Contraataque (Grant Hunter 3) Capítulo 12Grant
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Capítulo 12Grant

GRANT

—Cuéntamelo todo —dijo—. No lo suavices. No intentes controlarme. Dime la verdad.

Le dije que creíamos que Chase y Michaela seguían vivos.

Que la información apuntaba a rehenes, no a víctimas mortales, y que iba a recuperarlos.

No le hablé del vicepresidente, ni del tratado, ni del carácter extraoficial de lo que estaba planeando.

No necesitaba los detalles y, francamente, no necesitaba esa carga.

—¿Dónde está? —preguntó.

—En algún punto del Yucatán. Estoy intentando acotar la zona.

—¿Cuándo te vas?

—Esta noche.

Una pausa. Oía su respiración. Oía, o me imaginé que oía, el reloj de la cocina en la pared, detrás de ella, el que habíamos comprado en un mercadillo de Alexandria el primer año que vivimos en aquella casa. Veinte años de segundos desgranándose en una pared.

—Grant.

—Dime.

—Tráemelo a casa.

—Lo haré.

—No. —Se le quebró la voz—. Lo digo en serio. Tráeme a nuestro hijo a casa. Me da igual lo que cueste. Me da igual qué reglas tengas que romper, o a cuáles de tus amigos del Gobierno tengas que cabrear, o a quién tengas que matar. Apenas sobreviví al atentado. No sobreviviré a perder a Chase.

Cerré los ojos. Tenía la mano apoyada en la mesa, plana, con los dedos abiertos, como si la solidez de la superficie pudiera anclarme a la calma profesional que necesitaba mantener.

Pero las palabras de Beth habían encontrado la grieta del compartimento donde lo había encerrado todo y, por un momento, solo un momento, sentí el peso entero de lo que estaba pasando.

—Voy a recuperarlo. Pero, cariño, necesito que hagas algo por mí.

—¿El qué?

—No llames a las chicas. Todavía no. Necesito unos días antes de que nadie de la familia lo sepa.

Antes de que lo sepa nadie en absoluto. Si Torie se entera, se lo cuenta a Chris.

Chris hace llamadas a través de sus contactos navieros, intentando ayudar, y de pronto hay ruido en canales que no puedo controlar.

Si Hailey se entera, se lo cuenta a Alex, y Dios sabe qué hace el SVR con esa información.

—Me estás pidiendo que no les diga a nuestras hijas que han secuestrado a su hermano.

—Te estoy pidiendo que me des unos días de ventaja.

—Unos días —dijo—. Después llamo a Hailey. Ella se encargará de las demás. Siempre lo hace.

—Gracias.

—No me des las gracias. Llámame cuando aterrices. ¿Y Grant?

—Dime.

—Se te oye fatal. ¿Cuándo has comido por última vez?

En realidad no me acordaba. Pero fui lo bastante listo para no reconocérselo.

—Comeré en el avión —dije.

—Más te vale. —Hizo una pausa—. Te quiero.

—Y yo a ti.

Quedaba una llamada más, pero tenía que esperar unas horas para hacerla.

—Tu cubano está vivo —dijo Coyle sin preámbulos cuando por fin marqué su número—.

Había estado en Santiago, no en una revisión disciplinaria, sino de largas vacaciones con su amante.

Ya está de vuelta en La Habana y he cursado el pedido.

Orlan-10, dos unidades, más una estación móvil de lanzamiento terrestre y un módulo de enlace ascendente por satélite.

Puedo tener el material y la rampa de lanzamiento donde los necesites en treinta y seis horas.

El enlace por satélite estará operativo a bordo del barco de mi colega mañana por la tarde.

Es un pesquero deportivo de trece metros y medio con base en Isla Mujeres.

No es elegante, pero aguanta el mar, y el propietario sabe que no debe hacer preguntas.

Haré venir a mi técnico desde Marsella para ocuparse de la integración.

Un francés que se llama Pascal. Tendrá el enlace funcionando pocas horas después de que llegue el material. Yo iré uno o dos días más tarde.

—¿Y el coste?

—Ya lo hablaremos cuando esto acabe. Yo no pongo precio a los favores, Grant. Pongo expectativas.

La familia de Coyle llevaba casi un siglo operando según ese principio.

Un favor hecho ahora a cambio de un favor mucho mayor que se cobraría en el futuro.

Durante la Ley Seca, su bisabuelo irlandés y católico pasó whisky canadiense por el lago St. Clair para la Purple Gang , cuando muchos otros no querían hacer negocios con los mafiosos judíos que controlaban el crimen organizado en Detroit.

Años después, el abuelo de Jerry amplió la fortuna y la influencia de la familia con sus tratos con la Detroit Partnership ítaloamericana, dirigida por Joseph Zerilli y más tarde por Giacomo «Black Jack» Tocco.

Los gánsteres podían cambiar. La contabilidad, nunca.

—Espera contacto de mi operadora de vigilancia en las próximas veinticuatro horas —dije—. Indicativo «Spectre One-Five». Coordinará con tu técnico el establecimiento del enlace.

—Spectre One-Five. Qué dramático. Nos vemos en unos días —dijo. La línea se cortó.

Solté el aire. La vigilancia aérea volvía a estar en marcha. No era el sistema limpio e integrado que yo quería, sino una alternativa viable montada con piezas sueltas, favores y un coronel cubano que por fin se había cansado de echar polvos.

Antes de salir del despacho metí mi copia del PDB en una bolsa de destrucción y la guardé bajo llave en una caja fuerte para destruirla más adelante.

Tenía edad suficiente para acordarme de cuando las bolsas se echaban por conductos de gravedad que bajaban directamente al sótano, donde se incineraban con todo su contenido.

Las averías, sumadas a los problemas de seguridad y medioambientales, acabaron casi por completo con los conductos y con los hornos.

Ahora el personal de seguridad recogía las bolsas y las llevaba a trituradoras y desfibradoras de tamaño industrial, donde se destruían los documentos clasificados.

Luego salí a buscar a Dixon. Teníamos un avión que coger.

El trayecto de Dulles a Cancún duró tres horas y cuarenta minutos en un vuelo comercial de Aeroméxico abarrotado.

Viajé en el asiento 14C con un carné de conducir de Michigan a nombre de mi seudónimo, «Scott McCleod», un pasaporte a juego y una bolsa de emergencia como equipaje de mano con tres mudas de ropa civil, un neceser y absolutamente nada que me identificara como empleado de la Agencia Central de Inteligencia.

Dixon iba más atrás en el avión, con su propio alias.

No habíamos hablado desde la terminal. No volveríamos a hablar hasta estar en tierra y lejos del aeropuerto.

Pasé el vuelo intentando leer Twelve Mile Bank , de Nicholas Harvey.

Una novela de aventuras tropicales que había comprado en el aeropuerto y que, irónicamente, seguía las andanzas de un instructor de buceo en las Islas Caimán.

Al final guardé el libro y me puse a repasar mentalmente escenarios operativos.

El plan, si es que podía llamarse así, tenía tres fases.

Fase uno: llegar a las instalaciones de John Gage a las afueras de Chetumal, enlazar con sus activos y establecer una base de operaciones avanzada.

Fase dos: usar los drones de Coyle y la vigilancia de Andi para localizar y confirmar el lugar donde tenían a los rehenes. Fase tres: recuperar a mi hijo.

Las fases uno y dos iban tomando forma. La fase tres seguía siendo una página en blanco.

Aterrizamos en el aeropuerto internacional de Cancún a las 22:40 hora local.

Incluso a esas horas de la noche el aeropuerto era un manicomio.

Los estudiantes de spring break y los turistas atascaban la sala de llegadas, los operadores turísticos agitaban carteles, los taxistas gritaban destinos.

El caos era la tapadera perfecta para que dos estadounidenses agotados por el viaje y con equipaje de mano desaparecieran entre la multitud sin llamar lo más mínimo la atención.

Dixon y yo nos reunimos en el aparcamiento, donde Gage había dejado una Toyota Hilux blanca en la fila 3F con las llaves debajo del parasol.

Una nota en el salpicadero, con la letra de John, decía simplemente: «Hacia el sur por la 307.

Seis horas. No corras. Los policías entre Tulum y Felipe Carrillo Puerto están comprados».

Condujimos toda la noche. La 307 era una carretera de dos carriles que bajaba hacia el sur por la costa del Caribe, atravesando una selva tan densa que los faros no penetraban la línea de árboles.

Pasamos por Playa del Carmen, todavía iluminada y vibrando de vida nocturna a medianoche, y luego por Tulum.

A partir de ahí, los bares turísticos dieron paso por fin a la oscuridad.

Al sur de Tulum la carretera se vació. Cruzamos un control militar cerca de Felipe Carrillo Puerto, pero los soldados, con linternas y armas automáticas, nos hicieron señas para que siguiéramos sin parar.

Dos gringos en una Hilux por la carretera de la costa. Nada especial.

Conducía Dixon. Yo iba de copiloto, mirando la selva.

En algún punto de allí fuera, hacia el oeste, más allá del muro de manglares, mi hijo estaba encerrado en una habitación.

La distancia entre nosotros se acortaba con cada kilómetro, pero el abismo entre saber dónde estaba y sacarlo de allí seguía siendo enorme.

Llegamos a Chetumal a las 06:10. La ciudad era una tranquila población fronteriza en el extremo sur del Yucatán, pegada a la frontera con Belice.

Una zona donde la selva se juntaba con la bahía y el comercio se repartía más o menos a partes iguales entre el negocio legal y todo lo demás.

Las instalaciones de EGA de John estaban diez minutos al norte de la ciudad, al final de un camino de grava que terminaba en una valla metálica coronada de concertina.

Un guardia abrió la verja y nos hizo pasar sin decir palabra.