24. Lo que me deja Pacita
Lo que me deja Pacita
El jueves Pacita no bajó a comer.
No era la primera vez (llevaba semanas viniendo menos, quedándose más en su butaca), pero aquel jueves Carmina subió a llevarle el puchero y bajó con una cara que no me gustó.
No dijo nada delante de todos. Solo me buscó con los ojos y movió la cabeza, muy poquito, de un lado a otro. Y yo entendí que me tocaba subir.
Le llevé arroz con leche, que era lo único que últimamente conseguía que comiera, y un termo de caldo. Llamé con los nudillos y me abrió ella misma, agarrada al pomo, más menuda que nunca dentro de una bata de cuadros que le quedaba grande como si se la hubiera comprado a otra persona.
—Anda, mira quién es. La repostera. —Se apartó para dejarme pasar—. Pasa, pasa, que vas a coger frío en el rellano, que esto es una nevera.
El piso de Pacita era un museo del ganchillo.
Tapetes en todas las superficies, cubrecamas, fundas en los brazos del sofá, una virgen con su capita tejida, hasta el teléfono fijo tenía su funda.
Y fotos. Fotos de bodas en blanco y negro, de bautizos, de gente que ya no estaba, todas colocadas como en un altar.
En la mesa camilla, el ganchillo a medias, la aguja clavada en el ovillo, y las gafas encima, esperándola.
Olía a guiso viejo, a colonia de violetas y a ese olor dulzón de las casas de los muy mayores, que es el olor del tiempo pasando despacio.
En la tele, sin volumen, daban un concurso.
Pacita no veía concursos; los ponía «para que la casa tenga ruido de gente», me había dicho una vez.
Apagó la tele con el mando, le costó encontrar el botón, y se hizo un silencio en el que solo se oía el tic del reloj de pared y su respiración, un poco más trabajosa que antes.
Se sentó despacio, sujetándose en los muebles, y me señaló la silla de enfrente.
—Tú siéntate ahí, que te vea bien. Que tengo que decirte cosas y no estoy yo para gritar de una habitación a otra.
* * *
La miré mientras se acomodaba. Estaba más pequeña, más amarilla, con las manos como pajaritos. Pero los ojos los tenía igual de vivos que siempre, dos cuentas negras que no se perdían una. Eso no se le había apagado. Eso, supe, no se le iba a apagar nunca.
—Te has puesto guapa para venir a verme —dijo, mirándome de arriba abajo con sorna—. ¿O es que vienes de ver al administrador?
—Vengo del comedor, Pacita.
—Ya. Y de paso te has pintado los ojos. Para el caldo.
—Se rio, y la risa se le rompió en una tos que le sacudió todo el cuerpecillo.
Cuando se le pasó, me miró con cara de pillería—.
No me mires así, que no me he muerto todavía.
Cuando me muera ya tendrás tiempo de poner esa cara de pena. Hoy todavía no toca.
—No digas tonterías.
—Las tonterías las dice el que se calla lo que piensa por no molestar.
Yo a mi edad ya digo lo que quiero. —Cogió el ganchillo, se puso las gafas y empezó a darle a la aguja, despacio, mirándome por encima de la montura—.
¿O tú te crees que me pondría a hacerme una toquilla si pensara que no me la voy a poner?
Una no empieza una toquilla para nada, hija.
Esto es una declaración de intenciones. —Estiró la labor y la miró con ojo crítico—.
Aunque me está saliendo torcida. Será que ya no veo, o será que tengo prisa, vete tú a saber.
El caso es que quiero hablar contigo de un par de cosas mientras me funciona la cabeza, que es lo último que me funciona bien.
Se rió sola de su propio chiste, una risa pequeña que se le deshizo en tos, y yo me reí con ella para no llorar, porque era exactamente la clase de broma que solo Pacita haría: tomarse a guasa su propia muerte por la vía de una toquilla mal tejida.
Quise protestar otra vez, decirle que no dijera eso, que se iba a poner buena.
Pero había algo en cómo lo decía, sin drama, como quien comenta el tiempo, que me cerró la boca.
Pacita no estaba pidiendo que la consolaran.
Pacita estaba ordenando sus asuntos. Y lo hacía igual que lo había hecho todo en la vida: a su manera, sin pedir permiso.
* * *
—La primera —dijo, sin levantar la vista del ganchillo—, el comedor.
—¿Qué le pasa al comedor?
—Que es de tu abuela. —Me miró—. Eso ya lo sabes.
Lo levantó ella con la Reme, con estas manos, cuando aquí no había nada y la gente pasaba hambre de verdad, no como ahora.
Cuarenta años dando de comer. Cuarenta. —Volvió a la aguja—.
Y la Reme ya está muy mayor, aunque ella no lo diga ni muerta.
Y yo, ya ves. Así que esto, cuando faltemos, se queda sin quien tire del carro.
Y se cae. Un sitio así, si nadie lo sujeta, se cae en un suspiro.
Bajé la vista. No por la frase. Por la confianza que venía detrás.
—Y tú eres la única que puede sujetarlo —dijo—.
Eres la nieta de Amparo. Sabes cocinar como cocinaba ella.
Te has metido en esa cocina como si hubieras nacido ahí.
La gente te quiere. —Se encogió de hombros, como si fuera la cosa más evidente del mundo—.
No hay más vueltas que darle. El comedor es tuyo.
Lo era desde el día que entraste, solo que tú tardaste un poco en enterarte.
—Pacita, yo no sé si...
—Tú no sabes muchas cosas, hija, eres muy joven. —Filo puro, el de siempre—. Pero sabes hacer torrijas como las hacía tu abuela y sabes querer a la gente aunque te dé miedo. Con eso y un par de ollas, esto sigue. Que no te dé la tontería ahora de hacerte la pequeña. Eso ya no cuela.
—Y una cosa más —siguió, porque cuando Pacita arrancaba no la paraba nadie—.
A la Reme no le digas que esto te lo he encargado yo.
Que ella se cree que el comedor lo sujeta sola, y hay que dejarla que se lo crea, que es lo único que la tiene de pie.
Tú ve cogiendo el timón por debajo, sin que se note.
El día que la Reme falte, que esto ya esté andando sin ella y ni se haya enterado de cuándo dejó de mandar.
—Me apuntó con la aguja—. Esa es la única manera de querer bien a una cabezota: dejarle el orgullo entero hasta el final.
Y pensé que aquello, en boca de una mujer que se estaba apagando, era de una generosidad que me dejó sin aire. Que en su última cuenta de la vieja, Pacita se estaba ocupando de proteger el orgullo de su amiga.
* * *
Me quedé callada, con el nudo subiéndome por la garganta y peleando para que no me ganara. Ella siguió con su ganchillo, dándome tiempo, como si supiera exactamente cuánto tardo yo en tragarme las cosas.
—La segunda —dijo, cuando le pareció que ya podía seguir—, es más importante. Y esta sí que no la vas a estropear, que para eso he trabajado mucho.
—¿Qué segunda?
—Que no te quedes sola. —Dejó la aguja. Me miró de frente, sin sorna ahora, con esos ojos de directora de cine que llevaban toda la vida moviendo a la gente por el escenario—.
Esa es la que me importa de verdad. El comedor es ladrillo y ollas.
Tú eres una persona. Y las personas no están hechas para estar solas, por mucho que se empeñen, y tú te empeñas mucho.
—No estoy sola. Te tengo a ti, tengo a las...
—No me vengas con esas. Sabes de qué hablo.
—Bajó la voz, como si fuera a contarme un secreto, aunque estábamos las dos solas—.
Hablo del chico. Del serio. No lo sueltes, Candela.
Ese chico te mira como se mira lo que de verdad importa, y de eso yo sé un rato, que llevo ochenta años viendo cómo se mira la gente. Ese no te va a fallar.
—El último me falló —dije, bajito.
—El último era un golfo, y tú lo sabías, y te casaste con él igual, que para eso es una joven, para equivocarse con ganas.
—Me señaló otra vez con la aguja, como una batuta—.
Este es de otra pasta. A este se le ve el miedo a perderte, y los hombres que tienen miedo a perderte son los que no te sueltan.
Los golfos no tienen miedo a nada, por eso te dejan tirada sin pestañear.
—Bajó la labor un momento—. Hazme caso, que de hombres he visto pasar una colección entera.
A tu abuela y a mí nos tocó de los dos tipos, y sé distinguirlos con los ojos cerrados.
Y ahí, en aquella butaca, rodeada de ganchillo, una mujer de setenta y ocho años que se estaba apagando me dio la única bendición que iba a darme nunca sobre Gabriel, convencida hasta los huesos de que me estaba dejando en buenas manos.
—Ya lo tenía yo medio cocinado desde el principio, ¿eh?
—añadió, recuperando la picardía, orgullosa de su obra—.
Lo de la cena del santo, lo de sentaros juntos.
No te creas que fue casualidad. —Chasqueó la lengua, satisfecha—.
Esa es la última que me llevo bien hecha.
Los de la ventana, la Lola y el Aurelio, ya dieron el paso, que el domingo se fueron de paseo como dos tortolitos.
Y tú con el tuyo. —Suspiró, y en el suspiro había un cansancio enorme y una satisfacción enorme a la vez—.
Ya está. Ya las he colocado a todas. Una puede irse tranquila cuando deja la función montada.
* * *
Se quedó un momento mirando sus fotos, las de la gente que ya no estaba, y luego, como si se acordara de algo, se inclinó hacia la mesa camilla, abrió el cajoncito y sacó un papel doblado en cuatro. Lo había preparado. Se notaba que lo había preparado, que llevaba ahí esperando a que yo subiera.
—Toma. Esto es para ti.
Lo cogí. Era un papel de cuaderno, de los de cuadritos, doblado con cuidado. Empecé a desdoblarlo y ella me paró la mano con la suya, ligera como una hoja.
—Esa no la leas ahora.
—¿Por qué?
—Porque ahora estás bien y no la necesitas.
—Me cerró los dedos alrededor del papel, con esa fuerza pequeña que todavía le quedaba—.
Esa la abres el día que dudes. El día que pienses que no puedes, que no vales, que mejor te quedas sola para que no te hagan daño.
Ese día la sacas y la lees. Y no antes, que las cosas guardadas para cuando hacen falta es cuando sirven.
La miré, con el papel doblado en la mano, sin entender del todo, pero entendiendo lo suficiente para que me escociera.
—¿Y qué pone?
—Pone lo que yo sé y tú todavía no te crees. —Me guiñó el ojo, y volvió a coger su ganchillo, dando la cosa por zanjada—. Anda, guárdatela en el bolso. En el bolso bueno, no la pierdas.
La guardé. En el bolso bueno. Doblada en cuatro, sin leer.
* * *
No me quedé mucho más. Se la veía cansada, y ella misma me echó, a su manera: «anda, vete, que tendrás cosas que hacer y yo tengo que terminar esto antes de que se me olvide el punto». Me levanté, le dejé el caldo en la cocina con instrucciones de que se lo tomara, y me agaché a darle un beso.
Olía a colonia de violetas y a lana. Me agarró de la muñeca un segundo, más fuerte de lo que me esperaba, y no dijo nada.
Solo me apretó. Y yo le apreté la mano de vuelta, y nos quedamos así un momento, las dos, sin decir lo que las dos sabíamos y no íbamos a decir, porque decirlo era darle permiso, y ninguna de las dos estaba por la labor.
—Cuídate, Pacita.
—Y tú. Que para eso te lo he dicho todo. —Y, ya en la puerta, cuando yo salía, soltó lo último, con su retranca intacta hasta el final—: Y píntate los ojos para el chico, no para mí, que yo ya te he visto bastante fea.
Bajé las escaleras con el papel doblado quemándome dentro del bolso y un nudo en la garganta que no había manera de tragar. No la leí. Aguanté las ganas y no la leí.
Pero supe, bajando aquellos peldaños, que aquella tarde me había llevado algo de Pacita que no estaba escrito en ningún papel. Y que, pasara lo que pasara, no iba a dejar que se cayera nada de lo que ella me había encargado sujetar.