Capítulo 41 #2
—¿Y de qué habría servido? —replicó Katharina—. William nunca habría aceptado eso. Y aunque de algún modo hubiera conseguido una muestra suya, la prueba nunca se habría reconocido oficialmente sin más.
—Entonces podría haber presentado una demanda para el reconocimiento de la paternidad de Albert.
—Albert está muerto, señor Winter.
—Pero usted sigue siendo su heredera. También habría podido interponer contra él —señaló a Morstan— una demanda para que le pagaran su herencia. Con la ayuda de la comparación de ADN…
—¿Y cuánto habría durado un proceso así? —Katharina se levantó y se plantó delante de Marcus. A pesar de su baja estatura, le pareció por lo menos igual de imponente.
—Sobre todo si se tiene en cuenta que William se habría defendido con todos los medios que los abogados sacan de la chistera. Un proceso así no solo habría devorado el último resto de mi patrimonio. Probablemente nunca habría llegado a ver su final.
Marcus tragó y cerró la boca para no tener que darle la razón a Katharina. La pequeña mujer rondaba ya claramente los ochenta. Un proceso que se alargara durante años, quizá incluso décadas a través de las distintas instancias, muy probablemente no lo habría sobrevivido.
—Y por eso usted recurrió a asesinos —dijo al final, aunque con un tono claramente más tranquilo y menos acusador.
—William no tenía por qué morir necesariamente, solo si se resistía.
Para mí era más importante que quedara desenmascarado ante los ojos de la opinión pública.
El mundo debía enterarse de lo que le ocurrió a mi madre.
Su familia debía responder por el sufrimiento que nos causó.
Yo no quería que nadie muriera. Pero admito que acepté esa posibilidad.
Hay cosas que son más importantes que la vida humana.
Miró a Marcus y en ese momento él comprendió hasta qué punto Katharina era fundamentalmente distinta de él y de sus valores. De nuevo se volvió hacia Emma. En su rostro seguía grabado el puro espanto.
—Más importantes que Amun —murmuró y avanzó ahora lentamente hacia Aleksander—. ¿Por qué tuvo que morir? ¿Por qué le hizo eso?
Aleksander se mantuvo sorprendentemente sereno a pesar de los gestos amenazantes de Marcus.
—¿Por qué tuvo que morir? —replicó—. Mala suerte, supongo. Muy probablemente estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado.
—¿Muy probablemente? —Marcus apenas lograba contener ya su ira. ¿Se atrevía ese criminal todavía a burlarse de él? ¿No entendía que para él todo se había acabado? ¡Había llegado el momento de la verdad!
—No he matado a Amun, comisario Winter —explicó Aleksander con calma—. ¿Por qué habría de hacerlo?
Marcus se detuvo y apretó la mandíbula. Aleksander tenía, por supuesto, razón. Le faltaba un motivo. Si Amun y la profesora Khaleel habían estado ambos implicados en el engaño a Katharina, no tenía sentido matar al egipcio. Pero ¿por qué, entonces, había tenido que morir?
—¿Quién fue entonces?
—¡El disparo en el sótano! —exclamó de pronto Emma.
Marcus se volvió hacia ella y vio su rostro asustado. Toda la sangre se le había ido de la cara y tenía los ojos muy abiertos.
—¿Se acuerdan del disparo en el sótano? Ese no fuiste tú —dijo, dirigiéndose a Aleksander. El corazón de Marcus dio un vuelco al oír el tratamiento familiar.
Casi imperceptiblemente, Aleksander negó con la cabeza.
—No tengo arma.
—¡Hay alguien más ahí abajo! —se le escapó a Emma y, casi al mismo tiempo, todos los presentes miraron hacia la puerta del sótano.
Pero antes de que pudiera cundir la inquietud, Lissy alzó las manos en gesto tranquilizador y se colocó al lado de Marcus.
—¡No se preocupen! —dijo rápidamente—. Estamos delante del único acceso al sótano. —En voz más baja añadió para Marcus—: ¿O no?
Cuando Marcus asintió, ella continuó:
—Quienquiera que esté ahí abajo tiene que pasar por esta puerta.
Marcus se volvió hacia Katharina para que esta confirmara su afirmación. Uno de los agentes de protección orientó el haz de luz de manera que la puerta del sótano quedara bien iluminada.
Entonces Katharina negó en silencio con la cabeza.
—¿Por qué suponen que solo hay un acceso al sótano?
En el momento siguiente Marcus oyó a Emma jadear. De nuevo, su mirada interrogante se dirigió únicamente a Aleksander, que asintió para confirmarlo.
—Cuando éramos niños, Roderich se lo dijo a mí y… —Se interrumpió—. Aleksander no ha llegado al sótano por esta puerta— continuó en voz apagada—. De lo contrario, nos habríamos encontrado ahí abajo. Hay otro acceso.
A Marcus le recorrió un escalofrío. Emma tenía razón.
Justo cuando Katharina le lanzó a Marcus una mirada casi compasiva, el estampido de un disparo desgarró el aire. El cristal estalló y, de golpe, todo quedó completamente a oscuras. Se oyeron gritos.
Cuando la oscuridad y el ruido lo engulleron, Marcus perdió la orientación por un momento.
Manoteó en el vacío, llamó a gritos a Emma y a Lissy antes de poder volver a pensar con claridad.
La idea adecuada se le ocurrió demasiado tarde.
Jadeando, Marcus encendió la linterna que tenía en la mano, iluminó a las figuras que lo rodeaban y que se habían agachado sobresaltadas.
El haz de luz se deslizó hasta el lugar donde un instante antes había estado Aleksander y, por último, hasta el sitio de Emma.
—¡No! —gritó Marcus en voz alta. Ambos habían desaparecido.