capítulo catorce #2
El aire a mi alrededor crepita de electricidad, todas las miradas puestas en Alec mientras se levanta, irguiéndose en toda su estatura, con el peso de su decisión grabado en el ceño fruncido.
Y este es el momento. El momento en que me niega.
Cuando me destroza el corazón. Cuando sus palabras crueles regresan y volvemos a ser los enemigos que éramos al principio.
La tensión en el patio es palpable, todos esperando, observando, convencidos de que me dejará tirada para salvarse.
Alec cruza el patio hasta el centro.
—Escuchad bien —la voz de Alec retumba, cortando los susurros y murmullos como un cuchillo—, no es asunto de nadie lo que hago ni con quién estoy. No sois más que salvajes superficiales que buscáis el más mínimo momento de entretenimiento. Así que disfrutad de vuestros cinco minutos de hoy.
Sus palabras son gélidas, y esos ojos azules suyos nunca han parecido más fríos.
—Pero ya que estáis todos tan jodidamente interesados, dejadme ser muy, muy claro. Joder, sí, estoy con Salem.
Un murmullo recorre la multitud. Pero el corazón me explota en el pecho con una mezcla de alivio e incredulidad.
—Creedme —continúa, con un atisbo de sonrisa en los labios mientras sus ojos encuentran los míos entre la multitud. Da un paso hacia mí, y luego otro—. Si supierais lo que es estar con ella, también la querríais solo para vosotros.
Todo en mí se agita cuando Alec se detiene justo frente a mí.
Me pone de pie, con una mano en la parte baja de la espalda y la otra acunándome suavemente el rostro.
El calor en sus ojos mientras me mira no me deja ninguna duda.
Alec no tiene ningún problema en reclamarme como suya.
Hay una advertencia en su mirada, una que dice que ahora que el secreto ha salido a la luz, esto está a punto de ponerse mucho más intenso.
Y finalmente, los labios de Alec reclaman los míos en el beso más abrasador y ardiente de mi vida.
Un escalofrío me recorre la columna. Algo eléctrico me llega hasta los dedos de los pies.
Y con entusiasmo ansioso, la lengua de Alec juguetea con la mía, pidiendo paso. Y se lo concedo. Mis labios se separan, los de Alec se abren más mientras me marca por completo como suya. Su mano en mi cintura se tensa, arrugándome la falda contra la cadera.
El patio se ha quedado en silencio salvo por el débil clic de los móviles, apuntándonos. Capturan nuestro momento para internet.
Pero me da igual. Cuando llegó el momento, cuando me convertí en el centro de atención por ser la novia de quien soy, me da igual que la gente lo sepa.
Por una vez, me dejo arrastrar por la tormenta que es Alec Vanderholt.
Oigo que dicen mi nombre. Oigo voces exigiendo explicaciones. Jess y Josh se van a sentir dolidos porque no se lo conté, porque solo Isabella conocía este secreto.
Pero es imposible pensar cuando los labios de Alec se apoderan de los míos.
Cuando por fin nos separamos, los ojos de Alec brillan con picardía. Él es plenamente consciente del caos que acaba de desatar.
—¿Qué estás haciendo? —susurro con las mejillas ardiendo, intentando ignorar las miradas de desaprobación y los cuchicheos—. Esto nos va a complicar mucho la vida.
—Que les jodan, Salem —susurra mientras me acaricia la mejilla con el pulgar—. Estoy harto de esconderme. Se acabó el contenerme para no besarte cuando me apetezca. Quiero que el mundo entero sepa lo que siento por ti.
Sus palabras son una mezcla de rebeldía y vulnerabilidad que me estremece.
—¿En serio? —pregunto arqueando una ceja. El peso de su confesión me resulta emocionante y aterrador a partes iguales.
—En serio —confirma con esa sonrisa pícara asomando en la comisura de los labios.
El murmullo de conversaciones ha vuelto al patio. Oigo que nos llaman por nuestros nombres, exigiendo una explicación.
Pero ya es suficiente por hoy.
—¿Me sacas de aquí? —digo con la voz temblorosa de emoción.
Alec entrelaza su mano con la mía. Sus dedos se cierran con fuerza alrededor de los míos y echa a andar con paso firme. No mira alrededor buscando aprobación. No busca en los rostros de sus amigos señales de incredulidad.
Nunca ha llevado la cabeza tan alta.
Levanto la mano libre y le hago una peineta a Victoria mientras salimos. El corazón me late desbocado, una mezcla de adrenalina y miedo recorriéndome el cuerpo, pero me niego a darle la victoria.
—Doce días —reflexiono sacudiendo la cabeza—. Doce malditos días hemos conseguido mantener nuestra relación en secreto.
—¿Hacemos una apuesta? —pregunta Alec cuando hemos dejado atrás el patio. Me mira con los ojos llenos de picardía—. ¿Cuánto crees que tardará mi padre en llamar para amenazarme con desheredarme?
—Diez minutos —digo con la voz teñida de diversión y pavor a partes iguales. Es solo cuestión de tiempo que la noticia le llegue, y sé que habrá consecuencias para los dos.
—Bah, es un hombre muy ocupado. Le doy una hora —se ríe Alec.
Entonces aminora el paso y tira de mi mano para detenerme ahora que hemos llegado a una acera tranquila.
Nos quedamos frente a frente y, con delicadeza, me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja—.
De cualquier manera, yo me encargaré de él.
Esto —hace un gesto señalándonos a los dos— vale la pena.
—¿Cómo voy a valer la fortuna de los Vanderholt?
—bromeo, pero en realidad lo pregunto en serio.
Porque lo que ha dicho, lo de que su padre lo desherede, me asusta.
¿Apartar a alguien de su propia familia así?
Nunca podría ser la causa de semejante ruptura.
Y por mucho que Alec lo odie, él es el heredero.
El apellido familiar y su vínculo con la empresa no son algo que pueda descartarse sin más—.
Alec, ¿de verdad estás seguro de que valgo la pena?
Una parte de mí todavía teme que el habernos expuesto ponga en peligro todo por lo que tanto hemos luchado: nuestra educación, nuestras carreras, nuestro futuro.
—Más de lo que imaginas —responde con la mirada dulcificándose—. Mereces la pena con creces, Salem Winters.
En ese momento, de pie junto a Alec, con el mundo observándonos y esperando que fracasemos, me permito creerle. Juntos, afrontaremos lo que venga, sin dejar que el miedo dicte nuestras vidas.