Consejos envenenados 14
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Durante los últimos días Marta había estado extraña.

No era una tristeza.

Tampoco era preocupación.

Era algo diferente.

Una especie de calma que no sabía interpretar.

La conocía lo suficiente para saber cuándo algo le rondaba la cabeza, pero también sabía que Marta no era como las personas que habían formado parte de mi vida antes.

Ella no decidía por mí.

No escondía información para después utilizarla.

No esperaba el momento adecuado para decirme algo como si yo no pudiera soportarlo.

Por eso intenté no preguntar.

Pero era difícil.

Porque había cosas que no encajaban.

Cajas.

Muchas cajas.

Al principio pensé que simplemente estaba ordenando.

Marta siempre decía que una casa acumulaba demasiadas cosas sin darse cuenta.

Pero después vi cómo guardaba libros.

Fotografías.

Ropa.

Objetos pequeños que había visto en aquella casa durante meses.

Una tarde entré en el salón y encontré una caja abierta encima de la mesa.

Dentro estaba una taza azul.

La misma que Marta utilizaba todas las mañanas.

—¿Qué haces?

Marta levantó la cabeza.

Durante un segundo se quedó mirándome.

Después sonrió.

—Ordenar.

Miré alrededor.

—¿Todo esto es ordenar?

Ella soltó una pequeña risa.

—Vale.

Quizá es algo más que ordenar.

Me senté en el sofá.

La observé envolver una fotografía con cuidado.

—Marta.

Ella dejó lo que estaba haciendo.

—¿Sí?

La pregunta salió antes de poder detenerla.

—¿Nos vamos?

Hubo un silencio.

No uno incómodo.

Uno importante.

Marta se acercó y se sentó a mi lado.

—Sí.

Sentí que algo dentro de mí se tensaba.

Una reacción automática.

Como si una parte de mí esperara una mala noticia.

Durante veinte años los cambios siempre habían significado perder algo.

Un cambio de planes significaba una discusión.

Una decisión nueva significaba pedir permiso.

Una sorpresa significaba tener cuidado.

—¿A dónde?

Marta me miró.

—A una nueva casa.

No dije nada.

Ella continuó.

—A una nueva ciudad.

Bajé la mirada.

Noté cómo volvía ese miedo conocido.

El miedo a empezar.

El miedo a no saber.

—No sé si puedo.

Marta frunció ligeramente el ceño.

—¿Puedes qué?

—Cambiar otra vez.

Respiré hondo.

—Ya he cambiado demasiado.

Ella negó despacio.

—Elena.

Esperó a que la mirara.

—Lo que hiciste no fue cambiar.

Hizo una pausa.

—Fue volver a ti.

Aquella frase me dejó sin respuesta.

Porque durante mucho tiempo pensé que la mujer que había sido antes de Javier estaba perdida.

Como si los años hubieran borrado todo lo que era.

Pero quizá no había desaparecido.

Quizá solo había estado esperando.

Dos días después llegó el camión.

Me quedé mirando desde la puerta mientras los hombres cargaban las cajas.

Era una escena extraña.

La primera vez que me fui de una casa no hubo cajas.

No hubo organización.

No hubo despedida.

Solo hubo una puerta cerrándose detrás de mí.

Aquella tarde llevaba un bolso pequeño.

Nada más.

Ahora veía cómo mis cosas desaparecían dentro de un camión porque yo había decidido llevármelas.

La diferencia parecía pequeña.

Pero no lo era.

Marta salió con la última caja.

—¿Estás bien?

Miré la casa.

La cocina donde había llorado.

El salón donde había leído mensajes que me hacían dudar de mí misma.

La habitación donde había tenido pesadillas.

No odiaba aquel lugar.

Porque allí también había ocurrido algo importante.

Allí había aprendido que podía vivir sin Javier.

—Sí.

Me sorprendí al escuchar mi propia voz.

Porque era verdad.

Estaba triste.

Tenía miedo.

Pero estaba bien.

Marta cerró la puerta.

No con miedo.

No huyendo.

Simplemente cerrándola.

Me entregó unas llaves.

Las miré.

Durante años una llave había significado entrar en un lugar donde debía comportarme de una determinada manera.

Ahora era diferente.

—¿Qué son?

Marta sonrió.

—Ya lo verás.

La miré confundida.

—¿No me lo vas a decir?

Negó.

—No.

Y por primera vez en mi vida una sorpresa no me dio miedo.

Me dio curiosidad.

Subimos al coche.

Mientras la ciudad quedaba atrás, miré por la ventana.

Pensé en la Elena que había llegado siete meses antes a casa de Marta.

Una mujer que creía que no sabía hacer nada.

Una mujer que pensaba que necesitaba permiso para todo.

Una mujer que todavía pedía perdón incluso cuando nadie le había hecho una pregunta.

No sabía exactamente quién iba a ser a partir de ahora.

Pero había algo que sí sabía.

Por primera vez, el futuro no parecía una amenaza.

Parecía una posibilidad.

Y eso era algo que nunca antes había tenido.