Contrapeso Una cita con la bruja verde
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Una cita con la bruja verde

Hubo un tiempo en el que Pala era conocida como el «retrete de Patusan».

Teniendo en cuenta cómo lidiaban con la basura y los residuos que salían de allí antes de imponer su propio sistema, ese mote era bastante adecuado.

Pero, por esa misma época, Pala producía el treinta por ciento de los alimentos consumidos por Patusan, y ahora había subido a un cincuenta.

Con esto, uno pensaría que ya es hora de inventarse un mote mejor, pero eso no tendría gracia.

Y si Pala ya no aceptaba residuos de Patusan, pues era Pala y ya está.

Observo la ciudad desde la suite del vigésimo primer piso del hotel Fairmont.

Fábricas que producen arroz y verduras, frutas, salmón, bacalao, proteína en polvo y más productos estaban colocadas como en un tablero de go, con una central de fusión nuclear en el centro.

La costa norte de la isla, con los edificios del Gobierno y áreas residenciales, así como la costa este, habitada en general por los nativos de Patusan, no se ven desde este punto.

De hecho, por distancia, Patusan está más cerca incluso que la propia costa norte de Pala.

Sentada con la espalda muy recta en una pequeña silla de madera frente al escritorio, Graskamp, de rostro alargado como los modelos de Modigliani y con expresión apenada, está leyendo los archivos policiales sobre O’Shaughnessy.

Apodada por la gente de esta industria como «la bruja verde», la vicepresidenta de Green Fairy está al cargo de casi todo en la empresa, a excepción de la labor oficial de esta, la seguridad.

Eso significa que es responsable, directa e indirectamente, de todas las muertes y desapariciones sospechosas relacionadas con la compañía.

Sin embargo, a nadie le interesa saber quién muere o desaparece a manos de Green Fairy, y buscar las conexiones entre estos incidentes y la empresa es una tarea tanto tediosa como complicada.

Esta mañana, Green había entregado una declaración impecable a la policía de Patusan: «O’Shaughnessy llevaba ya varios meses en una misión de protección de ciertos agentes afiliados al Frente de Liberación de Patusan.

No importa lo que ustedes piensen, ellos también cumplen los requisitos para recibir protección.

En cuanto a por qué O’Shaughnessy estaría trabajando como espía para el Frente, tampoco lo sabemos.

No tenemos nada que ver con eso, hace mucho que cortamos el contacto con ellos».

La policía no se lo habría creído todo, claro, pero la historia era perfecta hasta el más mínimo detalle.

Escucho a mi espalda la calmada voz de barítono de la bruja verde.

—Nosotros no matamos a O’Shaughnessy. No importa si se lo creen o no, pero es la verdad, Mac.

No tratamos así a nuestros empleados. Además, deshacerse de esa forma de alguien tan capaz como O’Shaughnessy es una lástima.

Trabajaba bien, sí, pero ¿sabes todo lo que invertí en su cuerpo y su cerebro?

Su última intervención fue hace casi una semana.

Pensamos sacar todo lo que se pueda aprovechar antes de que empiece a descomponerse, pero nuestras pérdidas no han sido pequeñas que digamos.

—¿Y si alguien manipuló algo durante esa última operación? —le pregunto.

—¿Te crees que seríamos tan descuidados en algo tan importante como la modificación de un agente de campo?

Además, no es algo que podría haberse hecho simplemente hackeando el worm .

Está claro que el plan llevaba en marcha desde hace un año, como mínimo.

No serán los más trabajadores, pero esos tipos seguro que tienen mucho tiempo y dinero.

—¿Y dices que no pudo ser el Frente de Liberación?

—Vamos, no pensarás eso tú también, ¿no? Esto no encaja en la historia de nadie. Tiene que haber sido alguien desconocido para Green Fairy. ¿De veras no sabes nada? ¿Es ese empleado vuestro tal y como se describe aquí?

—Así es.

Graskamp entorna los ojos y me señala con el índice huesudo de su mano derecha raquítica.

—Todo esto me huele raro, Mac. Está pasando algo. No creas que vamos a frenar aquí nuestra curiosidad, queremos saber. Y no creo que nosotros dos seamos los únicos a los que les da mala espina esto. Si quieres seguir protegiendo a ese amiguito tuyo, más te vale elegir un bando pronto.

—Si existe la milésima posibilidad de que ese amiguito sea realmente importante y te pido ayuda, ¿vendrás? —vuelvo a preguntar con cautela.

—Quién sabe. Ahora mismo, lo veo difícil. Además, si te doy algo, debería recibir yo también algo de vuelta. Y lo único que nos sirve es información. ¿Puedes darnos eso?

Guardo silencio. Como si ya se esperase mi reacción, Graskamp sonríe, se levanta, abre la puerta y me hace salir de la sala. Bajo la mirada de los dos escoltas del pasillo, camino hacia el ascensor.

Una vez fuera del hotel, me dirijo al muelle.

Se está poniendo el sol. Unos muchachos delgados, con pinta de tener unos quince años, están pescando en un bote hecho con bloques multiusos.

Seguro que son nativos de Patusan, quienes viven casi todos en la costa oeste.

Después de que Pala se convirtiera en la fábrica de alimentos de Patusan, los pocos pescadores que quedaban cambiaron de empleo, o bien se trasladaron hasta Taprobana, aún más lejos que Tamoe.

Todos los que atrapan peces para comer en esas aguas son nativos de Patusan.

Un tercio de ellos aún no se han integrado al sistema de Pala.

Incluso utilizan su propia electricidad, extraída de siete generadores undimotriz cuyos cables se estiran hacia el interior del mar como tentáculos de calamar.

A pesar de que la mayoría de ellos estaban relacionados de una forma u otra con el Frente de Liberación, es difícil afirmar con seguridad que simpaticen con ellos.

Desde un principio, el Frente es una organización que no existe de forma tangible.

Sin sede, sin objetivos comunes y con una excesiva intervención externa.

Los pueblos aislados de Patusan en Pala no tienen relación con su origen.

Lo único que mantiene unido a ese grupo no es la avaricia, ni tampoco un patriotismo ambiguo, sino la obstinación y el romanticismo.

Son un puñado de excéntricos imprudentes que, aún en un mundo completamente cambiado tras la Gran Explosión, afirman que se puede vivir de forma autónoma sin ayuda del sistema de las grandes empresas.

Y no son el primer grupo de este tipo que se reúne en Pala.

El presidente Han despreciaba el planteamiento de esa gente.

Incluso antes de la Gran Explosión, vivir en armonía con la naturaleza era ya una fantasía sin sentido.

En la naturaleza, el humano solo es destructivo.

Lo mejor que puede hacer por ella es aislarse de la misma.

En su juventud, el presidente Han se obsesionó con la realización de una arcología perfecta.

Más tarde, mientras avanzaba en el desarrollo de LK Space, sus obsesiones se centraron en los skyhooks y el ascensor espacial, pero eso no significa que sus intereses de antaño hubieran desaparecido.

La ciudad de Patusan, que caía desde lo alto de la montaña como una cascada, era en sí un único edificio de enormes dimensiones que, en caso de quedar aislado, en teoría podía subsistir en una perfecta arcología.

Solo habíamos decidido traspasar algunas funciones a Pala por motivos políticos.

Y durante los últimos años de vida del presidente Han, dimos lo mejor de nosotros para cuidar de la mayoría de los habitantes de Patusan en Pala.

Darles una compensación monetaria directamente era algo impensable, aunque sí podíamos ofrecerles trabajo en la fábrica de Pala y convertirnos en un patrocinador anónimo que donase generadores de energía undimotriz.

Por ese entonces, creíamos que, con tenerlos contentos, el negocio podría seguir avanzando sin problemas.

Pero ahora no estoy tan seguro. A medida que perdía las bases de lo que es la humanidad en este mundo moderno, el Frente de Liberación se había convertido en algo impredecible y radical.

No teníamos manera de desmantelarlo de forma segura.

Lo único que podíamos hacer era reconocer que, como grupo, no eran tan fáciles de controlar como pensábamos.

Me subo al ferri que sale dentro de cinco minutos. Todos esos barcos que conectan Pala con Patusan se mueven siguiendo los raíles de inducción extendidos bajo el mar, son básicamente trenes flotantes. Varios pasajeros observan desde cubierta cómo el sol desaparece tras la isla de Pala.

La bruja verde tiene razón. Ya no puedo ignorar más el hecho de que Choi Kangwu es un tipo extraño.

Pronto, las grandes potencias que vigilan Patusan olerán la sangre y acudirán en masa como moscas.

Quienes piensan que Choi Kangwu oculta algún secreto acelerarán el ritmo.

¿Podrá ese simplón sobrevivir en medio de toda esa vorágine?

¿Podré sobrevivir yo?