Confesión 3 #2
Luego se detuvo, me levantó y se quitó el resto de la ropa.
Me atrajo hacia él, me rodeó con los brazos desde atrás y, sin decir nada, me colocó a cuatro patas en la cama.
La siguiente embestida fue firme y profunda, y me hizo arquear la espalda.
El sonido de nuestros cuerpos chocando llenó la habitación y, por un momento, temí que alguien nos oyera.
Me agarró por la cintura y me metió y sacó la polla con fuerza, y no pude evitar llevarme la mano entre las piernas.
Me froté el clítoris mientras me follaba por detrás, y el placer me desbordó.
Me corrí con un gemido ahogado, temblando entera.
Momentos después lo sentí correrse también: se hundió del todo dentro de mí y se quedó allí, inmóvil, respirando con fuerza contra mi espalda.
Nos quedamos así varios segundos, pegados, respirando los dos al mismo ritmo. Me rodeó con los brazos desde atrás en un gesto de ternura inesperada.
—Dios mío… esto ha sido una locura —murmuró con voz ronca.
—La mejor clase de locura —respondí, todavía sin aliento.
Nos vestimos en silencio, como si hablar pudiera romper de algún modo lo que acabábamos de vivir.
Fui hasta la puerta, la abrí con cuidado y me asomé al pasillo.
No había nadie. Le hice una señal para que saliera.
Pasó por delante de mí, pero antes de que pudiera cerrar la puerta me atrajo con suavidad hacia él, me dio un beso rápido y susurró:
—Ha sido increíble.
Sonreí y respondí:
—Lo ha sido, sí.
Me dejé caer en la cama, con el cuerpo aún caliente, y me quedé mirando el techo.
La respiración se me iba normalizando poco a poco, pero la cabeza me iba a mil.
¿Había sido una locura? Quizá. Pero, al mismo tiempo, había sido una de las mejores experiencias que había tenido en años.
Todo había pasado muy rápido. La atracción que sentía por él era abrumadora, inexplicable, como si el deseo mismo hubiera esperado toda una vida a que llegara por fin ese momento.
A la mañana siguiente, la luz del sol ya entraba en la habitación cuando abrí los ojos.
Durante un momento me quedé completamente quieta, con el cuerpo cálido y pesado, como si la noche anterior siguiera latiendo dentro de mí.
Su olor parecía flotar en el aire: una mezcla de madera, piel y algo que no lograba identificar.
Toqué las sábanas y la almohada, buscando alguna huella física que probara que todo había ocurrido de verdad.
Pero no había nada, solo recuerdos demasiado vívidos para haber sido un sueño.
Al levantarme vi un pequeño papel doblado que alguien había deslizado por debajo de la puerta.
El corazón se me aceleró incluso antes de tocarlo.
Me temblaban las manos mientras lo desdoblaba despacio, casi con miedo de que las letras se borraran.
Un número de teléfono. Nada más. Pero fue suficiente para que todo mi cuerpo volviera a reaccionar.
Me senté en el borde de la cama, con el papel entre los dedos.
Lo miraba sin saber qué hacer. Una parte de mí quería fingir que no había pasado nada, romper el papel y convencerme de que todo había sido un recuerdo confuso de una noche apasionada.
Pero la otra parte, la que seguía palpitando entre mis piernas y ardiendo en mi pecho, quería volver a oír su voz.
Cogí el móvil, escribí despacio «Augusto S.» en mis contactos y guardé el número. Me quedé mirando la pantalla unos segundos antes de redactar un mensaje.
«Hola».
Simple. Directo. Le di a enviar.
Esperé. Ninguna respuesta. Lo imaginé conduciendo de vuelta a São Paulo, con la ventanilla bajada, el viento revolviéndole el pelo y la cabeza quizá todavía puesta en todo lo que habíamos hecho.
Bajé a la cocina, intentando actuar con normalidad. El olor a café recién hecho y a pan caliente llenaba el aire, acompañado del sonido familiar de las conversaciones cotidianas de mis padres. Todo parecía tan ordinario, tan ajeno a lo que yo sentía por dentro.
—¿Has dormido bien, cariño? —preguntó mi madre con una sonrisa.
—Mmm… solo estoy cansada —respondí, intentando mantener la voz firme.
Mi padre pasó una página del periódico y comentó sin mirarme:
—Augusto se ha ido temprano. Ha dicho que tenía unos asuntos que resolver en São Paulo.
Se me revolvió el estómago. Fingí que no me importaba y removí el café distraídamente.
—¿Va a quedarse allí mucho tiempo? —pregunté con toda la naturalidad que pude.
—No lo sé. Una semana, quizá, por lo que entendí.
Mi madre levantó la vista con curiosidad.
—¿Y esa novia que tiene? ¿Ella también vive en São Paulo?
—Sí —respondió mi padre con aire distraído—. Una mujer guapa, por lo visto. Creo que comentó que quizá se case con ella. Debe de tener unos treinta… mucho más joven que él. Augusto siempre ha tenido buen ojo para elegirlas.
Noté cómo se me iba la sangre de la cara. Novia. Boda. Las palabras me retumbaron en la cabeza como un cubo de agua helada cayéndome encima. Tragué saliva y forcé una sonrisa.
—Me alegro por él —murmuré, apenas en un susurro.
Mi padre me miró de reojo, quizá porque notó que algo no iba bien.
—¿Todo bien, cariño?
—Es solo el cansancio del viaje —respondí, y me marché antes de que la cara me delatara.
De vuelta en mi habitación, me senté en la cama y me quedé mirando el papel que había en la mesilla. El mismo número. La misma tentación. De repente, el móvil vibró.
Un mensaje de Augusto.
«Ya te echo de menos».
Se me aceleró el corazón. Leí el mensaje una y otra vez, intentando entender qué significaba. Respiré hondo y escribí:
«¿Y tu novia/prometida/futura esposa? ¿No se va a poner celosa?».
Los minutos siguientes se me hicieron eternos. Hasta que por fin llegó su respuesta:
«Tienes todo el derecho a preguntarlo. Una de las razones por las que he venido a São Paulo es para romper con ella. Te lo explicaré todo cuando hablemos».
Dejé caer el móvil sobre la cama; todo el cuerpo me temblaba por una mezcla de emoción y confusión. Cerré los ojos y dejé que los recuerdos me inundaran: su mano acariciándome la espalda, el olor de su piel, el sonido grave de mi nombre en sus labios.
Intenté pensar con racionalidad, pero en todo aquello no había nada racional.
Sabía que lo correcto era alejarme, borrar su número y fingir que todo había sido un error.
Pero cada vez que cerraba los ojos volvía a sentir el escalofrío de la noche anterior, su aliento en el oído, el peso de su cuerpo sobre el mío.
La verdad era que, por mucho que lo intentara, ya era demasiado tarde.
Augusto ya no era solo el amigo de mi padre.
Era el hombre que, con una sola caricia, había cambiado todo lo que creía saber sobre mí misma.
Y aquella mañana, sentada en la cama, con la luz del sol entrando en la habitación y el corazón desbocado, supe una cosa con certeza: por mucho que lo intentara, no iba a poder dejar de pensar en él.