaba.

Las palabras de Naomi volvían a poblar mi mente y tenían un gran impacto sobre mí.

Quería que ella me viera como un hombre mejor.

Era la primera vez que deseaba borrar mi pasado; la persona en la que me había convertido durante aquellos doce años no era alguien a quien ella admiraría.

Buscaba justicia con mis propias manos, era un justiciero a cambio de dinero, mientras que mi Na vivía conforme a las reglas de la ética que la hacían ser una persona íntegra.

Ella creía en cosas en las que yo jamás había creído de verdad: la ley y la justicia.

Recordé a mi madre; probablemente ella tampoco estaría orgullosa de mí, ni de la manera que había encontrado para conquistar aquello que yo llamaba honor.

Por eso, después de desayunar y asegurarme de que Naomi no saldría de casa, decidí buscar al comisario Jonás y lo encontré en su despacho.

—¿A qué debo el placer de esta visita? —preguntó con tono irónico.

—Necesito su ayuda —respondí sin preámbulos.

Microchip había realizado una investigación a petición mía, el expediente del comisario. Podía confiar en él; había descubierto que Jonás era hijo único de un matrimonio de familia humilde: su padre era maestro de obras y su madre, costurera.

Había sido uno de los mejores alumnos de la facultad y había quedado segundo en el curso de formación para el cargo.

Era conocido por ser honesto e incorruptible.

Había ganado notoriedad al detener a varias bandas dedicadas al robo de bancos, hasta que fue destinado a dirigir una comisaría especializada en la lucha contra organizaciones criminales.

—Le escucho —afirmó, cambiando el tono y mirándome con seriedad.

Le expliqué que Naomi había sufrido un intento de secuestro, que probablemente iban a matarla, y evité entrar en detalles sobre cómo la había rescatado.

—¿Fuiste tú? —rio a carcajadas—. El misterioso luchador que rompió varios huesos anoche se ha hecho famoso en las comisarías.

Asentí en silencio. Por primera vez no me sentía tan orgulloso de la estela de destrucción que dejaba a mi paso.

—Un compañero mío atendió el aviso; los hombres están hospitalizados y aterrorizados. Podemos «freír» a esos tipos si la señora Naomi presenta una denuncia y viene a declarar.

—Ella no presentará ninguna denuncia —advertí.