Cómo usar cebo humano
El nombre real del doctor Zachary Sekewael es Neberu O’Shaughnessy.
Nacido en Pala, cuenta con otras dos nacionalidades más, en Irlanda y Sulaco.
Debe llevar al menos tres carnés de identificación consigo, cada uno mostrando al menos dos nacionalidades.
Cómo son las cosas; unos sin ninguna nacionalidad, y a otros les sobran.
No le interesan las mariposas, ni tampoco el ascensor espacial.
O’Shaughnessy es un agente de campo de la empresa Green Fairy, con sede en Vientián.
Solo con oír el nombre de la compañía, uno puede pensar que venden alcohol de primera calidad, pero en realidad se dedican a la seguridad.
Al menos, es lo que se ve desde fuera. Bajo la superficie, se trata de una agencia de espías.
Y aunque se especializan en esa industria del espionaje, no hacen distinción en cuanto a sus clientes.
La razón por la que sé de ellos es porque, por una breve temporada, el LK fue uno de ellos.
Ya no subcontratamos para estos temas, pero ocho años atrás, la cosa era diferente.
La situación en sí no había cambiado mucho, es solo que quedó revelado el nombre de una compañía contratada por el Frente de Liberación.
No hay necesidad de involucrar a Choi Kangwu, ya que tanto O’Shaughnessy como el Frente han perdido hace tiempo el interés por este pobre.
Si siguiera adelante con esto, sería puramente por mi propia curiosidad. ¿Verdad?
Pues no. Cuatro días después de mi entrevista con Choi Kangwu, me manda un mensaje. Al parecer, el doctor Sekewael había vuelto a Patusan y le invitaba a quedar al día siguiente. ¿Y ahora qué?
Ya habíamos calculado de antemano los próximos movimientos del Frente.
Tras el ataque del Distrito de Gondal, habrían reorganizado la información sobre nosotros de la que disponen.
También debían de haber supuesto que sabíamos acerca de la relación entre O’Shaughnessy y Choi Kangwu.
El valor de este último, antes por los suelos, ahora está por las nubes, ya que sabemos que podemos utilizarlo para manipular a O’Shaughnessy.
Las variables son infinitas. Por ejemplo, podemos contratar de nuevo a Green Fairy, justo delante de las narices del Frente. Quizá era ese su objetivo.
Dentro de esta turbia niebla de posibilidades, solo hay una cosa segura. Choi Kangwu debe aceptar esa invitación.
Preparo unos documentos oficiales y le mando llamar a Asuntos Exteriores.
Todos en Patusan saben que este departamento es básicamente una agencia de espionaje con un nombre aburrido, y es tedioso tener que inventarme un motivo para llamar a un técnico novato como él, así que ni lo intento.
Quiero reducir al máximo las complicaciones innecesarias, tanto por nosotros como por el Frente de Liberación.
Cuando Choi Kangwu nos sigue afuera, alguien da unos golpecitos rítmicos en el escritorio al tiempo que silba una melodía familiar.
Es la banda sonora de unas películas antiguas de espías que nadie ha visto, pero que todo el mundo conoce.
Luego, mi asistente Miriam Andretta le envía a Choi Kangwu la información, reducida a un cuarto de lo que solía ocupar.
A medida que el complot se ha ido complicando con el tiempo, mi narrativa ha ido perdiendo fuerza.
Sin embargo, la información que Choi Kangwu debe saber para esta misión no ha cambiado.
Solo tiene que seguir nuestras órdenes con tranquilidad, sin sospechas inútiles.
Miriam le coloca un pequeño auricular en el oído y una pegatina con una cámara y un micrófono en la horrorosa camisa hawaiana.
También existe una forma de conectarse directamente con el worm que la empresa le dio sin coste alguno, pero no es que haga falta recurrir al cerebro de otro para resolver este asunto.
La única ventaja que tiene el implante es que la información visual que llega a través de él es más precisa.
Y lo que es más importante, hay que mantener cierta distancia mental al trabajar con alguien tan inexperto.
Una vez está todo listo, Choi Kangwu sale del edificio, toma las escaleras mecánicas y desciende lentamente hacia la costa.
Tanto Miriam como yo le seguimos manteniendo unos cien metros entre él y nosotros al tiempo que comprobamos de reojo de vez en cuando las dos pantallas en una esquina de nuestra visión, con las imágenes que llegan de la cámara en la pegatina y de la sede central.
Las cámaras de vigilancia de la isla y los drones de seguridad aseguran la posición de ese tal Sekewael.
Observo la cara de perfil de un hombre bajito con un sombrero de paja comprado en un puesto de playa, sentado en un banco y mirando las ruinas de la vieja ciudad.
Cuando llega Choi Kangwu, vemos de frente a Neberu O’Shaughnessy.
Es el rostro de un estafador profesional, con un implante cosmético bajo la piel que le permite cambiar de apariencia en segundos siempre que lo necesite.
Quizá hasta tenga también un set extra de huellas dactilares.
No obstante, sabiendo ya su verdadera identidad, es fácil ver más allá de esa fachada.
Cada uno con un vaso de acero inoxidable con diabolo menthe , los dos hombres se ponen a hablar de mariposas.
Al parecer, el doctor Sekewael ha regresado a la isla debido a un importante descubrimiento.
Un pariente suyo ha fallecido hace poco, y la herencia incluye un diario del siglo XIX escrito en francés por un marinero polaco y una colección de mariposas, entre las que hay un espécimen extinto en el siglo XX .
No está en las mejores condiciones, pero es suficiente para extraer su ADN en el Museo de Historia Natural de Patusan y recrearla. ¿No es algo fascinante?
Todo mentira. El programa de reconocimiento facial revela que O’Shaughnessy está actuando, recitando esas frases de memoria.
Mantiene la vista fija en el rostro de Choi Kangwu para poco después mirar a los lados.
Sabe que le estamos observando. A veces, sus ojos se posan en la pegatina por unos instantes, pero es difícil saber si se ha dado cuenta de que hay una cámara ahí.
Entonces O’Shaughnessy se levanta, diciendo que le enseñará el espécimen, y Choi Kangwu le sigue.
Revisando toda la información que me llega de golpe por las dos ventanas, voy tras ellos.
Ahora que no puedo leer sus expresiones, solo puedo predecir lo que van a hacer por sus gestos.
El programa de IA de Asuntos Exteriores me muestra las posibles rutas que pueden tomar.
El mapa se abre y aparecen varias líneas amarillas hacia el hotel donde se hospeda O’Shaughnessy.
No es el mismo en el que se ha quedado otras veces.
No hay ninguna norma en contra de eso, pero hay que desconfiar de cualquier cambio.
El número de líneas disminuye una a una.
De las que quedan, ninguna es corta. Supongo que tiene pensado ver un poco más las ruinas y el mar. Bueno, puede ser.
De repente, una de las líneas amarillas sale directa hacia el mar. Al otro extremo de ella hay un hidroavión WIG sin tripulación.
Una vía de escape.
Me asaltan innumerables posibilidades que no se me habían ocurrido hasta ahora.
Pensaba que O’Shaughnessy veía a Choi Kangwu como un peón nuestro.
Que cada parte analizaría la próxima mano del otro, habría un poco de tira y afloja con el cebo humano que le habíamos enviado y que nos lo devolvería.
Una vía de escape no encaja en mis hipótesis.
Tal vez no es eso. A lo mejor la nave está esperando a algún viajero que ha desembarcado para dar un corto paseo por la playa.
Pero ¿y si tengo razón? ¿Y si O’Shaughnessy tiene un as en la manga?
¿Un secuestro, quizá? No tiene ningún sentido, considerando las diferencias entre sus físicos y que sabe que los vigilamos.
Además, no importa que suban al hidroavión, es imposible escapar de la policía de Patusan.
Cada vez van quedando menos líneas amarillas, mientras que la de la vía de escape se va haciendo más ancha. Ambos hombres caminan ya sobre el rompeolas desierto. Tengo que esperar, es lo más lógico. Esperar y tratar de entender las intenciones de O’Shaughnessy.
—¡Escapa, idiota!
Grito y corro hacia ellos. Al oírme, Miriam sale corriendo en la misma dirección, sin saber por qué.
Choi Kangwu me oye también, se para en seco, da media vuelta y empieza a correr hacia mí.
Pero O’Shaughnessy hace lo mismo. Lleva algo en la mano izquierda.
Parece una tubería corta, pero sin duda es un arma letal.
Por mucho que bloqueen la entrada de armas de fuego a la isla, no se puede frenar a todos los que usan impresoras 3D portátiles para crearlas.
Choi Kangwu tropieza con una piedra saliente y cae en una postura ridícula.
El otro se sienta sobre él aplastándole el trasero y alza la tubería.
En ese instante apunto a su hombro y disparo.
Dos balas de cromo salen del cañón, impactándolo en ese mismo punto y en el pecho.
O’Shaughnessy convulsiona y cae inconsciente, mientras que la tubería cae de su mano y rueda hacia el mar.
En ese momento, Choi Kangwu se levanta entre tambaleos. Con una expresión de conmoción ante esa violencia tan repentina, se le cae la baba por la comisura izquierda de la boca.
El mar se ilumina con una explosión. El hidroavión WIG al final de la línea amarilla ha volado por los aires.
Al mismo tiempo, O’Shaughnessy chilla. Su alarido se prolonga por cinco segundos, para terminar de una forma tan abrupta como ha empezado.
De repente, su ojo izquierdo se enrojece y brota la sangre.
Algo ha explotado dentro de su cerebro.