Conquistada Por El Tygrain (Lover Tygrain -Old Green- 1) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Había aprendido que la felicidad no hacía ruido, no llegaba de golpe ni con estruendo, no se anunciaba con grandes gestos ni con momentos épicos.

Se colaba poco a poco, en los detalles, en las rutinas, en las cosas que, sin darte cuenta, empezaban a importar más de lo que jamás habrías imaginado… como aquella misma mañana.

Ben se apoyó en el marco de la puerta de la cocina, con la taza de café aún humeante entre las manos, observándola.

Maggie estaba de espaldas a él, descalza y con una de sus camisetas —que ahora claramente ya no eran solo suyas— y el pelo recogido de cualquier manera.

Tarareaba algo que no terminaba de reconocer mientras abría y cerraba armarios, moviéndose por la cocina como si llevase toda la vida allí.

—Te estás quedando sin café —murmuró ella sin girarse siquiera.

—Y tú llevas tres minutos ignorándome —le dijo ocultando la sonrisa tras a taza.

—Estoy ocupada —replicó, sacando una sartén—. Hay una invasión inminente.

Enarcó una ceja.

—¿Otra vez?

—No es «otra vez». Es « todos los domingos» , Ben —le recordó, señalándolo con la sartén—. Tus amigos comen como si no hubiesen visto comida en su vida.

—Tienen buen apetito… —contuvo una risa.

—Son unos abusones —corrigió ella, girándose por fin para mirarlo—. Y tú eres su cómplice.

Se acercó un poco más, apoyándose ahora en la encimera.

—Fuiste tú quien los invitó, para empezar —le recordó oportunamente.

—Porque si no, aparecen igual —respondió, señalándolo ahora con la espátula que acaba de sacar de un cajón—. Y prefiero tener controlada la situación.

Dejó la taza a un lado y acortó la distancia entre ellos, envolviéndole la cintura con los brazos y besándola bajo la oreja.

—Te encanta tenerlos aquí —ronroneó.

—Son soportables… —matizó—. La mayoría de las veces.

Se rio entre dientes e insistió.

—Te encanta —le dio un beso.

Ella resopló. No se apartó, por el contrario, se recostó momentáneamente contra él.

—Eres insoportable —rezongó ella.

—Y aun así me quieres…

—Me conquistaste, ¿cómo no iba a quererte? —replicó alzando el mentón—. Eres el mejor partido de todo Old Green. Sería estúpida si te dejase marchar, tigre.

Y mucho más lo sería él si no la ataba a él de todas las maneras posibles, pues esa mujer se había convertido en su todo. Era su amiga, su amante, su compañera… pero no era suficiente, había algo más que podía ser… Suya.

Había pensado mucho en ello. Demasiado, probablemente. Le había dado vueltas a cada momento, buscando el instante perfecto… como si algo así existiese.

Esta era la realidad. Su realidad. Cada instante que estuviese con ella, cada lugar en el que ese aroma a mandarina lo envolviese, siempre sería perfecto.

—Maggie…

— Mmm.

—¿Quieres casarte conmigo?

El silencio cayó entre ellos de golpe, sin música de fondo, sin discursos elocuentes, sin preparación, solo una pregunta desnuda, directa… como ella.

Se volvió entre sus brazos y lo miró. Parpadeó una vez, dos, abrió la boca y…

—¿Perdona?

No sonrió, tampoco mostró signo de estar de broma, se limitó a volver a hacerle la pregunta.

—Que si quieres casarte conmigo —repitió él, manteniendo la mirada fija en la suya—. Vivir aquí conmigo, seguir construyendo esto… juntos.

Se lo quedó mirando durante unos largos segundos. Por un momento llegó a pensar que había metido la pata hasta el fondo y estaba empezando a pensar ya en cómo arreglarlo hasta que…

—¿Y el anillo? —Ladeó la cabeza, mirándolo de arriba abajo.

—Conseguiré uno —prometió.

Maggie entrecerró ligeramente los ojos.

—No te has arrodillado.

Señaló el suelo con un gesto al responder:

—Puedo hacerlo si lo necesitas.

—No hay discurso bonito. —Lo apuntó con el dedo.

—Ya sabes que no soy de discursos, Maggie —admitió con una pequeña sonrisa de esperanza—. ¿Y bien? ¿Me vas a responder?

Ella siguió mirándolo, en completo silencio, hasta que estalló en carcajadas.

No era una risa incómoda, ni nerviosa, sino de esas que nacen de dentro y son muy reales.

—Eres increíble, tigre —murmuró, negando con la cabeza—. ¿Así, sin más?

—Así —confirmó—. Porque no necesito más.

Dio un paso adelante, pegándose a él, pellizcándole la camisa, con la mirada clavada en la suya.

—Pues ya que estamos… te voy a contestar de la misma manera —le informó, llevando esa mano sobre su pecho, justo encima del corazón—. Sí.

Así. Sin adornos, ni pausas o condiciones, solo con una sonrisa tan radiante que no necesitaba nada más.

Cerró los ojos un segundo, saboreando esa única palabra y dejando que lo atravesase por completo.

—Sí —repitió ella, esta vez con más suavidad, casi como un ronroneo—. Me casaré contigo, Benjamin Savage.

No supo en qué momento la levantó del suelo, ni cuándo la hizo girar o cuándo su boca encontró la suya… Todo lo que sabía era que la tenía entre sus brazos, que era real y suya. Para siempre.

—Te quiero, Margaret Greyson.

—Más te vale no arrepentirte —susurró ella contra sus labios.

—Eso nunca ocurrirá. — Ni en un millón de años.

—Te recuerdo que soy… un poco desastre.

—Lo sé —afirmó.

—Y mandona.

—Eso también lo sé —se rio.

—Y ya no me gustan los osos.

—Prefieres los castores.

—Pero qué bien me conoces —sonrió ella, envolviéndole el cuello con los brazos.

—Igual que tú a mí.

Se quedaron así unos segundos, disfrutando de su cercanía, de la felicidad compartida, sin ganas de moverse, hasta que…

—¡Eh! —La voz de Rick retumbó desde fuera—. ¿Se puede o seguimos esperando a que terminéis… lo que sea que estéis haciendo?

Maggie cerró los ojos.

—Ya están aquí.

—Te dije que vendrían.

—No han llamado —bufó ella.

—Nunca lo hacen.

Se separó de él con un suspiro resignado, se arregló la ropa, el pelo y lo señaló.

—Como entren sin avisar otra vez, juro que les hago pintar la casa entera de nuevo.

Ben sonrió, cogiéndole la mano.

—Estarán encantados de ayudarte.

—No, no lo estarán —respondió ella, tirando de él hacia la puerta—. Pero yo sí.

Y eso era lo único que importaba, pensó mientras la seguía, entrelazando los dedos con los de ella.

Su Maggie y su felicidad.