Confesiones prohibidas – 6 historias eróticas (Volumen 2) Confesión 5 #3
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Confesión 5 #3

—Mamá… Eduardo… disculpadme —dije, intentando mantener la voz firme—. Tengo que llamar a una compañera por un trabajo de la facultad. Vuelvo enseguida.

Salí de allí lo más rápido que pude. El corazón me latía desbocado, respiraba de forma entrecortada y el cuerpo me seguía ardiendo, pero ahora todo estaba mezclado con la culpa.

Entré en mi habitación, cerré la puerta y apoyé la frente en la pared.

No podía creer lo que había hecho. Eduardo…

el novio de mi madre. Solo pensarlo me revolvía el estómago.

Y, aun así… una parte de mí revivía cada caricia, cada gemido, cada segundo de aquel placer prohibido.

Estaba mal, pero había sido una de las experiencias más intensas y auténticas de mi vida.

Me senté en la cama y cogí el móvil con las manos temblorosas. Llamé a mi mejor amiga, Julia. Cuando contestó, apenas pude disimular la desesperación en mi voz.

—Julia… he hecho una estupidez tremenda —susurré.

—¿Qué ha pasado, Chiara? Tienes una voz rarísima… —preguntó, preocupada.

—Yo… me he liado con Eduardo… el novio de mi madre.

Al otro lado de la línea se hizo un silencio espeso. Después oí un suspiro incrédulo.

—Dios mío, Chiara… ¿lo dices en serio?

—Sí… pasó todo muy rápido… ni sé cómo explicarlo… —Se me quebró la voz—. Me siento sucia, confundida… pero al mismo tiempo… fue tan…

—No termines esa frase —me interrumpió con firmeza—. Escúchame: tienes que respirar hondo y aclararte las ideas. Esto puede acabar muy mal, ¿entiendes?

—Lo sé… —respondí en voz baja—. No quiero volver a estar con él. No puedo.

—Pues córtalo ahora mismo. Y, por Dios, no sigas engañando a tu madre.

Cerré los ojos y dejé que una lágrima me rodara por la mejilla.

—Podría contárselo todo… pero no sé si tendría el valor. Él le gusta muchísimo, Julia.

—Pues piénsalo bien antes de hacer nada. Pero no dejes que esto continúe. Te va a destruir.

Colgué con el corazón en un puño. Sabía que tenía razón. Pero una parte de mí seguía ardiendo de deseo por lo que había pasado. Y no sabía cómo gestionarlo. No sabía qué hacer a partir de ahí.

Pasaron los días e intenté fingir que todo seguía igual.

Por fuera nada había cambiado —la universidad, la casa, las sonrisas forzadas—, pero por dentro me estaba derrumbando.

La culpa me seguía a todas partes, como una sombra pegada a la piel.

Cada vez que Eduardo venía a casa, mi cuerpo reaccionaba antes de que yo me diera cuenta: se me aceleraba el corazón, me sudaban las manos y tenía que inventarme cualquier excusa para irme.

Decía que tenía un trabajo de la universidad, una llamada importante o que había quedado con compañeros de clase. Me servía cualquier cosa, siempre que no tuviera que volver a mirarlo a la cara. No podía, no después de todo lo que había pasado.

Pero el destino parece sentir un placer extraño al ponernos a prueba.

Una tarde iba bajando en el ascensor, distraída, cuando las puertas se abrieron en la planta baja… y allí estaba él. Eduardo. Con una camisa clara, el móvil en la mano y esa mirada que siempre me aflojaba las rodillas.

Por un segundo me quedé paralizada. Pensé en hacer como si no lo hubiera visto y pasar de largo. Pero él dio dos pasos y me agarró del brazo.

—¿Me estás evitando, Chiara? —preguntó en voz baja, casi un susurro, pero firme.

Respiré hondo.

—Sí —respondí—. Te estoy evitando.

—Pero ¿por qué? —insistió, mirándome a los ojos.

—Porque esto no puede seguir, Eduardo —dije, intentando no temblar—. Sigues con mi madre… y no puedo volver a hacerle esto.

Se quedó callado un momento, estudiándome. Luego dijo:

—¿Y si la dejara para estar contigo?

Se me hizo un nudo en la garganta.

—No. —Negué con la cabeza—. No quiero eso.

—¿No? —repitió, sorprendido.

—No —repetí con firmeza—. No quiero verte y no quiero volver a estar contigo. Hice una locura una vez y no tendría el valor de repetirla. No puedo, Eduardo. No quiero ser la causante de que mi madre sufra un dolor que nunca mereció sentir. Aunque la dejaras… no tendría el valor de estar contigo.

Él bajó la mirada y, por un instante, el silencio pareció pesar como plomo entre los dos. Respiré hondo, le aparté la mano del brazo y di un paso atrás.

—Por favor, déjame ir —le suplicé con la voz a punto de quebrarse.

Le di la espalda y eché a andar hacia la salida del edificio.

Notaba cómo su mirada me seguía, pesada y silenciosa, como si todavía intentara retenerme de algún modo.

Cuando empujé la puerta de cristal y el aire de la calle me dio en la cara, un escalofrío me recorrió el cuerpo.

Solo entonces me di cuenta de que estaba temblando.

Seguí caminando sin mirar atrás. Con cada paso, la culpa parecía un poco más ligera, pero el corazón seguía doliéndome.

Las lágrimas me corrían por la cara y no podía contenerlas.

Sabía que era lo correcto —por mí, por mi madre, por todo—.

Aun con el cuerpo todavía marcado por él y el recuerdo ardiéndome en la piel, sabía que no podía volver atrás.

Aquello tenía que acabar allí mismo.

Y así fue.