CAPÍTULO 18 #2
Ella vestía de forma sensual, con ropa negra, una chaqueta de cuero y una bufanda de seda roja, mientras él llevaba unos vaqueros negros y una camisa hecha a medida que ocultaba su característica más peculiar: los tatuajes artesanales que cubrían sus extremidades.
Con una intimidad indiscutible, los dedos de la exótica mujer acariciaban la mano de su acompañante y un ambiente de absoluto romance flotaba entre la pareja.
Al principio pensé en fingir que no había visto aquella desconcertante escena, pero sabía que eso no resolvería el problema, sobre todo cuando sus ojos se posaron directamente sobre mí y noté que inmediatamente tensaba la musculatura, al mismo tiempo que acercaba la mano a su cuerpo, apartándola del contacto de la mujer oriental.
Era Yumi, la acompañante de Toshiro-sama.
—¡Naomi! —exclamó él, incluso un poco incómodo.
—Daniel... —evité especular sobre lo que estaba ocurriendo allí. Él era un hombre soltero y yo, para mi desesperación, todavía una mujer casada.
Entretanto, sentí que aquella conversación que nunca había existido entre nosotros se había vuelto innecesaria. Los doce años que nos separaban no se recuperarían y él jamás sería mío, porque yo tampoco sería suya.
—¡Naomi Asano! —Yumi esbozó una amplia sonrisa al pronunciar mi nombre, como si estuviera satisfecha con la sorpresa, mientras él permanecía impasible—. Daniel, mi novio, habla mucho de ti.
—Yumi-san, Daniel, disfrutad de la noche —intenté ser cordial a pesar del impacto de la noticia y me apresuré a salir del lugar, sin molestarme en presentar a Diego.
Qué ingenua había sido al pensar que él no habría tenido una historia de vida durante todos aquellos años. Por supuesto que no estaría esperándome como en un cuento de hadas, sobre todo porque, aunque contra mi voluntad, me habían arrojado a los brazos de otro hombre.
—¿Na? —oí que me llamaba cuando fue tras de mí.
Desde que había regresado, siempre utilizaba un trato formal al hablar conmigo y, de repente, su voz, pronunciando el diminutivo de mi nombre, supuso un gran impacto. Aun así, no aminoré el paso; al contrario, continué dirigiéndome hacia la puerta.
Sentí que Daniel me tocaba suavemente el hombro, haciendo que me viera obligada a girarme hacia él. Preocupada porque Diego pudiera percibir algo, intenté aparentar naturalidad mientras atravesaba la puerta hacia el exterior del establecimiento.
—Creo que no os he presentado, ¿verdad? —me referí a los dos, que ahora estaban frente a mí—. Daniel es un hermano de crianza que estuvo muchos años fuera del país.
—Encantado —el intermediario le tendió la mano, mientras yo intentaba salir de aquella situación incómoda.
Los dos se saludaron con un apretón de manos cortés y divisé a mi conductor, sintiendo un hilo de alivio en el pecho.
—Tengo que irme. Podemos hablar en casa, ¿verdad? —le sugerí—. Y Diego, ha sido una estupenda cena de negocios. Muchas gracias —añadí mientras me apresuraba hacia el coche.
Ingenua, idiota; así era como me sentía por mi comportamiento adolescente ante aquella situación, mientras Diego abría la puerta trasera del vehículo que había aparcado frente a la entrada del restaurante. Si pensaba que era capaz de lidiar con mis debilidades, quizá estuviera equivocada.
—A casa, Akira —pedí al conductor-guardaespaldas.
Miré su reflejo en el espejo retrovisor para comprobar si había oído mi petición, ya que no había respondido como de costumbre.
—¡Tú no eres Akira! —exclamé, sorprendida al encontrarme con su mirada.
Después de despedirme de Daniel, tenía tanta prisa por salir de aquella situación incómoda que simplemente había entrado en el coche sin siquiera mirar, aunque eso tampoco habría servido de mucho, ya que los cristales eran excesivamente oscuros.
Y no era solo eso. Otro hombre, vestido de negro y oculto en el suelo del coche, mezclándose con la oscuridad del interior, se giró hacia mí apuntándome con una pistola.
—Quietecita, zorra —amenazó.
Y, al momento siguiente, ya tenía los brazos y las piernas atados con una brida de polipropileno, además de cinta adhesiva sobre los labios.
DANIEL
Fue una sorpresa encontrarme con Naomi en el restaurante. En el mismo instante comprendí que Yumi había planeado aquel encuentro; jamás habría existido una coincidencia como aquella, y menos aún teniendo en cuenta lo insistente que había sido respecto al lugar y la hora.
Después de nuestra discusión en la fiesta, imaginé que se marcharía junto con Toshiro-sama, pero enseguida descubrí que permanecía en Brasil, pues me llamó para concertar una cita. Alegó que tenía algo urgente que hablar conmigo.
Acepté su invitación y me reuní con ella en el lugar acordado. Cuando le pregunté cómo había elegido aquel restaurante, me dijo que el gerente del hotel se lo había recomendado.
—¿Qué quieres, Yumi? —pregunté en cuanto nos sentamos.
—Ahora mismo, quiero cenar; este restaurante me lo han recomendado mucho —sonrió de forma seductora.
Sin otra opción, terminé cenando en su compañía, hasta que volví a insistir.
—¿Qué sigues haciendo en Brasil?
Puso una expresión de disgusto y sostuvo mi mirada, mientras nuestros deseos chocaban en silencio.
—Quiero darte otra oportunidad para que vuelvas conmigo a Japón.
—Tengo asuntos pendientes aquí —suspiré.
—Deja de engañarte creyendo que eres Daniel Asano y comprende quién eres realmente: un descendiente de italianos, Lucchese —se burló de mí por el hecho de que siempre me hubiera identificado como Asano mientras vivía en Tokio.
—¡Mi vida no es asunto tuyo!
—Esta mujer no es lo bastante fuerte para liderar la Yakuza —dijo, cambiando al japonés—. Va a flaquear; es cuestión de tiempo que otro ocupe su lugar.
—¿Toshiro-sama te ha dicho eso? —pregunté, contrayendo la mandíbula por la irritación—. ¿Es eso lo que quiere? ¿Derribarla?
—Ya no trabajo para él. Mi misión era protegerlo mientras estuviera aquí; como ves, ya se ha marchado —desvió el tema—. Daniel, vuelve conmigo a Japón, te lo estoy pidiendo —suplicó, suavizando la voz.
—No —respondí tajantemente.
—Sabes que soy yo quien te satisface —murmuró mientras acariciaba mi mano.
En ese momento sentí que me observaban y, al levantar el rostro, me encontré con Naomi, que nos miraba fijamente. Estaba acompañada por un hombre con el que probablemente acababa de cenar.
Intenté hablar con ella, pero, aunque fue amable, estaba claramente sorprendida por la situación y cortó cualquier posibilidad de que intercambiáramos una palabra. Me quedé observándola mientras se marchaba y después regresé a la mesa.
—Tú preparaste todo para que estuviéramos en el mismo lugar que ella, ¿verdad? —gruñí.
—¿Yo? No te enfades, solo quería ver cómo reaccionaría al verte a mi lado, como debería ser —rio a carcajadas.
—Vuelve a Japón, Yumi, no te metas en mis asuntos —apreté con fuerza su mano, que descansaba sobre la mesa—. La familia Asano también es mi familia, entiéndelo de una vez por todas.
Con un rápido giro, se zafó de mi presión.
—Estás cometiendo un error, Daniel. Se acerca una tormenta y ¿pretendes plantarte frente a ella? —amenazó, irritada.
—¿Qué quieres decir con eso? —pregunté, tratando de percibir sus intenciones ocultas.
—Ya no tenemos nada más de qué hablar. Tú has elegido tu camino y yo tengo el mío que recorrer —se levantó de la silla—. Es una pena, nos llevábamos muy bien.
—¡Yumi! —la llamé.
Pero me ignoró, salió del restaurante y me dejó solo con la sensación de que algo malo estaba a punto de suceder.
Dejé varios billetes de gran valor sobre la mesa, sin esperar a que cerraran la cuenta, y corrí hasta la calle, con la esperanza de que no fuera demasiado tarde.
Sin embargo, mis instintos gritaban desesperadamente, haciéndome creer que algo iba mal.
Había advertido a Naomi que no saliera de la mansión sin mí y, por algún motivo, me había desobedecido.
Nuestro encuentro en el mismo restaurante, por invitación de Yumi, no era casual.
—¡Mierda! —murmuré mientras entregaba otro billete de alto valor al aparcacoches, pidiéndole que se diera prisa en traerme el vehículo que había alquilado para mi estancia en Brasil.
Conecté mi teléfono móvil a la consola y activé una aplicación de rastreo. La había instalado en los dos vehículos que utilizaba Naomi, el deportivo y el sedán en el que acababa de marcharse.
Mientras circulaba por las calles intentando alcanzarla, me di cuenta de que no seguían el camino correcto hacia la mansión. Por eso aceleré al máximo y empecé a conducir peligrosamente entre el tráfico, tratando de acercarme.
El mapa mostraba que se dirigían hacia el sur, saliendo del centro ampliado de la capital, en dirección a la periferia. No tardé en divisarlo a lo lejos, así que reduje la velocidad para que el conductor no se percatara de que lo seguía.
El coche redujo la velocidad y se adentró en una calle menos transitada y con poca iluminación. Apagué los faros para intentar pasar desapercibido y me concentré en la luz roja de los pilotos traseros del sedán, que observaba a lo lejos.
Era un barrio residencial con casas de ladrillo, pero el escaso alumbrado público y el pésimo estado del asfalto dejaban claro que se trataba de otro barrio «abandonado» por las autoridades.
Vi que el vehículo entraba en un descampado oscuro, sin una sola farola. Unos metros más adelante, vi el destello de unos faros que parpadearon dos veces y, poco después, las luces traseras del coche de Naomi se apagaron, señal de que el vehículo se había detenido.
Solo había una explicación: los estaban esperando.
Dejé el coche a cierta distancia para no ser descubierto y corrí hacia el lugar, ignorando la oscuridad.
Gracias a mi entrenamiento y a mi sentido de la orientación nocturna, podía desenvolverme tan bien como si estuviera bajo la luz del sol.
No habían sido pocas las veces que Musashi me había dejado en medio de montañas o bosques durante la noche, ordenándome que encontrara el camino hasta un punto que él había señalado.