Con esta máscara capítulo trece
66%

capítulo trece

No ha habido mucha «normalidad» en mi vida desde que empezaron las clases. Es como si hubiera estado viviendo la vida de otra persona, en un cuerpo que no es el mío.

Pero cuatro días antes de Navidad, las cosas vuelven a parecer un poquito normales.

Alec vino a despedirse a mi residencia a las siete de la mañana. Me había traído el desayuno de mi panadería favorita, además de un regalo envuelto que dejó en mi escritorio. También trajo un pequeño árbol de Navidad decorado que colocó en la esquina de mi habitación.

—Espera hasta Navidad para abrir tu regalo —dijo mientras me daba un beso en la frente.

—¡Ay, me trajiste un árbol! —exclamé mientras me incorporaba en la cama, admirando el pequeño árbol. Tenía luces, adornos y de todo.

Alec se encogió de hombros como si no fuera el gesto más tierno del mundo.

—No soportaba la idea de que estuvieras aquí sola y sin árbol.

—Gracias —dije inclinándome hacia él para besarlo—. Tu regalo está ahí —añadí sonrojándome, señalando el otro paquete envuelto en el escritorio—. Espera hasta Navidad.

Alec lo cogió, me besó una vez más y desapareció por la puerta antes de que alguien pudiera despertarse y verlo salir.

Puede que Alec Vanderholt haya crecido aquí, pero su padre vive en una mansión en la otra punta, lejos del campus. Está la zona universitaria y está el barrio de los multimillonarios. Alec pasa las vacaciones con su padre y el resto de la familia, que viene de visita.

¿Y yo? Me quedo aquí, en el campus. La ciudad donde vive mi madre está a más de ocho horas, y no puedo permitirme el vuelo. Y ahora que tengo veintidós años, me niego a dejar que ella me lo pague.

Así que el día de Navidad me despierto en mi habitación de la residencia, sola. Pero me encuentro con una avalancha de mensajes.

Alec:

Buenos días, preciosa. Ojalá pudiera pasar el día contigo, pero espero que aun así sea increíble. Te llamo luego y abres tu regalo.

Isabella:

¡Feliz Navidad! ¡Qué ganas tengo de la cena de esta noche! ¡Nos vemos en unas horas!

Mamá:

¡Llámame en cuanto te despiertes! ¡Feliz Navidad!

Sonrío, agradecida de tener a tanta gente increíble en mi vida.

Me siento en el borde de la cama, cojo el móvil y llamo a mi madre por FaceTime.

—¡Feliz Navidad, cariño! —responde entusiasmada.

—Feliz Navidad, mamá —respondo sonriendo.

—¡Tienes un árbol! —chilla—. ¡Qué mono! ¡Me alegro mucho de que hayas decorado!

—Yo… —casi se lo explico, casi la corrijo y le digo que no fui yo quien lo puso. Pero dudo. ¿Quiero contarle a mi madre lo de Alec? Empezó de una forma tan… sucia.

—¿Qué pasa? —pregunta mi madre, que ya lo intuye. Siempre lo sabe.

—No fui yo quien lo puso —digo, vacilante. Me está entrando el pánico. Ojalá hubiera pensado en esto antes. ¿Quiero contárselo?—. Estoy… estoy saliendo con alguien. Lo puso él.

—¿Qué? —mi madre se queda boquiabierta, teatral como siempre. Siempre se le dio genial eso del drama solidario—. ¿Estás saliendo con alguien y me entero ahora?

—Es nuevo, mamá, tranquila —me río—. Todavía estamos tanteando el terreno. No es nada serio aún.

Porque empezó como sexo sin compromiso.

—¿Cómo se llama? —pregunta animada—. ¿Dónde os conocisteis? ¿Es majo?

Me río y niego con la cabeza, porque sabía que esto pasaría en cuanto abriera la boca.

—Se llama Alec y vamos a la misma universidad. Nos pusieron juntos para un proyecto y bueno…

—¡Un flechazo de película, me encanta! —exclama. Mi madre es la mejor animadora del mundo.

—Alec me tiene en vilo, pero en el buen sentido —digo. No sé si puedo decir que Alec sea majo. Hace cosas bonitas de vez en cuando, pero no lo describiría así. Aunque eso no se lo puedes decir a tu madre.

—Mientras seas feliz, cariño —dice, y noto su apoyo incluso a través de la pantalla—. Venga, abre tu regalo, ¡me muero por ver qué te parece!

Más tarde esa noche, media hora antes de ir a cenar a casa de Isabella, me vibra el móvil. Lo saco y veo que es una videollamada de Alec.

—Hola —respondo sonriendo—. ¿Qué tal la Navidad en la mansión?

—Créeme, preferiría estar en casi cualquier otro sitio —dice pasándose la mano por el pelo. Parece… agotado.

—Vaya —digo, y se me cae la cara—. ¿Tan mal?

Se encoge de hombros.

—Era de esperar. Mi padre es un tirano. Se ha peleado con sus hermanas. Mis primos son unos imbéciles. La familia de Victoria viene luego, y sé que mi padre nos estará vigilando.

Arrugo la nariz y se me revuelve el estómago.

—Justo lo que una quiere oír: que tu novio pase la cena de Navidad con la mujer con la que se supone que tiene que casarse.

—No tiene gracia, Winters —dice, y veo en sus ojos lo mucho que le está costando esto—. Créeme, lo que más me apetece es largarme de aquí e ir a verte.

Esbozo una pequeña sonrisa. —Lo siento. Al menos en unos días todo esto habrá acabado.

—Estoy deseando verte —dice, con esos ojos azules clavados en la pantalla, y juro que es como si estuviera aquí mismo, delante de mí—. Joder, ya te echo de menos.

Algo revolotea en mi pecho.

—Yo también te echo de menos. O sea, me da un poco de vergüenza no poder pasar más de unos días sin verte y estar que me muero.

Eso le arranca una sonrisa a Alec, y joder, me encanta su sonrisa.

—¿Qué te parece si abres tu regalo?

—Tú primero —insisto, mientras cojo su regalo del escritorio y me lo pongo en el regazo.

—Vale —acepta, apartando la mirada de la cámara unos instantes. Oigo el papel rasgarse, y entonces una sonrisa enorme le ilumina la cara.

—Me encanta, joder —dice, riendo mientras lo levanta para que lo vea, como si no lo hubiera elegido yo misma.

Es una taza que pone Novio n.º 1. Hay una nota doblada dentro, pero la encontrará más tarde. En ella me encargué de decirle lo orgullosa que estoy de él, porque nadie más se lo dice nunca, y se lo merece.

¿Qué le regalas a tu novio multimillonario que lo tiene todo? Algo tonto pero con significado.

—Gracias, Salem —dice, prácticamente radiante mientras vuelve a mirarla—. Creo que es el mejor regalo que me han hecho en la vida.

—De nada —digo, negando con la cabeza pero sonriendo de oreja a oreja porque ha sido un éxito—. Ahora me toca a mí.

El paquete es blando al tacto. Mientras arranco el papel, encuentro una manta dentro, hecha de esa tela increíblemente suave que es imposible dejar de acariciar. Y al instante, el aroma de Alec llena la habitación. La ha rociado con su colonia.

—Ya sé en qué voy a estar envuelta el resto de las vacaciones —bromeo mientras hundo la nariz en ella.

—Hay más dentro —dice Alec con picardía, arqueando una ceja.

Despliego la manta, y efectivamente, hay más dentro. Envuelta en ella, encuentro una foto enmarcada. Es una captura de uno de los vídeos que grabamos Alec y yo. Su máscara. Mi máscara. Los dos casi sin ropa. Pero yo salgo totalmente expuesta, joder.

Joder. Estoy... buenísima.

—Para que nunca olvides lo increíble que eres, joder —la voz de Alec me devuelve a la realidad—. Mira eso, y no volverás a sentirte insegura en tu vida.

—La pondré directamente en la repisa de la chimenea —bromeo, aunque no puedo dejar de mirarla. Pero no es solo por mí por lo que no puedo apartar la vista. O sea... ¡mira a Alec!

—De nada —dice Alec con una sonrisa burlona. De fondo, oigo a alguien llamándolo—. Lo siento, Dora, tengo que irme. ¿Hablamos luego?

—Sí, yo también tengo que irme —digo, apenada porque nuestro momento robado ha terminado—. Hablamos luego.

En cuanto termina la llamada, veo la hora y maldigo. Debería estar en casa de Isabella en dos minutos, y vive en la otra punta del campus.

Quince minutos tarde, cruzo la puerta de su pequeño apartamento. Al instante, me envuelve un olor a comida deliciosa.

—¡Llegas tarde! —grita desde la cocina. Me quito los zapatos y la chaqueta mientras atravieso el diminuto salón.

—Lo sé, lo siento —digo mientras entro y la encuentro moviéndose como un huracán—. Me llamaron justo antes de salir y perdí la noción del tiempo.

Me mira mientras saca un pavito diminuto del horno y lo pone sobre la encimera. Su mirada es demasiado perspicaz.

—Era un chico.

—¿Qué? —pregunto frunciendo el ceño—. ¿Qué quieres decir?

—Salem, estás colorada hasta el cuello —dice arqueando una ceja. Apaga el fuego y deja las manoplas sobre la encimera—. Sonríes como una loca. Estás saliendo con alguien.

—Joder —digo riéndome. Saco los platos del armario—. Yo...

—Es Alec Vanderholt, ¿verdad? —dice poniéndose en jarras.

Abro y cierro la boca, y no sé adónde van las palabras, pero desaparecen.

—Lo sabía —dice con una sonrisa de satisfacción—. Joder, cómo se enfadó porque bailaste con Josh en la gala. ¿Y cómo te mira?

—¿Qué quieres decir? —suelto, demasiado curiosa, delatándome al instante.

—Venga ya, Salem —dice Isabella, mirándome como si fuera tonta—. Habéis estado a la greña todo el semestre, y de la forma guarrilla, no solo como rivales académicos. Cualquiera que no lo vea es que no ha leído nunca un libro de enemigos a amantes.

Si antes estaba colorada, no es nada comparado con ahora.

—¿Ves? —dice con una sonrisa de gato de Cheshire—. Lo sabía. Una relación secreta. El heredero multimillonario. El sexo tiene que ser de infarto.

—¡Isabella! —exclamo escandalizada.

—¿Qué? —pregunta encogiéndose de hombros mientras coloca el resto de nuestra pequeña cena de Navidad—. Llevo cuatro años sin tiempo para el amor. Y los libros saben cómo hacerlo bien. Cuéntamelo todo, chica.

Y lo hago. Algunos detalles. No las partes sobre Vice, ni sobre Mariposa. Ni cómo empezó como algo sin compromiso. Pero algunos de los detalles jugosos, ¿como lo de la encimera de la cocina? ¿Como lo de debajo de la mesa en plena clase? Esos no me los guardo.

Ahora entiendo a qué se refería Alec cuando dijo que era un alivio que yo conociera su secreto sobre Vice. Contarle a Isabella lo de mi relación con Alec es un soplo de aire fresco.

Y soltar secretos jugosos y escabrosos convierte esta en la mejor Navidad de todas.