CAPÍTULO 11 #2
Aunque mi entrenamiento pudiera resumirse en cómo acabar con una vida, también me enseñó técnicas milenarias de curación como el reiki[70], la acupuntura e innumerables técnicas de medicina alternativa oriental, además de enseñarme el poder curativo de las hierbas medicinales.
Mi sensei era extremadamente severo y reservado, y rara vez hablaba de su vida.
Las únicas veces que lo veía sonreír era cuando leía las cartas que recibía de Brasil, seguramente de obasan Sumiko, pero nunca me contó qué decían ni si contenían noticias de Naomi.
La única vez que le pregunté, me reprendió:
—No debes buscar noticias sobre ella. Un asesino no debe dejarse llevar por los sentimientos. Arráncalos de tu corazón y de tu alma, o el camino que has decidido seguir solo te conducirá a la destrucción.
Durante tres años, aquel fue mi único entrenamiento. A veces viajaba y se ausentaba durante varios días, probablemente por algún trabajo. En esas ocasiones tenía autorización para ir a Tokio a divertirme, pero siempre con la orden expresa de regresar antes del anochecer.
Buscaba una casa de placer exclusiva, perteneciente a una familia de la Yakuza, que Musashi me había indicado y donde sería aceptado a pesar de ser un gaijin, un lugar donde se conservaba el antiguo arte de las oiran[71]. En aquellas ocasiones conseguía relajarme después del agotador entrenamiento.
Aunque el sexo me proporcionaba alivio, al final me sentía vacío, con una mezcla de tristeza y vergüenza, pues en lo más íntimo de mi ser estaba traicionando a mi kokoro-zuma, mi esposa del corazón, a quien había jurado mi amor.
En el cuarto año comenzó mi entrenamiento con armas de fuego. Por primera vez entré en su habitación, que ocultaba una trampilla que daba acceso al sótano, donde había un arsenal especial dispuesto en estanterías de hierro.
Durante las primeras semanas aprendí a montar y desmontar los distintos tipos de armas hasta ser capaz de hacerlo con los ojos vendados. Después comenzaron las prácticas de tiro y las tácticas de combate con armas de fuego.
En mi quinto año comencé a acompañarlo en sus viajes.
La primera misión en la que participé no fue en Japón.
Viajamos a Estados Unidos con pasaportes falsos y aterrizamos en el aeropuerto de Dallas.
Solo supe lo que íbamos a hacer la víspera de la misión, que acabaría con la vida de un CEO de la industria petrolera.
Musashi no me dijo quiénes eran nuestros empleadores y yo sabía que estar allí con él era una prueba para mí, por lo que estudió minuciosamente mi reacción cuando me reveló que nuestra misión era matar.
Mi maestro siempre exigía un dosier completo de la víctima.
Cuando tuve acceso a él, supe que aquel hombre, además de corrupto y sin escrúpulos, era un pervertido acostumbrado a mantener relaciones sexuales con niñas que aún estaban lejos de la adolescencia.
Por un momento, me sentí como un justiciero y no como un mercenario; comprendí que podría estar tranquilo con mi conciencia. Aquel hombre condenado a morir era el verdadero criminal.
Durante dos semanas seguimos a distancia la rutina del objetivo. Vivía en una mansión fuertemente vigilada y todas las mañanas se dirigía a la sede de la empresa, en un edificio de treinta plantas, en el centro de la ciudad, del que salía a altas horas de la noche.
—¿Cómo lo matarías? —preguntó Musashi mientras estábamos en la habitación del hotel en el que nos alojábamos.
—Yo entraría en la mansión. No tiene familiares, hay pocos empleados y guardias de seguridad.
Y eso fue lo que hicimos una noche. Entramos en la propiedad por el muro trasero y, evitando a los vigilantes armados y desactivando el sistema de alarma, llegamos hasta la suite, en el segundo piso, escalando la pared con garras metálicas en las manos y en los pies.
—Hazlo —ordenó Musashi cuando nos encontramos frente a la cama del CEO.
Desenvainé la katana que llevaba a la espalda y me acerqué a mi objetivo, que dormía. Le di un golpe en el hombro para despertarlo; no iba a matarlo mientras dormía. El hombre abrió los ojos y, asustado, se incorporó.
—¿Qué...? ¿Quiénes sois? —preguntó, dejando traslucir el terror.
—Yo soy Okami (lobo), un asesino, y he venido a llevarme tu alma, igual que tú te llevaste la de tantos inocentes —afirmé, utilizando el nombre que había adoptado, y, con un golpe certero, le cercené la cabeza.
La sangre brotó a borbotones del cuello cercenado, salpicando toda la cama y las paredes.
—Nammu Amida Butsu[72] —murmuré la plegaria, tal como Musashi me había enseñado, mientras limpiaba la sangre de la hoja con un trozo de seda que llevaba en un bolsillo interior y, a continuación, la enfundaba.
Si sentí algún remordimiento, no lo demostré ni fui consciente de ello, de tan enterrado como estaba en mi mente. Había seguido el camino de un asesino, la senda del meifumado, el infierno budista de las bestias salvajes.
La lección que Musashi me había enseñado durante todos aquellos años acudió automáticamente a mi mente, como un mantra:
«En la gran carretera sin portales,
son mil los caminos que puedes escoger.
Al entrar,
recorrerás eternamente
la senda hacia el infierno, solo.
Cuando encuentres al Buda, mata al Buda;
cuando encuentres a tus padres, mata a tus padres.
Ese es el vacío de sentimientos,
olvidarse de uno mismo, convertirse en una hoja de árbol,
no sentir nada y no tener barreras
ni vínculo alguno con el mundo material.
Esa es la senda del asesino,
ese será tu camino.»
Decía que, si no era capaz de seguir aquel mantra y daba cabida a la compasión o a los sentimientos, jamás podría convertirme en un asesino perfecto.