capítulo diecinueve
Pincho la lechuga marchita en mi bol de plástico mientras el zumbido de la cafetería se funde con el murmullo de voces en un ruido blanco que normalmente me resulta reconfortante.
Hoy no. Hoy todo es ruido de fondo ante la cacofonía que tengo en la cabeza mientras intento concentrarme en los deberes.
Un destello en el televisor de la pared capta mi atención: una presentadora con el pelo perfectamente peinado niega con la cabeza.
—El multimillonario William Vanderholt fue atacado en su casa anoche.
Ha sido hospitalizado y se desconoce su estado.
De momento, no sabemos si fue un ataque dirigido o un intento de robo.
Se me cae el alma a los pies mientras la comida se me convierte en serrín en la boca. Dejo el sándwich, de repente sin apetito, y me tiembla ligeramente la mano al coger la botella de agua.
—Este es un caso muy hermético —interviene otro presentador en pantalla—. En este momento no sabemos si se llamó a la policía. No sabemos quién agredió a William Vanderholt ni cuál es su estado actual, solo que sigue hospitalizado.
Mierda. ¿Qué demonios pasó anoche? Mis dedos se acercan al teléfono; mi reacción automática es llamar a Alec para saber si todo está bien.
Pero las siguientes palabras del presentador me dejan clavada en el sitio.
—La familia Vanderholt acapara la atención hoy —continúa—.
El prodigio tecnológico Alec Vanderholt, hijo de William, lanzó ayer su nueva empresa de forma pública —dice, juntando las manos frente a ella—.
Su aplicación de integración, LenseClip, se ha vuelto tremendamente viral y ha sido aclamada como el mejor software de edición de vídeo para usuarios en una década.
John, LenseClip ya está batiendo récords en esta categoría.
—Así es —toma el relevo el otro presentador—.
No habíamos visto un lanzamiento tan viral en años.
Y todo se debe a la mente brillante de Alec.
¿Y quién hubiera imaginado que el heredero de una empresa de diamantes, de una de las familias más ricas del país, era un genio tecnológico que iba a lanzarse a la estratosfera?
Yo. Yo lo habría imaginado.
—Hijo de puta, lo ha conseguido —susurro, incapaz de reprimir la sonrisa que se me dibuja en la cara a pesar del caos que bulle dentro de mí.
El éxito le sienta de maravilla. Ponen imágenes de una rueda de prensa. Alec se ve elegante y seguro con un traje que debe costar más que todo mi armario. Se me hincha el corazón mientras lo observo, porque joder, lo ha conseguido. Ha creado algo increíble, y está arrasando.
Justo como sabía que haría.
Me recuesto con los brazos cruzados y la silla de plástico cruje bajo mi peso.
Por muchas veces que lo haya pinchado, que lo haya provocado solo para ver cómo reaccionaba, nunca he dudado de su determinación.
Pero ver cómo se materializa en algo tan tangible, tan revolucionario...
es como un puñetazo en el estómago, en el mejor sentido posible.
—Se espera que el debut de Alec revolucione la interacción en redes sociales —continúa el reportero, y resoplo. Pues claro. Alec no hace las cosas a medias.
—¿Revolucionar? Más bien arrasar —digo para nadie en particular mientras niego con la cabeza. La admiración que me inunda es casi excesiva, como una ola que amenaza con tumbarme.
El reportaje pasa a cubrir algún escándalo trivial de una celebridad, pero no escucho nada.
Mis pensamientos son un torbellino, cada uno colisionando con el siguiente: imágenes del rostro pétreo de Alec, los escasos destellos de vulnerabilidad que ha dejado escapar, los intercambios acalorados que siempre me dejan el corazón acelerado y las mejillas sonrojadas.
Y de repente caigo en la cuenta.
Ahora que la empresa de Alec ha salido a bolsa, ahora que el lanzamiento es oficial, ¿cómo podría William amenazarla?
Joder.
Joder.
Me aparto de la mesa y la silla raspa el suelo con estrépito. Miro a mi alrededor como una idiota, como si Alec fuera a materializarse por arte de magia. Pero claro que no está aquí.
Necesito hablar con él.
Ahora mismo.
Tengo que decirle lo orgullosa que estoy de él. Necesito felicitarlo por el lanzamiento. Y William ya no puede amenazar su empresa ahora que es pública.
Yo…
Nosotros…
Tiro lo que queda de la bandeja a la basura y echo a andar por el pasillo.
¿Dónde? ¿Dónde estará Alec a estas horas?
Recorro el pasillo de los anfiteatros, asomándome a las ventanas. Mi cerebro va a mil por hora; ni siquiera puedo pensar con claridad.
William ya no puede amenazar la empresa de Alec.
De repente, siento cómo se me quita un peso enorme de encima.
Yo... puedo llamar a mi madre y explicarle el resto.
Puedo decirle que cambie la hipoteca a otra entidad.
Lo entendería. Ahora que no tengo que preocuparme por Alec, puedo ocuparme del resto.
Joder.
Alec, ¿dónde coño estás?
Salgo disparada por el pasillo hacia otro edificio. Me da igual si está en medio de una clase. Necesito hablar con él, ahora mismo.
Pero no lo encuentro.
No está en ninguna de las aulas a las que puedo asomarme sin interrumpir. No lo encuentro en la biblioteca. Reviso cada rincón del campus que se me ocurre. Y eso da fe de mi desesperación. Me salto las dos últimas clases del día buscando a Alec, y yo nunca me salto clases.
Finalmente, voy al apartamento de Alec. Pero al acercarme, no veo su coche en su plaza.
No está en casa.
Y se me cae el alma a los pies.
Alec no está en el campus. No está en casa.
Está en alguna parte.
—Joder, Alec, ¿dónde estás? —susurro mientras las lágrimas me escuecen en los ojos.
Y justo entonces empiezan a caer unas gotas de lluvia.
Derrotada, vuelvo a mi apartamento.
La lluvia me azota la piel, cada gota una humillación fría.
He peinado el campus entero buscando a Alec, pero es como si se hubiera esfumado.
La decepción y la desesperación me corroen, persistentes y afiladas como las ráfagas que me azotan el pelo empapado.
El mundo parece estúpidamente vacío sin él.
—Maldita sea, Alec Vanderholt —murmuro para mí misma.
La tormenta se traga mi voz, y no sé si estoy más furiosa o preocupada.
Podría simplemente enviarle un mensaje con mis felicitaciones.
Pero esto es demasiado importante. Es toda su vida a partir de ahora.
Es algo que necesito decirle en persona.
Si tan solo pudiera encontrar al maldito.
Mi edificio aparece ante mí, con las luces burlándose de la calidez cuando lo único que siento es un vacío helado.
La lluvia me cala hasta los huesos, la ropa pegada a mi piel, y un escalofrío me recorre que no tiene nada que ver con el frío.
Es esa sensación hueca, la que grita que algo falta... no, alguien.
Busco torpemente las llaves, maldiciendo entre dientes. Por fin, la cerradura cede, y entro a trompicones en mi pequeño apartamento, chorreando y derrotada.
—¿Dónde demonios estás? —gruño mientras me quito la chaqueta, que cae al suelo con un chapoteo. Estoy a punto de ir a la ducha cuando unos golpes en la puerta me aceleran el corazón. Doy un paso hacia la puerta y vuelven a golpear.
—¡Un poco de paciencia, joder! —espeto, abriendo la puerta de golpe, lista para desatar el infierno sobre quien sea que haya decidido ahogarse en la lluvia solo para molestarme.
Pero es Alec. Está ahí de pie, hecho un maldito desastre, con los nudillos magullados y un labio partido que me revuelve el estómago.
Todavía hay rabia en sus ojos. Tiene las fosas nasales dilatadas y la mandíbula apretada con fuerza.
Nunca lo he visto así, tan en carne viva como la tormenta que ruge afuera.
—Mierda, Alec, ¿qué te ha pasado? —Las palabras salen de mis labios antes de que pueda detenerlas, y mi ira se evapora convertida en preocupación.
No dice nada, solo se queda ahí con la mandíbula apretada, los ojos encendidos con algo feroz y desesperado. Me siento... nerviosa bajo esa mirada escrutadora.
—Entra, Alec. —Mi voz no vacila, aunque mis manos sí. Lo agarro del brazo, más bruscamente de lo necesario, y lo arrastro al apartamento demasiado pequeño. La puerta se cierra de golpe detrás de nosotros y deja fuera la cacofonía de la tormenta.
—Mi padre —comienza, con la voz convertida en un gruñido bajo que vibra de furia apenas contenida— amenazó a tu familia. Por mi culpa.
Las palabras golpean como un puñetazo en el estómago.
Su padre, el magnate con un corazón más frío que sus diamantes, es la razón por la que los dos hemos estado tan mal durante las últimas cuatro semanas.
A pesar de lo desesperada que estaba antes, de repente no puedo hablar. No sé qué atreverme a decir.
Pero mi silencio es respuesta suficiente.
—Ya no puede tocar la casa de tu madre —dice Alec con tono sombrío. Se queda de pie a solo unos metros de mí, inmóvil, con las manos en las caderas—. Nadie volverá a amenazar su préstamo.
Se me va la sangre del rostro. —Alec, ¿acaso tú...?
—Ninguna de las dos tiene que volver a preocuparse, me encargué de eso —dice con dureza.
Joder. Alec pagó la hipoteca de mi madre. Por su cuenta. —¿Cómo... cómo te enteraste? —pregunto, cohibida.
Los ojos azules de Alec arden mientras me mira.
—No tenía ningún maldito sentido, Salem.
Por qué ibas a dinamitarlo todo así. Pero entonces mi padre no paraba de meterme a Victoria por los ojos, no paraba de hablar de la adquisición en la que quería participar con no sé qué banco.
Así que fui a su casa anoche y se lo pregunté a la cara.
Me sorprende un poco que William le dijera la verdad a Alec.
Las lágrimas me escuecen en los ojos. —Dijo que hundiría tu empresa si no me largaba, Alec. No podía... Has trabajado muchísimo para conseguir esto.
Alec da un paso adelante y me aparta el pelo empapado de la cara. —No tenías que cargar con eso sola, Salem —dice en voz baja y suave.
—Ya, bueno, tu padre da bastante miedo, y me importan mi madre y tú —digo en voz baja mientras la mirada se me va de sus ojos a sus labios.