Contraoferta VEINTITRÉS
48%

VEINTITRÉS

El silencio que sigue a mi respuesta es tan denso que parece que el oxígeno ha desaparecido de la terraza de Key Biscayne.

Sofía no aparta la mirada. Sostiene mi escrutinio con la misma firmeza con la que defiende una valoración de mercado ante el board.

En este instante, despojada de la iluminación artificial del hotel y de la vigilancia de Marcus, su vulnerabilidad aparece de forma progresiva, como una fotografía que se revela con lentitud en un cuarto oscuro.

—Tu madre es una mujer perspicaz. —Ella rompe el hechizo con un tono que busca recuperar la ironía—. Pero se equivoca en algo: el corazón no es una partida que se pueda ganar mediante un pacto de conveniencia.

—El corazón es una variable no cuantificable que suele arruinar los mejores planes de negocio.

—Apoyo las manos en la barandilla, y le doy la espalda para recuperar mi propio centro—.

Sin embargo, aquí estamos. Compartimos el mismo abismo porque un traidor común decidió que nuestras carreras eran un daño colateral aceptable.

—¿Es eso lo que te preocupa? ¿Que Philip Neva sea el único que logre hacernos trabajar juntos sin matarnos en el intento? —Ella se levanta y camina hacia mí. Sus pasos descalzos sobre la madera son un ritmo que mi pulso decide imitar de forma involuntaria.

Se detiene a mi lado. El viento agita su cabello negro y liso, y suelta algunas hebras que rozan mi antebrazo.

El contacto es mínimo, apenas un cosquilleo, pero la reacción en mi sistema es desproporcionada.

Siento la urgencia de cerrar la distancia, de comprobar si su piel es tan cálida como sugiere el color de su vestido, pero mi propia disciplina actúa como un freno de emergencia en mi cerebro.

«Nada de erotismo directo temprano. Usar proximidad y silencios».

—Me preocupa que el precio de tu autonomía sea mi propia estabilidad.

—Vuelvo la cabeza hacia ella. La cercanía es ahora peligrosa.

Puedo ver los destellos dorados en sus ojos castaños, la marca de una determinación que no conoce límites—.

Si el trato funciona, tú consigues tu ascenso y te marchas a fundar tu propio fondo.

Pero yo me quedaré en esta casa, en este búnker, y sabré que el silencio ya no es un refugio, sino una carencia.

Ella entorna los ojos. Una pregunta sin responder flota entre nosotros, cargada de un subtexto que ninguno se atreve a verbalizar. La tensión es una cuerda que se tensa hasta el límite de la ruptura.

—No eres un hombre que se conforme con la carencia, Nik Vargas. —Su voz posee una suavidad que me desarma más que cualquier argumento financiero—. Eres un estratega. Siempre guardas una contraoferta en la recámara.

—En esta ocasión no hay contraoferta posible que no incluya una renuncia total a mi control.

Doy un paso hacia ella, y rompo esa última frontera de seguridad que habíamos pactado en la cocina.

Sofía no retrocede. Inclina la cabeza hacia atrás, y me ofrece la línea de su cuello, un gesto de confianza incómoda que me indica que el acuerdo ya no existe, aunque siga firmado.

Mi mano se eleva, sin que yo lo decida de forma consciente, y mis dedos rozan la cicatriz invisible de su orgullo.

«Irreversibilidad. Algo está cambiando y no puede deshacerse».

—Dime por qué me has contado lo de tu familia. —Mi voz suena a sentencia y a súplica al mismo tiempo—. Por qué ahora.

—Porque necesito que entiendas que no soy tu enemiga.

—Ella apoya su mano sobre mi pecho, justo encima del corazón.

Siento el calor de su palma atravesar la camisa, una invasión que no deseo repeler—.

Philip Neva nos robó una vez. Si permitimos que nuestra desconfianza mutua le regale otra victoria, el error será solo nuestro.

La miro con fijeza. En este instante, frente al Atlántico y bajo el cielo de Miami, comprendo que el contrato de matrimonio por conveniencia es la farsa más pequeña que estamos representando.

La farsa real es fingir que podemos seguir viviendo bajo el mismo techo sin que el incendio nos devore a ambos.

—Mañana revisaremos los registros de Vargas Capital juntos. —Recupero una fracción de mi autoridad mientras mi mano sigue cerca de su rostro—. Encontraremos la prueba que necesitas para tu ascenso y la que yo necesito para mi paz.

—Y después de eso… —Ella deja la frase en el aire, una pregunta con doble significado que se pierde en el rumor de las olas.

—Después de eso tendremos que decidir si la contraoferta final merece el riesgo del capital.

Me separo de ella con una brusquedad que me duele.

Recojo los vasos y entro en el salón sin mirar atrás.

Escucho sus pasos en la terraza, el silencio que precede a su propia retirada.

Al llegar a la cocina, dejo el cristal sobre el mármol y me obligo a respirar hondo.

La tensión entre nosotros sigue escalando, pero me temo que la caída está mucho más cerca de lo que mis proyecciones indicaban.

«Confianza incómoda. Apertura parcial. El búnker ya no es seguro».

Subo a mi habitación, consciente de que la puerta de Sofía sigue abierta. El aroma de su perfume flota en el pasillo, una marca territorial que ya no puedo ignorar. Mañana todo puede cambiar, y presiento que la filtración en prensa que tanto temo no será el único quiebre que suframos.