Contra toda táctica (Corazones en juego 4) Capítulo 1
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Contra toda táctica (Corazones en juego 4)

Contra toda táctica (Corazones en juego 4)

Por Edine Mull

© inepub.com

Capítulo 1

KELSEY

Zoey. Ese era el nombre de la mujer que tenía delante, la misma que deslizaba los papeles de mi contrato por la mesa con un gesto de puro desagrado.

Desde que puse un pie en el departamento de Recursos Humanos, no se molestó en disimularlo.

No era la primera vez que sentía ese escrutinio, esa disección silenciosa, ese juicio apenas velado por ser creadora de contenido.

Para algunos, trabajar en redes era casi como cometer un crimen: como si por mostrar tu vida todo te llegara regalado, sin esfuerzo.

Nadie imaginaría lo que había detrás. O quizá me equivocaba y Zoey no tenía ni idea de quién era yo.

Tal vez su mala cara se debía a que me creía una enchufada.

La verdad es que, si estaba optando por este puesto, era por Mischa.

Bueno, gracias a ella o por culpa de ella.

Su exjefe había tenido un problema de salud y, de repente, mi amiga se encontró al mando.

Decía que todo la sobrepasaba y tenía razón: no llevaba tanto tiempo en los Rift como para cargar con todo lo que implicaba el puesto.

Pero su tío insistió en que estaba más que lista.

Yo también lo creía. Aunque, por un instante, me pregunté si no sería aquello una excusa bien construida para que yo aceptara el trabajo.

Mischa sabía perfectamente la situación tan complicada que estaba atravesando.

No voy a negar que al principio me resistí.

Primero, porque, aunque hubiera estudiado marketing deportivo, no tenía ni idea de lo que me iba a encontrar.

Nunca me había dedicado a ello. Y después, porque mudarme a Seattle significaba cerrar un capítulo o casi empezar de cero.

Como un bebé que gatea y balbucea sin sentido.

Así me sentía yo: despidiéndome de las redes —bueno, no del todo, pero sí dejándolas de lado—, de mi hogar en Nueva York y de Owen.

Ese chico que lo fue todo, con quien viví los instantes más bonitos y también con quien aprendí a romperme en silencio.

Irme a la Costa Oeste significaba aceptar que ya no habría un «nosotros». Y esa verdad dolía.

Pasé las hojas del contrato sin realmente leerlas.

Mis ojos iban directos a la línea donde debía firmar.

Tomé el bolígrafo. Tenía claro que con esa firma no solo aceptaba un trabajo; aceptaba un destino nuevo.

Pero tampoco es que tuviera muchas más opciones.

Mi mundo se había caído a pedazos y, de una forma u otra, debía seguir adelante.

Además, no todo era malo. Estaría cerca de mis amigos.

«Esto es lo mejor. En Nueva York ya no hay nada para ti», me repetí una y otra vez hasta reunir el valor. Y mientras la tinta recorría el papel, en mi mente me despedía del chico rubio de ojos azules y sonrisa eterna.

Le tendí los documentos a Zoey. Ella los agarró con la misma desgana con la que los había entregado y me pasó una copia.

—Ya está, ya formas parte de los Rift —sentenció sin una pizca de entusiasmo—.

En el contrato pone que tu incorporación sería mañana; sin embargo, hay órdenes de arriba de que te tomes los días que necesites para instalarte en la ciudad —se le atragantaron las palabras antes de añadir—.

Aprovecha tus privilegios. No todos los tienen, a menos que seas una estrella del hielo.

Sí. Tenía un problema conmigo y se aseguraba de que lo notara.

—Mañana estaré en mi puesto de trabajo —respondí, dejando clara mi molestia.

Me levanté, recogí la copia del contrato y salí del despacho sin mirar atrás. De Zoey no iba a obtener jamás una bienvenida: ni cálida, ni neutra ni remotamente educada.

Solo cuando estuve en el pasillo caí en la cuenta de que me había dejado el bolso. Perfecto. Justo lo que necesitaba: volver con la mujer que parecía disfrutar odiándome.

Solté un suspiro resignado, negué con la cabeza y giré el pomo para entrar. Me quedé en el umbral, esperando a que terminara la llamada. No quería cotillear, pero ahí estaba su voz, alta y clara, como si buscara que todo el edificio la escuchara.

—Sí, señor, mañana terminaré con las entrevistas de los seleccionados para el puesto de asistente de cuidado infantil en el estadio —decía, con un tono tan profesional como falso—. A última hora tendremos al postulante elegido. No se preocupe, para el próximo partido los niños tendrán cuidadora.

No pude evitar pensar en Mia. Fue mi niñera, sí, pero también la persona que estuvo ahí incluso cuando nadie más lo hacía. Y ahora lo estaba pasando mal por mi culpa. Sentí esa presión incómoda en el estómago, la misma que aparecía cada vez que recordaba por qué me encontraba en esa situación.

—Eh, ¿qué necesitas ahora? —La voz áspera de Zoey me arrancó de golpe de mis pensamientos.

—Ah, sí, perdón. Me olvidé el bolso —señalé la silla mientras entraba a recogerlo.

—Espero que en tu trabajo no seas tan despistada —soltó sin molestarse en disimular el desprecio.

Me mordí la lengua con fuerza. Ya había agotado mi cupo de paciencia por hoy. Aguanté por Mischa y también por Mia. Necesitaba que esa insufrible mujer aceptara al menos escucharme.

—¿Se puede saber a qué estás esperando? —chasqueó la lengua—. Estoy ocupada. No tengo todo el día para ti. Supongo que estás acostumbrada a ser el centro de atención, pero la gente trabaja. Aquí no somos parte de un séquito de fanáticos adolescentes.

Respiré hondo. «Cálmate, Kelsey. No has escuchado nada. Solo sonríe. Una de tus sonrisas ensayadas».

—Sin querer, oí parte de tu conversación —empecé.

Bufó, dándome a entender que ya estaba harta de mí.

—Conozco a alguien que encajaría muy bien en la vacante.

Se rio. Se rio en mi cara. Le brillaban los ojos. Disfrutaba haciéndome sentir pequeña. Quizá era eso lo que buscaba desde el primer segundo.

—Lo que quiero decir —insistí, respirando hondo— es que, ya que aún estás en el proceso de entrevistas, podrías hacerle una. Es una profesional increíble, te…

—No —se inclinó hacia adelante, alzó una mano y me hizo callar de golpe.

—¿Perdona? ¿Por qué no? —Mi voz subió un tono antes de que pudiera evitarlo.

—Porque no me da la gana. ¿Te vale?

—No, no me vale —contesté, sintiendo cómo el cabreo me quemaba el cuerpo—. Lo que estás haciendo es muy poco profesional. Y tu manera de tratarme, peor. ¿Cuál es tu problema? ¡Dímelo!

—Mi problema es la gente como tú —arrojó—.

A la que le regalan los puestos sin mérito, a la que todo le cae del cielo por ser quien es o por a quién conoce, mientras el resto tenemos que dejarnos la piel para conseguir lo mismo.

Así que no, no voy a entrevistar a nadie que venga recomendado por ti.

Y tampoco lo habría hecho contigo si dependiera de mí.

Sus palabras me tocaron donde más me dolía. Porque, en el fondo, una parte de mí también dudaba de si merecía estar allí. Yo no estaba por mi currículum. No del todo.

Ella lo percibió. Claro que lo hizo. Su sonrisa se ensanchó, victoriosa, como si acabara de ganar una batalla.

Sin decir palabra, abrí la puerta. El portazo salió solo, una explosión de la rabia que llevaba acumulada desde que había entrado en ese despacho.

Cómo odiaba estar en esa situación.

Cómo odiaba Seattle.

—Kels —la voz de Mischa, acercándose por el pasillo, me devolvió al presente—. Tía, ¿qué sucede? Dime que no te has echado atrás.

—No, no —negué rápido—. Aunque quisiera, tal y como está mi vida, trabajar en los Rift es una oportunidad única. Así que, Pecas, a partir de ahora serás mi jefa. Qué fuerte. Me he enrollado con mi jefa —solté una carcajada y ella respondió con otra antes de lanzarse a abrazarme con fuerza.

—Va a ser genial volver a estar juntas. Te extrañé muchísimo —aseguró, separándose un poco para mirarme a los ojos—. Ya lo verás: serás muy feliz aquí. Seattle te acabará enamorando.

Puse una cara que lo decía todo, aunque sin llevarle la contraria. Ella y Jordan estaban eufóricas desde que anuncié mi llegada.

—Sí, va a ser genial —repetí sin mucho entusiasmo.

—Kels, ¿qué te pasa? ¿Es por Owen? —se enganchó a mi brazo y empezó a caminar conmigo pasillo abajo, alejándonos de los despachos.

—No te voy a mentir —suspiré—. Venir aquí no es cerrar un capítulo, sino un libro; de los que ya no se vuelven a abrir.

Pero sé que alejarme es lo mejor, lo más sano, incluso estar sola por un tiempo.

El problema radica en que no me siento bien con todo esto, Pecas.

Hace un minuto tuve que quedarme callada mientras la irritante de Zoey insinuaba…

qué narices, me acusó directamente de no merecer este puesto.

Y lo peor es que tiene razón. No tengo ni idea de nada de esto.

Desde la adolescencia he vivido entre redes y ahora estoy en un equipo de hockey con responsabilidades enormes.

Una mínima cagada y puedo fastidiarlo todo.

—Tienes miedo, Kels —se detuvo y me recogió un mechón detrás de la oreja—.

Los cambios asustan, pero son necesarios.

Y, respecto al trabajo, estás más que cualificada.

Tienes la titulación, manejas redes como nadie, cámaras, eventos, marketing …

—sonrió, orgullosa—. Eres una de las influencers más importantes del país y ahora, además, estarás en las relaciones públicas del equipo.

¿Quién mejor que tú para llevar sus cuentas y crear contenido?

—Eso es lo que más me preocupa, Mischa —confesé bajito—. Estoy cayendo en picado. Perdí seguidores, recibo hate cada día, se cancelaron todos mis contratos desde que rompimos… El mundo me odia, básicamente. Y, por más que lo intento, no remonta. ¿Y si pasa lo mismo aquí?