Epílogo
FLO y B estaban inoperativos. El único que seguía vivo y en movimiento era RU.
Desistiendo por un momento en su intento de reanimar a sus hermanos, abrió a duras penas una compuerta rota, la cual salió volando a unos quince metros debido a los fuertes vientos que soplaban fuera.
Quedó clavada en el lodo cubierto por una fina capa helada.
RU arrastró dos cajas unidas y con el logo del grupo LK y salió de la cápsula a medio enterrar en el barro. Tras pasarse unos treinta minutos peleando, el robot consiguió liberarse del lodazal.
Después de colocar las cajas al pie de un precipicio rojo, se dio la vuelta.
Los fragmentos de las placas de hielo resonaban con fuerza al chocar entre sí por el oleaje, mientras que una estrella naranja asomaba con timidez sobre la superficie del mar.
Los cúmulos de nubes de un color rojo oscuro se movían a una velocidad aterradora, como una escena de película grabada a cámara rápida, asomándose entre ellas a intervalos los enormes planetas vecinos.
RU buscó un lugar donde la corriente no fuera tan fuerte, instaló una cámara y se sacó una foto.
La cámara retransmitió la imagen de un robot redondo, con una armadura metálica y seis patas.
Parecía una medusa congelada. Tras él podía verse débilmente la cápsula con forma de disco, medio destrozada.
Podría haber aterrizado mejor, pero dadas las tormentas de este planeta, no tenía sentido esperar un resultado perfecto.
Además, la experiencia del impacto supondría una información muy útil para sus hermanos, que llegarían tres años más tarde.
Arrastrando las dos cajas, RU subió por la colina al lado del precipicio.
A treinta metros de altura, quedó a la vista el otro extremo del continente.
Vio los montes y valles formados de rocas rojizas.
Tenía que arrastrar ese cargamento a través de ese desierto sin caminos.
Su objetivo, el lugar del segundo aterrizaje, quedaba a trescientos diez kilómetros de distancia.
Dudaba que las ruedas bajo las cajas pudiesen aguantar hasta allí. Le entró miedo.
Entonces escuchó la melodía de un clavecín.
RU abrió los ojos en la dirección de donde provenía ese sonido.
Una mujer, ataviada con un pijama morado y unas pantuflas con forma de conejo, le estaba observando con las manos metidas en los bolsillos del pantalón.
Su coleta y los mechones sueltos sobre su frente ondeaban con las fuertes corrientes de TRAPPIST-1e.
—FLO y B aún no están muertos —dijo el espectro.
—Pero ahora no puedo hacer nada por ellos. Si quiero salvarlos, tengo que llegar hasta la ubicación del segundo aterrizaje y traer conmigo las piezas de repuesto —respondió RU.
No le preguntó a la mujer quién era. En el mundo de los robots, los saludos y presentaciones no significaban nada. Había otras cuestiones más importantes. Todo tiene una razón para existir, incluyendo el espectro de una humana en pijama.
—¿Qué es lo que puedes hacer aquí? —preguntó RU.
Tras peinarse hacia atrás los mechones que flotaban con el viento, el espectro se estremeció y respondió con desinterés:
—Puedo acompañarte.