Contraataque (Grant Hunter 3) Capítulo 1Xcalak
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Contraataque (Grant Hunter 3)

Contraataque (Grant Hunter 3)

Por Scott Urbach

© inepub.com

Capítulo 1Xcalak

XCALAK

El agua cálida del Caribe pasaba del turquesa al índigo a los doce metros y luego al negro a los veintiuno.

Chase Hunter observó la transformación a través de las gafas mientras descendía hacia las profundidades, siguiendo la hilera de focos de buceo que tenía debajo como estrellas que caían hacia un cielo invertido.

Por encima, el casco del barco era una sombra oscura recortada contra la luz creciente de la luna.

Era la última noche de un viaje de una semana en un barco de buceo con alojamiento a bordo por la península de Yucatán, en México, y Carlos, su divemaster , había dejado lo mejor para el final.

Hacían una inmersión nocturna a ocho kilómetros de la costa de Xcalak, un diminuto pueblo de pescadores justo al norte de la frontera con Belice.

Durante el briefing previo, Carlos había pronunciado el nombre del pueblo como «Ish-ka-lak» y les había explicado que bucearían en un parque nacional marino protegido, en el arrecife Mesoamericano, el segundo sistema arrecifal más grande del mundo.

Michaela Olson, la novia de Chase, flotaba a su lado y ajustaba la flotabilidad, con el pelo oscuro recogido en una coleta suelta que le ondeaba por encima mientras descendía.

Se movía en el agua con una soltura natural que, en comparación, volvía torpes los movimientos de Chase.

La temperatura del agua había rondado los treinta y dos grados toda la semana, lo bastante cálida para que los dos abandonaran los trajes de neopreno después del segundo día y pasaran el resto del viaje buceando sin nada más que las licras de Diventures-Omaha sobre el bañador.

Aquel viaje no tenía nada que ver con la cantera helada de casa donde habían sacado la certificación de aguas abiertas, tiritando dentro de gruesos trajes de siete milímetros, con capucha y guantes, y aun así casi sin sentir los dedos al final de cada sesión.

Estaban de vacaciones de primavera, el spring break de sus estudios en la Universidad de Nebraska, unos días libres antes de que Chase volviera a la rutina machacona de los entrenamientos de primavera y preparara su última temporada con los Huskers.

A veintiún metros de profundidad y a oscuras, se preguntó si habrían estado locos al ahorrar para algo tan caro.

Justo entonces, el foco de Michaela barrió un enorme coral cerebro, lleno de actividad.

Una gamba limpiadora se escurrió por una grieta en un revoltijo desbocado de patas y antenas.

Cerca, un pez loro pasaba la noche dentro de un capullo vidrioso de mucosidad que usaba para protegerse de los depredadores.

Chase apagó el foco y flexionó los dedos en la oscuridad, y le arrancó al agua un destello verde.

Agitó la mano y desató una tormenta de puntitos brillantes.

Michaela lo vio e hizo lo mismo, sonriendo con la boquilla entre los dientes.

Los dinoflagelados bioluminiscentes, agitados por el descenso, chispeaban como luciérnagas azul verdosas.

Michaela giró despacio y sus movimientos desencadenaron cascadas de luz viva.

Chase imitó en broma el snap de un balón de fútbol americano y vio que sus brazos dejaban una estela de galaxias submarinas centelleantes.

Había leído sobre aquel fenómeno en la clase de biología marina, pero leerlo y verlo eran dos universos distintos.

Aquello era magia. En ese momento, Chase supo que el viaje había valido cada céntimo.

Carlos guio al grupo despacio por el arrecife y se detuvo para iluminar con el foco un raro nudibranquio, de llamativo cuerpo naranja perfilado en morado y negro.

Harry y Linda Miller lo seguían en formación perfecta, con los focos barriendo la pared de arrecife de forma coordinada.

Chase llevaba toda la semana admirándolos.

Los dos rondaban los setenta y cinco años y eran los buceadores más sólidos que había visto nunca.

Harry era expolicía militar del Ejército y detective de homicidios jubilado de Newark, y de algún modo, con los años, había sacado tiempo para convertirse además en un consumado instructor de buceo.

Para no ser menos, su mujer Linda lo igualaba bajo el agua, respiración a respiración, giro a giro. Lo hacían parecer fácil.

No podía decirse lo mismo del padre y el hijo de Boston.

Chase miró atrás y vio a Brad Kellerman peleándose con la flotabilidad, como siempre, subiendo y bajando como un corcho mientras su hijo adolescente, Ethan, se agarraba al arrecife para estabilizarse.

Chase hizo una mueca. El arrecife no se tocaba nunca.

Eso lo enseñaban el primer día del curso de aguas abiertas.

Los dos habían sido un problema toda la semana.

Demasiado exigentes con la tripulación, siempre quejándose de algo y, lo peor de todo, saltándose una y otra vez los briefings de Carlos.

Harry se había pasado medio viaje arreglando sus meteduras de pata antes de que alguien saliera herido.

Cerrando la marcha iban Samantha y Julie, la pareja de recién casadas que había resultado ser la mejor sorpresa del viaje para Chase.

Sam, como le gustaba que la llamaran, era enfermera en Phoenix, con una risa contagiosa y una paciencia infinita.

Julie, su mujer, llevaba un blog de viajes y un canal de YouTube muy populares que habían reunido más de dos millones de seguidores.

Chase esperaba las típicas tonterías de influencer.

Poses constantes y obsesión por las fotos.

Pero a Julie le apasionaba de verdad el océano y no paraba de preguntar a Carlos por la ecología marina y por las formas responsables de proteger el mar.

Nueve buceadores descendieron a través de la oscuridad hacia un mundo transformado.

Eso era lo que a Chase le encantaba del buceo nocturno: hasta los arrecifes conocidos parecían ajenos y nuevos.

De día, el agua filtraba los colores a medida que uno bajaba y lo dejaba todo en azules y verdes apagados.

Pero de noche, bajo los focos, el arrecife estallaba en un brillo imposible.

Los corales ardían en rosa, morado y naranja.

Un gusano árbol de Navidad se retrajo en su tubo y dejó tras de sí un círculo perfecto de carmesí y oro.

Carlos indicó al grupo que se mantuviera a veinticuatro metros.

Se quedaron suspendidos en formación. Bueno, la mayoría.

Brad seguía rebotando y Ethan había caído otros tres metros antes de volver a subir a patadas.

Harry se acercó y le hizo un gesto lento y exagerado: las manos juntas y luego abiertas.

Respira. Relájate. Ethan asintió, pero tenía los ojos muy abiertos detrás de las gafas.

El chico estaba asustado y su padre estaba demasiado ocupado con su propia y pésima técnica para darse cuenta.

Carlos los llevó hacia el norte por la pared de arrecife, siguiendo un canal donde la corriente traía agua rica en nutrientes desde las profundidades.

Una morena verde de dos metros, gruesa como una manguera de incendios, salió de su agujero.

El foco de Sam la iluminó y Chase vio cómo le apretaba la mano a Julie de pura emoción.

La morena probó el agua abriendo y cerrando la boca y mostró los dientes curvos, diseñados para sujetar peces que forcejean.

Luego se alejó ondulando para seguir cazando.

Un momento después, un pulpo de arrecife del Caribe se cruzó en su camino a propulsión, con la piel mudando del rojo al marrón y al blanco en rápida sucesión ante nueve visitantes inesperados.

Desapareció entre un amasijo de rocas y dejó a la vista solo la punta de un tentáculo.

A los veinte minutos de inmersión, el foco de Linda captó algo que la hizo detenerse.

Le hizo una señal a Harry, que avisó a Carlos.

El divemaster se acercó nadando y Chase vio cómo le cambiaba el lenguaje corporal de inmediato: los hombros se le tensaron, los movimientos se volvieron urgentes.

Carlos echó la mano atrás y golpeó la botella con el mosquetón de doble extremo que llevaba colgado del chaleco hidrostático (BCD) para llamar la atención de todos.

Barrió con el foco lo que tenían delante.

Una red de enmalle se extendía a lo ancho del arrecife como un fantasma.

El muro casi invisible de sedal de monofilamento llegaba hasta la superficie y se prolongaba hacia la oscuridad por ambos lados.

A Chase se le cayó el alma a los pies. Aquellas redes ilegales mataban de forma indiscriminada y atrapaban todo lo que nadara hacia ellas, desde peces y tortugas marinas hasta el delfín moteado del Atlántico, en peligro de extinción.

Por desgracia, aquella red no estaba vacía.

El foco de Chase recorrió unas formas oscuras suspendidas de manera antinatural en la columna de agua.

Tiburones. Al menos cinco que alcanzaba a ver, quizá más.

Un tiburón martillo juvenil, con su característica cabeza ancha y plana, atrapado en varias vueltas de sedal, con las branquias apenas en movimiento.

Dos tiburones de arrecife del Caribe, ya muertos, con los cuerpos rígidos.

Un tiburón nodriza que se agitaba débilmente cerca del fondo de la red.

Y algo más grande, más adentro de la malla. Un tiburón toro, quizá, o un tigre.

Brad Kellerman nadó directo hasta la red, con el foco paseando por los tiburones atrapados. «¡No la toques!», quiso gritar Chase, pero bajo el agua lo único que pudo hacer fue mirar mientras Brad alargaba la mano.