Capítulo 23
El Santa
—¿Podemos quedarnos aquí? —pregunta, inclinando la cabeza para mirarme.
Parpadeo, sin estar seguro de haber oído bien.
—¿Tú... quieres quedarte aquí? —pregunto, atónito.
Manchas de sangre cubren el suelo, un mosaico de violencia que se ha vuelto tan familiar para mí como los trajes a medida que llevo.
La habitación apesta a hierro: el rastro de imponer mi dominio en el imperio Knight.
Observo a Carolina examinar la escena con mirada firme.
No retrocede ante la carnicería; al contrario, se acerca más a mí.
—Yo... eso... —Hace una pausa y traga con dificultad—. ¿Estás herido?
Su voz es firme, rompe el silencio.
Bajo la vista a mis manos, manchadas de sangre que no es mía.
—Estoy bien —le aseguro con un tono que no admite más preguntas.
Pero en este momento, algo cambia dentro de mí. Su preocupación, tan cruda y genuina, resquebraja la armadura que llevo puesta desde los trece años.
—Siéntate conmigo —ordeno con más suavidad de la que pretendía, señalando las sillas que no están salpicadas con los restos de lo que ha sido necesario hoy.
Mientras nos sentamos, empiezo a desenredar los hilos de nuestra existencia aquí.
—Los hombres que acaban de irse... son los pilares de nuestra organización aquí en Nueva York. Cada uno me ha jurado lealtad, unidos a mí por sangre o por fidelidad.
Busco su mirada para asegurarme de que entiende la gravedad de mis palabras.
—Sigue hablando —dice Carolina, jugueteando con el lazo de su bata azul medianoche sin apartar la mirada.
—Yo... —Tengo la garganta seca, y lo único que quiero es arrancarle la ropa. Está demasiado sexy, y odio y amo a partes iguales que todos la hayan visto tan pecaminosa.
Carolina se pone de pie, tira del lazo y deja caer la bata para revelar el encaje negro que hay debajo: su camisón, que apenas le llega a medio muslo. El encaje se ciñe a su cuerpo, marcando cada curva con precisión seductora.
Su largo cabello rubio está despeinado, probablemente por el sueño. No lleva ni rastro de maquillaje, lo que para mí solo la hace aún más perfecta ahí, frente a mí. Asoma la lengua para humedecerse los labios y mi polla se endurece al verla.
—Fierecilla —digo con voz ronca, pero ella niega con la cabeza.
—He dicho que sigas hablando, Nick.
—¿Qué quieres saber?
Ladea la cabeza y se da golpecitos en la mejilla con el largo y esbelto dedo índice.
—¿Quiénes eran esos hombres? Quiero decir, ya he visto a tu padre... —Se estremece al mencionarlo—. Y a Jack y a Marco. ¿Pero los otros?
Le explico quiénes son los otros tres.
—Dominic, el del parche en el ojo, es el líder de las operaciones del East Side.
Se dedica principalmente a armas y drogas.
Lee, el de la corbata rosa, es... bueno, construyó su negocio prostituyéndose.
Reunió secretos, y cuando tuvo suficientes para abrirse paso hasta la cima, eso fue exactamente lo que hizo.
—Vaya.
—Sergei es complicado —digo, continuando con mi explicación—. Por naturaleza deberíamos ser enemigos, pero se ha ganado mi respeto. Sé que es leal.
Asiente lentamente, con un brillo astuto en los ojos, como si estuviera creando mentalmente un archivo para cada hombre, catalogando la información que le estoy dando.
—¿Y confías en todos ellos?
—Sí —confirmo.
—¿Debería confiar yo también?
Sinceramente, nunca se me ocurrió que pudiera preguntarme eso.
—¿Quieres hacerlo? —pregunto, sin saber muy bien qué decir.
Emite un murmullo pensativo.
—No lo sé. Pero si tú confías en ellos, supongo que yo también debería.
Aunque tiene toda la razón, no me sale decir que sí. Cuando irrumpió aquí, todos fueron respetuosos, claro. Y sí, les confiaría mi vida, pero no estoy seguro de que alguna vez confíe plenamente la suya a nadie más.
No puedo evitar admirar su audacia. En una habitación que ha sido testigo de tanta brutalidad, permanece completamente impávida, como si estuviéramos hablando del tiempo o de dónde ir a cenar.
—De acuerdo —dice con un asentimiento seco—. Por ti, Nick, lo intentaré.
Antes de que pueda decirle que no voy a pedirle eso, se quita el camisón por la cabeza, mostrándome su cuerpo gloriosamente desnudo.
Cuando voy a alcanzar mi cinturón, chasquea la lengua mientras se acerca más. Una vez que estamos tan cerca que siento sus tetas apretadas contra mi pecho, me saca la camisa de los pantalones.
—Esta noche quiero desvestirte yo.
La observo, cómo se mueve con determinación mientras me despoja de las capas de mi traje de poder.
Mis manos manchadas de sangre descansan a los costados; estoy hipnotizado por la fuerza pura que emana de Carolina Sterling.
Sus dedos trabajan hábilmente en los botones de mi camisa, revelando la piel tatuada que hay debajo.
En cuanto estoy desnudo, da un golpe en la mesa con la mano.
—Acuéstate —ordena, con una autoridad en la voz y un fuego en los ojos que iguala el calor que me recorre.
Obedezco, tumbándome sobre la mesa fría y dura donde no hace mucho se tomaban decisiones de vida o muerte.
Se sube encima de mí, desnuda e inquebrantable. Se apoya primero sobre las rodillas, con una sonrisa pícara mientras desliza una mano entre sus piernas para quitarse el plug. En cuanto lo tiene entre los dedos, lo frota contra mis labios. Paso la lengua alrededor de él con avidez, saboreándola.
—Mhmm —gimo.
Luego envuelve los dedos alrededor de la base de mi polla erecta y la inclina para poder descender sobre ella.
—Cuéntame —jadea mientras me acoge lentamente en su cuerpo— sobre tu imperio.
—Nuestro imperio —la corrijo—. Es todo nuestro, Fierecilla.
—Nuestro —gime, echando la cabeza hacia atrás mientras me acoge más dentro de ella—. ¿Cuál es mi papel en todo esto?
Gimo al sentir su cálido centro apretarse contra mí. —Te estás convirtiendo en el corazón de todo esto.
—¿Tu corazón? —pregunta mientras su cuerpo empieza a moverse con un ritmo que me deja sin palabras.
—Dios, sí —confieso. La sensación de tenerla cabalgándome se mezcla con la gravedad de nuestra conversación—. Te has convertido en mi debilidad y, sin embargo, también eres mi mayor fortaleza.
Estoy atrapado entre el asombro y la excitación mientras Carolina se mueve sobre mí, su cuerpo convertido en una llama viva que me abrasa la piel.
Cada vez que intento alcanzarla, me aparta las manos de un manotazo, una orden silenciosa que aviva el fuego en mi interior.
No se trata solo de placer; se trata de poder, el poder que está reclamando sobre nuestros cuerpos.
—No —ordena con cada manotazo, su voz como un látigo que me mantiene a raya—. Has tenido el poder durante demasiado tiempo. Ahora me toca a mí.
Y obedezco, porque ver a Carolina así, desatada, sin ataduras, bien vale cualquier sacrificio. Estoy en carne viva bajo sus caricias, bajo la exigencia de su mirada. Ella es el huracán, y yo me dejo atrapar voluntariamente en su tormenta.
Sus movimientos se intensifican y se inclina hacia delante hasta rozarme la oreja con los labios. —¿Y qué hay de tu confianza, Nicklas? ¿Confías en mí?
—Implícitamente —logro decir con dificultad. Cada rebote estrecha el vínculo entre nosotros, lo forja en pasión y verdades susurradas.
Con un movimiento fluido, alcanza mi cuchillo sobre la mesa, cuya hoja brilla ominosamente bajo la tenue luz. Lo posiciona justo contra mi cuello; el metal frío contrasta marcadamente con la calidez de su piel. Es una prueba, un desafío.
—¿Incluso con esto? —cuestiona mientras presiona ligeramente y sus músculos internos se aprietan a mi alrededor.
—Especialmente con eso —respondo con voz firme a pesar del peligro. El cuchillo no vacila; tampoco su mirada. Es un baile con la muerte, un testimonio de la confianza que ha crecido entre nosotros.
—Bien —murmura—. Porque necesito saber que cuando lleve a tus hijos en mi vientre, cuando continúe el legado de los Knight, será con un hombre que confía en mí tanto como yo arriesgo por él.
—No hay nadie más a quien quisiera como madre de mis herederos. Nadie más con quien compartiría esta oscuridad... —Me silencia con un beso, profundo y posesivo.
—Nick —jadea, el cuchillo aún en posición como recordatorio del equilibrio entre la vida y la muerte sobre el que caminamos constantemente—. Te daré todo.
—Y yo lo atesoraré todo —juro mientras siento la presión acumularse dentro de mí. Cada embestida, cada caricia es un paso más hacia algo eterno.
Retira el cuchillo de mi garganta y lo arroja por encima del hombro. Nuestros cuerpos se mueven juntos; ella me cabalga con un fervor que habla de algo más que lujuria: es una fusión de almas, un entendimiento que trasciende lo físico.
Su imagen, con la cabeza echada hacia atrás en abandono, bañada en la tenue luz que se filtra por las persianas, se graba en mi mente. Recordaré esto: la mujer feroz que me cabalga, decidida y a la vez tierna, como si estuviera labrándose un lugar en mi mundo, embestida a embestida.
—Puedes tocarme ahora —gime mientras sostiene sus tetas como una ofrenda deliciosa para mí. Sin perder tiempo, las alcanzo y pellizco y hago rodar sus pezones endurecidos entre mis dedos. Sus gemidos se intensifican, al igual que cada movimiento de sus caderas—. ¡Estoy tan cerca!
No es la única. Mis pelotas se tensan justo cuando el calor se extiende por la parte baja de mi espalda. —Carolina —gruño, incapaz de contenerme mientras ella alcanza el clímax, su coño apretándome la polla con fuerza, como si intentara extraer el semen de mis bolas.
Ambos jadeamos, respiramos tan fuerte que es lo único que se oye mientras ella se desploma sobre mí. Su mejilla se apoya contra mi pecho. Cuando bajo la mirada, sonrío al ver la sonrisa autosatisfecha que le curva los labios.
Eso no fue solo sexo, fue una reina reclamando a su rey, a su Knight.
Sus dedos trazan patrones en mi antebrazo y me anclan en el presente. El tacto es delicado pero firme, justo como ella.
Permanecemos allí hasta que nuestra respiración vuelve a la normalidad y nuestros corazones dejan de galopar. Entonces ella se incorpora, sus largos mechones rubios cayéndole alrededor del rostro como una cortina. —Ha sido increíble —dice con una amplia sonrisa.
Extiendo la mano, le agarro el pelo y me lo enrosco alrededor de la mano. Tiro para obligarla a doblar el cuello. —Espero que hayas disfrutado del control, fierecilla, porque eres la única a quien se lo he dado.
Hay una suavidad en sus ojos que me dice que sabe exactamente cuánto significa para mí. Una cosa es decir que quemaré el mundo por ella, y otra muy distinta es dejarla gobernarlo en mi lugar.
—¿Y ahora qué?
Su pregunta queda suspendida en el aire, un espectro que me persigue desde que tomé el control del negocio familiar.
El legado de los Knight no se trata solo de poder; se trata de supervivencia, de continuidad.
Un escalofrío me recorre la columna mientras la miro a los ojos y veo la misma determinación que me atrajo a ella desde el principio.
—Antes que nada, hay algo que necesitas saber. —Mi voz es firme, pero por dentro soy un manojo de nervios—. Tendrás que superar una prueba.
—¿Prueba? —Frunce el ceño, con una mezcla de confusión y desafío chispeando en su mirada—. ¿Qué tipo de prueba?
—Una prueba de lealtad, fuerza y determinación —digo, midiendo cada palabra, cargada de implicaciones tácitas—. Determinará si estás lista para estar a mi lado como mi esposa.
—¿Estar a tu lado o detrás de ti? —Hay un desafío en su tono, uno que respeto y deseo.
—A mi lado —afirmo, apretando la mandíbula para contener mis emociones—. Siempre a mi lado.
Su mano se detiene sobre mi piel y puedo sentir cómo procesa esta nueva realidad. No se aleja, no se acobarda. En cambio, se inclina más cerca, acorta la distancia entre nosotros, y su aliento cálido me roza el oído.
—Entonces la superaré con creces —promete, su voz impregnada de una convicción ardiente que me enciende la sangre—. Por nosotros. Por nuestro futuro.