Contra todos (Becados y dioses 1) Prólogo
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Contra todos (Becados y dioses 1)

Contra todos (Becados y dioses 1)

Por Moruena Estringanam

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Prólogo

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Hace cincuenta años...

Uriel Nelson, de solo veinte años, se despertaba con la noticia de que había perdido toda su herencia recién adquirida.

Lo habían engañado. Sus amigos lo habían traicionado.

Solo eso explicaría que él les cediera todo para construir, con la totalidad de su patrimonio, un internado universitario para niños ricos.

Y lo peor era que no recordaba nada de esa noche ni de las semanas anteriores.

Tenía un golpe en la cabeza y pérdida de memoria, y había estado bebiendo.

¿Qué narices había pasado para que diera todo su dinero?

¡No tenía sentido!

Fue a ver a sus amigos y le mostraron los papeles firmados donde, efectivamente, les cedía toda su fortuna para crear la Universidad Uriel Nelson; es decir, perdía todo su dinero a cambio de una universidad que llevaría su nombre y estaría ubicada en el palacio de la familia de su amigo Benicio Wilson.

—¡Esto debe de ser una broma! ¡Yo nunca os regalaría mi dinero!

—Pues ayer estabas muy dispuesto a firmar lo que fuera, y a primera hora lo preparamos todo —le dijo el que hasta entonces había sido su mejor amigo, Benicio. Lo conocía lo suficiente para saber que escondía algo.

—¡Llevadme al lugar donde me emborraché! ¡Tengo que recuperar la puta memoria!

—No, allí no eres ya bienvenido —dijo otro de sus amigos, Enetz Adams—. Ya no hay nada que ver.

—Y ya han empezado las obras —añadió Benicio Wilson.

—¿Por qué tantas prisas? —Los miró: los cuatro lo contemplaban como si fuera un apestado. Y lo peor era que tenía la mente nublada. Había olvidado el último año de su vida.

No recordaba nada de nada. Por eso no sabía qué lo había llevado a firmar aquellos papeles. Su abogado los revisó mientras sus hasta ese momento amigos esperaban, sabiendo que lo tenían todo bien atado.

—Como nos diste pena —Benicio sonrió de forma siniestra—, pusimos que si uno de tus descendientes consigue ser el mejor de su promoción te lo devolveríamos todo...

, pero solo si es antes de que mueras. Y dudo que alguien de tu estirpe sea lo suficientemente inteligente, viniendo de ti, o que nosotros le dejemos llegar tan lejos en nuestra universidad.

—Ahora somos los dueños de este lugar —dijo el joven Scott—. Y podemos hacer lo que nos dé la gana para joder a los nuevos.

—Cierto, ahora somos algo así como dioses por aquí, y más cuando les demos la universidad de sus sueños. —Aomar Harris miró a sus amigos con sed de poder. Siempre había sido así.

Iban a la mansión medio derruida de Benicio Wilson a hacer putadas a los jóvenes que los seguían, y hasta entonces Uriel Nelson lo había visto bien, o eso recordaba de hacía un año.

Les gustaba estar allí como putos dioses y que todos los siguieran como corderitos.

Pero nunca imaginó que sus mejores amigos lo dejarían fuera de esto.

—Míralo por el lado bueno: lo mismo consigues tener un hijo que no sea tan idiota como tú —apuntó Aomar Harris.

Los cuatro amigos se rieron. Siempre lo habían considerado el más tonto del grupo, por eso pusieron esa cláusula, porque no pensaban que alguien que descendiera de él pudiera ganarlos. La cláusula era una burla más.

Uriel Nelson pensaba que había piezas de ese puzle que no le cuadraban, pero, al no recordar nada de los últimos meses, sentía que estaba olvidando a alguien importante; el problema era que no conseguía recuperar la memoria.

El médico le había dicho que no estaba muerto de milagro.

¿Habían intentado matarlo? Imposible, eran unos cabrones, pero no los creía unos asesinos.

Tal vez, si volviera al lugar donde todo sucedió, podría recordar algo.

—Lo que no sabes es que en nuestra universidad no entran hijos de pobretones —dijo Benicio Wilson, que al parecer se había nombrado cabecilla del grupo al ser el dueño de la mansión—; si quieren entrar se lo tendrán que currar para conseguir una beca.

Y dudo que eso pase; nos encargaremos de joder bien a todos.

—Entonces tendré que cambiarme el apellido y que nadie sepa quiénes son mis descendientes. —Se dio cuenta tarde de que contar sus planes no le ayudaría en nada.

—Mira que es idiota, nos ha dado una pista. Ahora solo nos toca joder más a los putos becados. —De nuevo se rieron tras las palabras de Enetz Adams—. Porque te juro que no pienso dejar que nadie me quite nada de esto.

—Seré más listo y os venceré —juró Uriel Nelson.

—Hazlo, nadie podrá superarnos —dijo Aomar Har­ris riéndose y yendo hacia él—. Ahora, largo de aquí. Y como se te ocurra aparecer cerca de la mansión haré que te maten.

Uriel se marchó y, aunque trató de volver a la universidad, no pudo entrar porque había muchos guardias de seguridad.

Lo peor era que, cuando intentaba acercarse, el golpe en la cabeza le dolía tanto que sentía que se moría.

El médico le dijo que, poco a poco, tal vez recuperaría los recuerdos.

Pero forzar las cosas podía ser peligroso, por eso no lo intentó más y se marchó.

Cambió su apellido y empezó a trazar un plan para recuperarlo todo.

Escondió su rastro y desde entonces vivió solamente para recobrar la herencia.

En su vida solo tenía una meta, y haría lo que fuera por conseguirla.

Por derrotarlos. Aunque eso le costara la vida.

Uno de sus descendientes iba a derrotarlos, y entonces él lo recuperaría todo.

Y vencería a esos traidores, esos que se creían dioses.

Él ignoraba que lo que sucedió antes de la firma del contrato era mucho más importante que toda su herencia...

Y que había iniciado una guerra en la nueva Universidad Uriel Nelson. Una guerra entre becados y dioses.