Consejos envenenados 13
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Pilar apoyó las manos sobre el mostrador y me dedicó una sonrisa que conocía demasiado bien.

La misma sonrisa que utilizaba siempre antes de decir algo que iba a doler.

—Elena, de verdad que nos das mucha pena.

Mírate. Nunca habíamos pensado que acabarías así.

Tú eras una mujer tranquila, educada, una mujer de su casa.

Tenías un marido que trabajaba para que no te faltara de nada.

Tenías estabilidad. ¿Y ahora qué tienes?

Un trabajo de dependienta y una vida que no reconocemos.

Rosario asintió lentamente.

—Nosotras no hemos venido a juzgarte. Hemos venido porque todavía creemos que puedes volver a ser feliz.

A veces las personas se equivocan y toman decisiones impulsivas.

No pasa nada por reconocer un error. Lo difícil no es volver atrás.

Lo difícil es seguir alimentando un orgullo que solo trae sufrimiento.

Milagros habló con un tono casi maternal.

—¿Sabes qué creemos? Que llevas demasiado tiempo escuchando a personas que piensan muy distinto a ti.

Cuando alguien está pasando por un momento de debilidad es fácil confundir la soledad con el cariño.

Y hay personas que saben aprovecharse de eso.

Nos preocupa que estés construyendo una vida sobre una decisión que dentro de unos años quizá ni siquiera entiendas.

Noté cómo me temblaban las manos.

Pilar continuó.

—Javier no era perfecto. Ningún matrimonio lo es. Pero te quería a su manera. ¿Cuántos hombres conoces que estén dispuestos a perdonar y empezar de nuevo después de todo esto? Tú no lo ves ahora porque estás enfadada con él, pero el tiempo pone cada cosa en su sitio.

Rosario suspiró.

—Has cambiado demasiado, Elena. Antes te conformabas con las cosas sencillas. Un café con nosotras, tu casa, tus plantas, preparar la comida para Javier... Parecías en paz. Ahora siempre tienes cara de estar luchando contra algo. ¿De verdad crees que eso es vivir?

Milagros dio un paso más cerca.

—Todavía puedes volver. Nadie dice que sea fácil, pero siempre se puede empezar otra vez. La gente olvida antes de lo que parece. Si vuelves con Javier, dentro de unos meses todo esto será solo un mal recuerdo.

Respiré hondo antes de responder.

—¿Y si no quiero volver?

Las tres guardaron silencio.

Pilar sonrió con tristeza.

—Entonces solo esperamos que algún día encuentres la paz que ahora mismo dices tener.

Clara, la dueña de la tienda, llevaba varios minutos escuchando desde el fondo.

Se acercó despacio hasta quedar a mi lado.

—Creo que ya es suficiente.

Rosario se volvió hacia ella.

—Solo intentamos ayudarla.

Clara negó con calma.

—No. Lo que estáis haciendo es intentar decidir cómo debería vivir otra persona.

Milagros respondió enseguida.

—Nos mueve la fe.

Clara asintió.

—La fe puede inspirar a cuidar de los demás. Nunca debería utilizarse para hacer que alguien sienta vergüenza de existir.

Pilar frunció el ceño.

—Dios quiere a todo el mundo por igual.

Clara sonrió con serenidad.

—Yo también lo creo.

Hubo un instante de silencio.

Después añadió:

—Y precisamente por eso no creo que quiera que una persona viva con miedo, sintiéndose culpable por ser quien es. Un corazón bueno no se mide por a quién amas, sino por cómo tratas a los demás.

Las tres bajaron la mirada.

Clara señaló la puerta.

—Ahora os vais.

Y si volvéis a entrar en esta tienda para molestar a cualquiera de mis trabajadores, seré yo quien llame a la policía.

Aquí nadie tiene que pedir perdón por existir.